El mundo ha cambiado dramáticamente desde la última vez que en Salta elegimos a los mismos cargos, pero todo indica que el debate preelectoral estará centrado en cuestiones relacionadas con el mundo que hemos dejado atrás, no con el que asoma por el horizonte.
Sé que discutir sobre el futuro tiene sus riesgos (el principal de ellos es equivocarse), pero es que cuando discutimos sobre el pasado (sobre lo que hizo uno y lo que dejó de hacer el otro) también nos equivocamos.
Es preferible tomar algunos riesgos y animarse a debatir sobre lo que nadie conoce, sobre la configuración de un mundo que aún no ha terminado de configurarse, pero cuyas principales líneas se insinúan bastante hostiles con Salta y con sus intereses.
Aunque no es cuestión de personas sino de ideas y de visiones del mundo, me parecería muy extraño que lo que está por venir nos sea explicado por políticos crepusculares y de caletre recortado como Juan Carlos Romero y Juan Manuel Urtubey.
Si ellos llegaran a enfrentarse en 2025 para dirimir cuál de los dos se sentará en la Cámara de Senadores de la Nación, existiendo la posibilidad de que se sienten ambos, sin molestarse el uno al otro, es muy probable que los salteños asistamos a un espectáculo de recreación del pasado.
Y si bien el pasado ha sido muy importante en Salta para legitimar ciertos comportamientos, la utilidad de lo pretérito es cada vez menor. Romero y Urtubey solo pueden enarbolar el lema MSMA (Make Salta Miserable Again) y los otros -si es que aparece alguno- lo único que podrán poner sobre la mesa es una versión nostálgica y llorisqueada del kirchnerismo que no acaba de morir.
Podría decir que Salta necesita senadores nacionales más inteligentes y con menos esqueletos en el armario, pero de nada va a servir que sentemos a nuestras cabezas mejor amuebladas en el palacio de Hipólito Yrigoyen 1849 si el país se encamina hacia el hiperpresidencialismo que amenaza con convertir a las cámaras del Congreso en cámaras de eco de los delirios del Poder Ejecutivo.
Quisiera vivir con la ilusión de que en Salta habrá una campaña electoral basada en programas coherentes y realizables y no un torneo de ocurrencias como al que nos tienen acostumbrados los líderes sin partido. Quisiera escuchar a uno solo que renunciara a sacarle al contrario sus peores trapos sucios a la luz y que dijera cómo planea hacer que Salta deje de encabezar la ignominiosa estadística de trabajo en negro en la Argentina.
Hay muchos problemas de este tipo, pero casi todos se reducen a uno solo: la posibilidad de controlar la transparencia de nuestro mercado interno y los medios para asegurar la libre competencia y la igualdad de oportunidades. Porque el trabajo en negro destruye el mercado, como lo destruye la permeabilidad de las fronteras, el clientelismo, la baja cualificación de la mano de obra o el endiosamiento excesivo de la minería o el turismo, que incluye la beatificación encubierta del inversor extranjero.
Las próximas serán -salvo el caso puntual de algún municipio- unas elecciones exclusivamente legislativas. Pero no habrá -apuesto mi cabeza- propuestas legislativas, sino fantasías de gobierno que muy difícilmente tengan o puedan llegar a tener una formulación legal.
Me gustaría, pues, escuchar a gente que nos cuente qué leyes se propone proyectar o reformar, qué marco jurídico desearía para encauzar la acción del gobierno, y que no se limitara a contarnos sus sueños sobre la sociedad en la que desea vivir.
En definitiva, me gustaría asistir en Salta a una campaña electoral orientada al futuro; pero no hacia un futuro ideal sino hacia el posible. Hacia el futuro que somos capaces de construir con nuestro talento (y aun con nuestras debilidades) y no hacia un pasado que imaginamos glorioso pero que nunca lo fue.