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  • La renovación deberá esperar
  • En los tiempos que corren, si un político llevara más de veinte años dirigiendo a su país, sea que lo hiciera con consenso popular o sin él, seguramente sería etiquetado por muchos como un dictador; aunque no lo fuese.
Lionel Messi y familia
Lionel Messi y familia

Para bien o para mal, llega un punto en que los ciudadanos se cansan hasta de los políticos más exitosos y carismáticos, y exigen su retiro de la vida pública, por razones simplemente «higiénicas».



Por eso, antes que indignarme por los comentarios corrosivos de aquellos que hoy vomitan su pestífera hiel en las redes sociales, heridos por el magnífico desempeño de Lionel Messi en el partido contra Argelia, intento entenderlos. Están cansados de él. Quieren un cambio en la cima del fútbol.

Lo curioso es que esta gente tan inteligente estuvo todo el tiempo celebrando que Messi compareciera a su sexto mundial, casi a los 39 años. Y no por admiración, precisamente. Hay muchos —quién sabe por qué— que adoran ver a los ídolos de una época arrastrarse por el barro, que disfrutan viendo al triunfador vencido y humillado, porque esta es una forma de conectar con las propias frustraciones y de intentar disimular los propios complejos.

Es muy evidente que había quien quería ver a Messi como un fantasma errante dentro de la cancha, deambulando sin brújula, superado por el empuje juvenil, rendido, fracasado, excedido y jubilado.

Sé que es muy arriesgado comparar, pero esta expectativa enfermiza es la misma que tienen algunos respecto de ciertos candidatos, a los que animan a presentarse a las elecciones, pero solo para disfrutar viéndolos perder miserablemente.

Pero Messi no gobierna. Su jubilación, lejos de promover la «alternancia democrática» (innecesaria en el deporte) no solo empobrecerá al fútbol, sino que dejará a esta tambaleante civilización de la que formamos parte sin una de sus expresiones estéticas más sublimes. Su retiro será más un retroceso cultural que una pérdida deportiva.

Creo que ha llegado el momento de aceptar, con deportiva resignación, que el reinado de Messi —si se me permite el sacrilegio— no es de este mundo. Los conceptos tan vulgares de «democracia»y «dictadura» se desenvuelven en una esfera, cada vez más confusa, que está muy a ras del suelo, si la comparamos con la altura sideral que ha alcanzado el genio.

Entiendo tanto a los que se sienten agotados y deprimidos por la desusada longevidad de su reinado, pero no entiendo nada a aquellos (argentinos y extranjeros) que aún no se han animado a proponer a la UNESCO declarar los 914 goles de Lionel Messi como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Probablemente el noveno Balón de Oro y la segunda Copa del Mundo serían del todo insuficientes para reconocer los méritos enormes de quien ha llevado felicidad a miles de millones de personas legitimamente desilusionadas por este mundo tan poco amistoso como el que vivimos. Nadie ha hecho más que Lionel Messi por la paz en el mundo en los últimos veinte años, lo que —con permiso de Haaland— creo yo que debería empezar a valorar el Comité Noruego.



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