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  • Paradojas de una economía en transición
  • Una parte significativa del gobierno provincial de Salta parece empeñada en difundir la cultura del emprendimiento a toda costa, sin darse cuenta, quizá, que la narrativa emprendedora no es sino uno de los síntomas de la crisis.
Oriana Névora, Secretaria de Estado de Gobierno de Salta
Oriana Névora, Secretaria de Estado de Gobierno de Salta

La gran mayoría de nuestros emprendedores —con independencia de su talento creativo y de su audacia— carece de dos cualidades fundamentales que caracterizan a los emprendedores de otras partes del mundo: la innovación y los aportes a la seguridad social.



Tengo la impresión de que solo una selecta minoría de emprendedores salteños dedica sus mejores esfuerzos a actividades y productos de alto valor añadido; una minoría aun más minúscula cotiza a la seguridad social (incluso tiene empleados) y aspira a adoptar, algún día, la forma de una empresa. No son estos, desde luego, los emprendedores favoritos del gobierno, cuyos funcionarios parecen orientar las ayudas públicas hacia el segmento menos dinámico del emprendedurismo.

El gobierno parece perder de vista también de que el emprendedurismo no es un punto de llegada sino un punto de partida en una carrera que busca desarrollar la economía y apuntalar el empleo a través de pequeñas y medianas empresas. Para muchos, la condición de emprendedores es una fase transitoria, pero para ciertos funcionarios del gobierno parece que extender sine die la precariedad de los emprendimientos es un objetivo en sí mismo.

Sin una red de pymes fuerte, el emprendedurismo no pasa de ser una solución precaria e imperfecta, un universo manipulable por la política por razones que poco o nada tienen que ver con el desarrollo económico o con el bienestar de las personas.

Pienso —y sé que puedo equivocarme— que nuestra sociedad se encuentra al límite en materia de informalidad laboral y que la extensión programada de la cultura del emprendimiento no está haciendo sino agravar el problema.

Más que ayudarles a vender o a ganar «visibilidad» montándoles ferias enormes, el gobierno debería ayudar a nuestros emprendedores proporcionándoles herramientas de control financiero (así como políticas de acceso a crédito, formación y digitalización) y fomentando en ellos una cultura de la solidaridad basada en el respeto a las normas de la seguridad social, las tributarias y las de la contratación laboral.

En lugar de crear «granjas» de clientes perpetuos del Estado, el gobierno debería diseñarles a los emprendedores un intinerario para que puedan, rápidamente, convertirse en pymes y no quedarse anclados en el estatus de emprendedor de por vida.

Los emprendedores —qué duda cabe— crean riqueza y mueven la economía, pero no se conoce ninguna economía moderna basada solo en los emprendimientos. Equivoca el enfoque aquel que piensa que la base estructural del crecimiento inclusivo y resiliente está constituida por los emprendimientos. Al contrario, son las pequeñas y medianas empresas el motor principal de las modernas economías.

Si de lo que se trata es de crear una estructura flexible que permita adaptarse rápidamente a las demandas del mercado, creando puestos de trabajo inclusivos capaces de absorber mano de obra joven, femenina y de sectores vulnerables, reduciendo así la desigualdad y la pobreza, los esfuerzos deben dirigirse hacia las pymes, que son capaces de impulsar el crecimiento económico sostenido de una forma en la que no pueden hacerlo los emprendimientos.

Al formar ecosistemas interconectados —a través de cadenas de suministro locales, clustersregionales y alianzas estratégicas— las pymes multiplican su impacto en la economía. Son las redes de pymes las que estimulan el espíritu emprendedor y la innovación (y no al revés), por lo que lanzarse hacia estos objetivos sin tener al mismo tiempo (ni preocuparse por tener) un tejido sólido de pequeñas empresas equivale a empezar a construir la casa por el tejado.



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