De poco sirve recordar ya que el colegio elitista en el que se educaron nuestros Gobernadores fue fundado y sostenido por los gorilas más gorilas de Salta, en unas épocas en que el peronismo no se llevaba muy bien que digamos con aquellas humanidades (y con aquellos humanistas) que solo veían rasgos de humanos en los individuos que pertenecían a una minoría de elegidos.
Pero dominical no es solo el domingo (día del Señor) sino que tiene directa relación con el derecho real de dominio, también conocido como de propiedad o señorío.
El adjetivo dominical evoca el poder señorial o de señorío de que disfruta alguien que posee el derecho más pleno sobre una cosa cualquiera.
En la Edad Media, en las épocas de Santo Tomás de Aquino (figura señera para los humanistas modernos de Salta), encontramos términos como reserva dominical o dominical, que se empleaban para llamar a la porción de tierra que el señor feudal explotaba directamente (a diferencia de las tierras cedidas a vasallos o siervos).
Derechos dominicales no eran solo acudir a misa o emborracharse a la vera de un río, sino que significaban «prestaciones o pagos que los feudatarios debían al señor del feudo (de carácter señorial)».
En el derecho moderno (especialmente en países de tradición romanista como los hispanoamericanos), las expresiones titularidad dominical o dominical se refieren a la propiedad plena reconocida legalmente, que otorga facultades amplias, especialmente sobre inmuebles.
Ambas acepciones del adjetivo dominical (la de las actividades del domingo y la del señorío sobre determinados bienes) comparten la idea de dominus como «señor con autoridad».
Así como en lo religioso, Cristo es el Dominus (Señor supremo), en lo jurídico, el dominus es el propietario o señor feudal con poder sobre la tierra y las personas. El cristianismo medieval integró estos conceptos: la autoridad divina justificaba (o se reflejaba en) las estructuras señoriales terrenales.
En resumen, dominical une lo sagrado (día del Señor) y lo terrenal (poder de dominio/señorío) a través de la misma raíz latina que evoca autoridad y propiedad. Es un excelente ejemplo de cómo el latín eclesiástico y jurídico ha penetrado en el idioma español.
Salvo, por supuesto, en la muy noble y muy leal ciudad de San Felipe y Santiago de Lerma en el valle de Salta, en donde los latinistas tuiteros, humanistas de pacotilla, han inventado el horrible adjetivo dominial, no se sabe muy bien si para exaltar a Domino's Pizza, o para separar a Nuestro Señor todo lo que sea posible de esos cabecitas negras a los que el gobierno les regala un terreno inundable allá por donde el diablo perdió el poncho.



