Así lo ha anunciado durante una extensa entrevista por televisión concedida al veterano periodista salteño Mario Ernesto Peña, uno de los pocos que todavía —y pese a los contundentes golpes de la realidad— intentan mantener a flote la naufragante imagen del exmandatario salteño (2007-2019).
Después de haber jurado hasta por su muertos que ya le había dado a Salta «todo lo que tenía para dar» y que «jamás» volvería a ser candidato en su provincia natal, un territorio «que se le quedaba pequeño», Urtubey ha debutado con derrota (y no una cualquiera) en las primeras elecciones a las que se ha presentado después de dejar su cargo de Gobernador. Sucedió el año pasado cuando pretendió ser elegido senador nacional por Salta en las listas de un peronismo destartalado y sin brújula.
Ahora, en la cúspide de su crepúsculo político e intelectual, aquel que tras doce años de desgobierno dejó a Salta en la situación social y financiera más precaria de su historia, lo intentará nuevamente.
No ha dicho con todas las palabras que volverá a ser candidato, pero lo dio a entender con dos pinceladas de confusa verba: «Seguiré participando activamente de la vida política provincial y nacional» y «aprendí a nunca decir nunca».
Desde luego, Urtubey es bienvenido en su regreso a la política aldeana que en su momento despreció por pequeña, por rudimentaria, por caótica, por poco profesional, o por todas estas cosas juntas. Los pequeños políticos de Salta aplaudimos sin dudar el regreso al hogar del hijo pródigo.
La universidad soñada
Pero lo que sin dudas más ha llamado la atención de quienes hemos venido siguiendo la sinuosa trayectoria de don Juan Manuel es su anuncio de que creará una universidad privada para formar dirigentes, funcionarios y profesionales vinculados a la gestión pública.Ha dicho el exgobernador que viene trabajando en ese proyecto «desde hace años», y debemos creerle.
Seguramente, él será el rector magnífico de la futura universidad de elite, o el profesor magistral, como lo fue en la Universidad Loyola de Sevilla en el año 2020, en donde dejó una imborrable huella docente. Toda una garantía de aprendizaje fecundo.
Urtubey ya lo intentó antes, con su famosa EAP inventada por él en Salta cuando Juan Carlos Romero era todavía el «sembrador de progreso». Solo unos años después, Romero pasó a ser, para Urtubey, «el gobernador más corrupto de la historia». Evidentemente, alguien ha notado que la siembra no es lo mismo que la cosecha.
De formar líderes políticos del alta alcurnia, aquella pretenciosa escuela, que se miraba en el soberbio espejo de la EAP francesa, pasó a impartir cursos de cocción de vegetales a leña. Al fin y al cabo, la política lugareña no es más que una hoguera en la que se inmolan los egos más inflados, algunos de los cuales se caracterizan por poseer un sistema nervioso tan desarrollado como el de ciertos vegetales.
Pero Urtubey —que con ocasión de los recortes de Milei había hecho de la defensa a ultranza de la universidad pública su bandera favorita— se propone ahora crear la nueva universidad, la universidad de su sueños, como «privada». Todo un contrasentido.
Y no solo eso. Ha dicho también que «la iniciativa tendrá además una fuerte vinculación con el pensamiento peronista» [sic]. Es decir, una universidad «privada y peronista». ¡Chupate esa mandarina!
Urtubey aclaró, no obstante, «que el objetivo principal será la capacitación y profesionalización de quienes aspiran a ocupar responsabilidades públicas», lo que equivale a decir que, sin «pensamiento peronista» de por medio, la capacitación y la profesionalización son objetivos imposibles de alcanzar, y que quien se propusiera «ocupar responsabilidades públicas» sin conocer al dedillo el catecismo peronista pseudocanónico (que es el que conoce Urtubey desde su infancia) lo que hará será cometer un grave pecado, como el que están cometiendo —a juicio del personaje— Milei o Sáenz.
No puedo menos que aplaudir esta iniciativa, porque para mi particular forma de apreciar los acontecimientos políticos no hay nada más divertido que ver, a la distancia, cómo los ingenuos gastan esfuerzos en formar a una elite de derrotados.
