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  • Un gesto para la galería
  • Desde hace bastante tiempo vengo insistiendo en que la «modernización» que se practica en Salta tiene un sesgo exclusivamente (o peligrosamente) tecnológico, y que lo único que se está consiguiendo con estas políticas es profundizar la desigualdad entre salteños.
Imagen ilustrativa
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En mi particular forma de pensar, una sociedad «moderna» no es aquella formada por más individuos capaces de utilizar con provecho las nuevas tecnologías, sino aquella que, consciente de los desafíos del futuro, se empeña en achicar, con herramientas novedosas, la brecha que separa a sus individuos más ricos de los más pobres.



De algún modo, los que predican y practican la «modernidad tecnológica» en Salta piensan íntimamente que la pobreza tiene un gran futuro y no escatiman esfuerzos para que las desigualdades que nos separan y nos degradan se noten cada vez más.

En cambio, hay otros que piensan que la verdadera antigualla es la pobreza, que la desigualdad es el verdadero fantasma del pasado, y que al futuro solo se accede venciéndola y no favoreciendo indiscriminadamente su esparcimiento.

Enseñar a utilizar la Inteligencia Artificial o multiplicar la inversión en puntos digitales puede, en el mejor de los casos, sacar de la pobreza (o de la ignorancia) a un puñado de personas. Para empezar, a los que imparten los cursos. Pero la modernización que necesita Salta no consiste en salvar a unos cuantos sino en distribuir, de modo universal, equitativo y democrático, los beneficios del bienestar. Y para eso se necesita algo más que Inteligencia Artificial y un torrente de bits.

Dicho en otros términos, que si no hay una preocupación sincera por los niveles de bienestar de nuestros conciudadanos, todo esfuerzo modernizador no será más que una pose, un gesto para la galería, cínico y siniestro.

El atraso institucional

Hay determinadas cosas (como los trámites judiciales en papel) que podrían seguir varias décadas más sin causar daño a nadie. Pero alguien se ha empeñado en gastar una millonada en digitalizar hasta el más infame de los actos procesales. Hasta ahora no he visto que nadie —salvo algunos pícaros— haya ganado nada con este inútil «avance» de la digitalización judicial; como, por cierto, nadie ha ganado nada con el voto electrónico.

Por supuesto que se debe modernizar (y con tecnología, pero no solo de hardware y software) la movilidad urbana, la salud, la educación, la defensa o la vigilancia, por nombrar solo algunas actividades esenciales. Pero no creo que debamos dar el salto a una «e-administración» sin haber antes modernizado al máximo sus procedimientos analógicos, o al menos haberlo intentado.

Saltar de una administración puramente analógica, atrasada y esclerosada, enemiga de los derechos ciudadanos, como la que siempre hemos tenido, a una administración electrónica, y hacerlo sin escalas, es la mejor forma de profundizar el autoritarismo y la discrecionalidad. Antes de dar semejante salto, es preferible mejorar la administración analógica para hacerla más transparente, más eficiente, más inclusiva y más respetuosa de los derechos del ciudadano administrado.

No entiendo muy bien qué es lo que se pretende con todo esto. No sé exactamente qué es lo que queremos dejar atrás y hacia dónde nos dirigimos. Pues si la idea es mostrar al mundo que estamos «a la última», debiéramos empezar por preguntarnos si llevar luto por Güemes a 205 años de su fallecimiento es un gesto de modernidad o un signo de atraso.

Tampoco entiendo que la minería, por muy novedosa y promisoria que sea en Salta, sea un signo de modernidad per se. La minería existe como tal desde hace unos 43.000 años y, como cualquier otra actividad del sector primario, por muy moderna y tecnologizada que sea, es del todo insuficiente para transformar de raíz la matriz productiva de una sociedad y renovarla desde lo más profundo.

Me pregunto entonces si es más moderno el señor que se opone a que los chinos traigan un campamento flat-pack prefabricado de la provincia de Guangdong, o aquel que ya mismo está pensando en venderle el detergente para fregar los pisos o las llaves para que puedan encender la luz.

Está muy bien soñar con una «ciudad inteligente» surcada por coches autónomos y atravesada por transeúntes geek equipados con gafas inteligentes. ¿Pero no es más razonable arreglar las calles primero? ¿O solucionar el drama de los colectivos? Nuestra urbanización es del tercer mundo y parece que no nos diéramos cuenta de ello.

Modernicemos primero nuestras prácticas institucionales. El proceso legislativo —solo por poner un ejemplo— es antiguo y disfuncional, así los proyectos circulen de oficina en oficina atados a la pata de un dron.

No creo que sea adecuado hablar de «modernización» en una sociedad visceralmente atávica como la nuestra, que siempre ha demostrado, por activa y por pasiva, su férrea voluntad de hacer pervivir ideas y formas de vida propias de sus antepasados.

Algo debe de funcionar muy mal en Salta desde que las únicas ideas y planteamientos genuinamente modernos que se escuchan de vez en cuando provienen del FOCIS, un selecto club de jubilados ochentones, que en cualquier momento, con una mano atada a la espalda y aunque alguno ya esté catiteando, le pueden plantear batalla a muchos treintañeros con smartphone en ristre y bitcoins en su cartera digital.

Consigamos que nuestros conciudadanos que hoy la pasan mal vivan un poco mejor y solo después hablemos de digitalizar «a la última» nuestro indómito espíritu gaucho.



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