La primera, que, cuando falta un año y medio para la conclusión de su segundo mandato, los salteños aprueban con alta nota la gestión de su Gobernador, algo que no habían conseguido —a la misma altura de sus periodos— ni Juan Carlos Romero y, mucho menos, Juan Manuel Urtubey.
Incluso más. Los ataques que a diario recibe Sáenz de parte de un sector de opinión muy bien delimitado, lejos de debilitarlo, lo han hecho más fuerte y resiliente.
La tercera demostración es que, contra quienes ven en él solo a un gaucho sentimental, Sáenz ha impuesto un estilo propio basado en la sobriedad y el recato verbal. Puede que algunos lo vean parecido a aquel Menem campechano y provinciano que deslumbró a la elite porteña allá por los comienzos de los años 90, pero Sáenz es diferente.
El encanto estilístico del Gobernador de Salta se puede definir fácilmente por la vía negativa: Sáenz no es ni un empresario con aires de príncipe decimonónico como Juan Carlos Romero, ni un «profesor» como Juan Manuel Urtubey, que cada vez que tenía un problema por delante lo rodeaba de palabras vacías y juicios pedestres propios de un falso intelectual.
La cuarta y última demostración es un poco menos clara que las anteriores, pero no menos preocupantes para los detractores del Gobernador salteño: Su imagen positiva aún no ha alcanzado su cénit. Sáenz tiene margen de mejora y, en la medida en que se acerque al pico de su popularidad, será poco menos que inevitable que su futuro esté más cerca del gobierno nacional que de las «pequeñeces» de la mezquina política local.
En suma, Gustavo Sáenz ha obtenido en la encuesta de junio una «pole position» que deberían emular a los mecánicos de Alpine. Si el Gobernador de Salta se hace con la «cuerda» de aquí a mediados de 2027, será difícil que cuando termine el año que viene alguien pueda toserle cuando decida dar el salto a la siempre confusa y complicada arena política nacional.


