El mensaje que invariablemente nos llega en estas fechas es el de que la «producción» de gloria se ha interrumpido con la muerte de Güemes en 1821. Desde entonces los salteños no la producimos más. Al contrario, somos exportadores mundiales de desprestigio.
Es evidente que la gloria de Güemes es imperecedera. Hay muy pocas discusiones sobre esto. Pero aunque algunos quieran agrandarla y estirarla (algunos necesitan hacerlo para subsistir), la gloria del General Gaucho tiene un límite y no podemos vivir eternamente de ella sin aportar más que el recuerdo de sus hazañas.
Pero ¿que ocurre con nuestras hazañas? ¿Quién o quiénes las protagonizan? ¿Dónde se producen?
No parece que sea una cuestión generacional, pues desde Güemes se han malogrado por lo menos ocho generaciones de salteños y salteñas, que administran con gran sabiduría la gloria de Güemes y que incluso colocan primorosamente los claveles rojos a los pies del Señor del Milagro, pero que no han acertado ni aciertan a la hora de encontrar el camino hacia el futuro con otros argumentos que no sean la tradición y el pasado.
El presente también importa. Ningún pueblo de la Tierra vive de las rentas de su pasado esplendoroso. Cultivar la memoria, preservar nuestros ritos y tradiciones, no nos exime de la responsabilidad de construir una sociedad pujante y justa, para los que hoy vivimos en ella, pero fundamentalmente para los que vendrán.
Enseñemos a los más jóvenes lo gloriosos que fuimos en un tiempo cada vez más lejano. Pero, más y mejor que eso, enseñémosle a edificar su propia gloria.