Esta ola de «cambios», que muchos hoy están surfeando en la Argentina y que otros resisten con parecidos argumentos, viene precedida por algunos de estos verbos tan sonoros y triunfantes, que nos anuncian que el futuro que tenemos por delante se parece cada vez más al pasado que dejamos atrás. A un pasado que los que impulsan los «cambios» consideran «bueno» y quienes se oponen a ellos consideran «malo».
Esta convergencia entre el nacionalpopulismo occidental y el autoritarismo oriental ha dejado a la Argentina sin opciones y prácticamente arrinconada en un escenario internacional en el que la fuerza se ha impuesto una vez más al derecho. Ahora nuestros enemigos son los bolivianos y los paraguayos, porque parece que ni los chilenos ni los brasileños pueden hacernos ya daño. Ni en el fútbol.
El nuevo escenario es, por tanto, ideal para el resurgimiento de un sentimiento de nacionalismo exacerbado, de un refuerzo sin precedentes de nuestra «identidad» y del renacimiento de los «valores» que presuntamente han presidido nuestra irrupción como nación independiente. Cada uno se inventa esos «valores», así como llena del contenido que más le conviene el ya difuso concepto de «república». La «identidad» nacional es un oxímoron.
Optar entre Donald Trump y Vladimir Putin es para los argentinos de cualquier signo ideológico como elegir entre papá y mamá. Entre el auge del nacionalpopulismo occidental y el reverdecer del despotismo oriental hay muchísimas coincidencias y objetivos en común. A la Argentina solo le queda como salida decidir la mejor forma de servir a este monstruo de dos cabezas... o desaparecer.
Salta ¿encapsulada?
Por supuesto que nada de esto es ajeno a Salta. La hipnosis somnolienta en la que vivimos desde hace décadas no impide que en nuestros valles encajonados penetren los vapores autoritarios y regresivos que embriagan al mundo.Salta no llega tarde al banquete. El que llega tarde soy yo, puesto que me ha llevado algo más de dos años comprender la fina sintonía entre un «camporista» como Emiliano Estrada y un reaccionario como Carlos Zapata, que a muchos les pareció y les parece extraña e incomprensible. Pero ya no lo es. Todo ha cobrado sentido de repente.
Escuchando el discurso reaccionario en boga, se podría decir que retroceder es hoy la forma más novedosa de progresar. Entre Estrada y Zapata (y los sectores que cada uno representa) hay una complicidad muy estrecha y muy subterránea como la que hay entre Donald Trump y Vladimir Putin. El progresismo es reaccionario y, a la inversa, el reaccionarismo es progresista. Estrada y Zapata son AC/DC (y no estoy hablando de heavy metal precisamente).
La democracia, culpable
Creo que mucha de la culpa de todo este embrollo la tiene la incontestabilidad de la democracia, que en pocas palabras se puede definir del siguiente modo: «basta con que el más bárbaro, el más iletrado o el más incompetente tenga un voto más que su oponente para que se haga su santa voluntad».Ha sido la democracia incontestable la que ha permitido los excesos ideológicos que hoy nos abocan a la era de la revancha. Hoy utilizamos las herramientas que nos hemos inventado para proteger a las mujeres desvalidas para proteger a otros seres humanos que no están tan indefensos y hasta a perritos en apuros. Hemos tirado demasiado de la cuerda.
El que gana las elecciones se siente en posesión de la razón y no acepta que nadie le diga lo contrario. Por este motivo es que algunas autoridades cuyas decisiones deben estar fundadas en la razón (y no en la fuerza de la mayoría) buscan desesperadamente la legitimidad democrática para poder escapar de la razón (que muchas veces está expresada en la Ley) e imponer su arbitrariedad a través del cómodo recurso a los «valores» o al «principio republicano». Hablo, sin dudas, de la Corte de Justicia de Salta.
En esta obsesión democrática veo algo paradojal: mientras todo lo demás retrocede, mientras el común de la gente quiere regresar, reconquistar, recuperar, reverdecer, restablecer, restaurar o rejuvenecer, la democracia avanza sin parar y es cada vez más perfecta.
Pero así como Lenin preguntó alguna vez a su interlocutor español aquello de «Libertad ¿para qué?», yo preguntaría a los defensores salteños del regreso al pasado: «Democracia ¿para qué?».
Porque no es lo mismo perseguir el sueño democrático para hacer posible la justicia (olvidémonos de la igualdad) y santificar la libertad individual, que buscar obsesivamente la mayoría para imponer a los demás el respeto de ciertas particularidades, que, más que achicar las injusticias, las potencian hasta el infinito. Las redes sociales son el escaparate más luminoso de la indómita vitalidad de las injusticias.
Me aventuraría a decir que esta democracia tan sofisticada que hemos conseguido erigir en Salta -que no para de mejorar- no es el mejor sistema posible para insertar a los salteños y las salteñas en este mundo que ha cambiado tanto. Más que en un refugio para las libertades, nuestra democracia se ha convertido en un aguantadero para cobijar a gente de poco talento que persigue obsesivamente el poder.
Sobrevivir al autoritarismo
Pero el autoritarismo no es la salida, aunque muchos se sientan tentados a explorarlo y algunos ya lo estén practicando.Me animo a decir que Salta como sociedad será incapaz de sobrevivir a esta ola mundial de autoritarismo si no se inserta de algún modo en la economía global, lo que forzosamente implica el archivo programado de la idea de soberanía. Tenemos que darnos cuenta de que nuestros conflictos son tan poco atractivos para el mundo que asoma en el horizonte que es altamente improbable que a Donald Trump se le ocurra crear una «riviera» en Aguas Blancas y tomar el control de la frontera para convertirla en un «resort», previo a arrojar a los lugareños a las insondables profundidades del Bermejo.
No veo a Elon Musk poniendo a funcionar la trituradora de Twitter para conseguir que doña Emilia Orozco sea Gobernadora o senadora nacional. Al magnate afroamericano lo veo más bien interesado en Alemania o en Hungría, o en su planta de Tesla en Shanghai, que en las minas de Olacapato o las termas de Rosario de la Frontera.
Veo más bien a Salta perdida e insignificante, con elites poco numerosas y peor ilustradas sacándose los ojos por unos cargos a los que la realidad le ha extirpado cualquier poder para tomar decisiones.
Veo, en fin, a una Salta encerrada en la contemplación democrática de su propio ombligo, pero deseosa de entregar su futuro, a cambio de unos selfies, a un puñado de líderes mundiales, regionales y nacionales empeñados en regresar, reconquistar, recuperar y rejuvenecer.
