De allí la confusión, porque tanto el peronismo más realista como el más idealizado creen que todo lo que amenaza su propia supervivencia representa un riesgo mayor para la instituciones y para la uniforme, monolítica y eterna idiosincrasia nacional.
Pero el peronismo es la negación misma del pluralismo y la variedad política; es un colectivismo totalitario, y no porque emplee métodos crueles y sanguinarios, sino simplemente porque aspira a ocupar todos los espacios de la vida social y someter al individuo a los designios «superiores» del Estado.
No estoy de acuerdo casi con ninguna de las políticas del gobierno de Milei. Soy bastante consciente de la importancia de mantener controladas a las principales variables de la economía y de combatir a cara descubierta la ineficacia del Estado; sobre todo en áreas de la vida social en la que su intervención es probadamente inútil o distorsiva.
Pero no creo de ningún modo que los enemigos a batir sean el Estado del Bienestar o la justicia social. Milei ya puede decir misa contra el socialismo, que estoy seguro de que no será él quien consiga hacerlo desaparecer de la faz de la Tierra.
Tiendo a pensar que, a pesar de su discurso visceralmente antiestatista, lo que Milei ha colocado en su mira no es al Estado en sí (que, como bien es sabido, puede adoptar diferentes formas y tener dimensiones también diferentes), sino al colectivismo.
Puedo estar de acuerdo en una parte muy mínima de este planteamiento, pero decididamente no con sus bases filosóficas. Pienso que lo que ha fracasado en la Argentina es un cierto colectivismo (el propiciado por el peronismo) y que se debe luchar por encontrar y edificar un modelo de convivencia enteramente diferente, que elimine las distorsiones de aquel colectivismo estéril, que ha emprobrecido y debilitado al país, y no solo en su dimensión material.
Hoy por hoy, el peronismo dice que «teme por el futuro de la república», pero en realidad teme por su propio futuro, pues si las políticas brutales de Milei llegaran a dar resultado, aunque sea mínimamente, las condiciones que hasta aquí ha tenido el peronismo para crecer y reproducirse se van a reducir necesariamente.
Por eso es que veo mucho más sincero y constructivo el enfrentamiento que cierta izquierda dogmática de la Argentina mantiene con el gobierno de Milei; porque en el fondo ellos —los izquierdistas— nunca han intentado disimularse detrás de la fachada de «la república» (a la que han aborrecido siempre) y jamás —desde Lenin en adelante— han creído en las libertades, la justicia o la democracia.
Pero el peronismo siempre ha cultivado, aunque sea teóricamente, todos estos valores; si bien históricamente ha reivindicado el monopolio de todos ellos, negando a todos los demás, no solo la posesión de dichos valores, sino en muchos casos también el simple acceso a ellos.
Quiere decir esto que, o la Constitución se interpreta en «clave peronista», o en este país la Constitución no existe. Dicho en otras palabras, que, desde 1944 en adelante, el doctor José Figuerola (principal inspirador de la «Doctrina Peronista») ha sido más importante que Facundo de Zuviría (uno de los redactores de la Constitución de 1853).
Me causa un poco de gracia escuchar a peronistas octogenarios de Salta decir cosas como que en las próximas elecciones tendremos que decidirnos «por Milei o por la república», o que «si a Milei le va bien, al país le irá mal».
Creo, como he dicho, que el problema no es el país sino el peronismo. Si a Milei «le va bien», la Argentina no solo se va a sacudir un colectivismo probadamente dañino, sino que es muy probable que también siente las bases para la desaparición del propio peronismo.
Y esta perspectiva asusta a muchos; sobre todo a aquellos que, en el crepúsculo de sus vidas, sueñan con morirse viendo a un peronismo vital y triunfante.





