Hoy lo confirmo: crecí en unas épocas en las que para nosotros, los salteños más jóvenes, era, por larguísimas distancias, mucho más importante el 25 de Mayo que el 17 de Junio.
Hoy ocurre todo lo contrario. Las maestras se dejan la piel por Güemes y algunas enseñan a sus pequeños alumnos que el general no nació del fecundo seno jujeño de doña Magdalena de Goyechea y la Corte, sino que su embrión (ya barbudo) apareció flotando dentro de unos cajones en el puerto del Callao.
Las maestras de hoy ya no mandan a sus alumnos a fabricar cadenas celestes y blancas de papel crepé sino floripondios con los colores de la quasi-bandera que creó el general Romero, allá por 1997.
El abandono calculado del patriotismo nacional por parte de los salteños y las salteñas ha quedado demostrado con el patético acto oficial frente al Cabildo el último 25 de Mayo, en el que, como de todos es sabido, el protagonista fue un perro callejero con la pata vendada, echado como un rey sobre la alfombra roja en el lugar prominente que deberían haber ocupado aquellas autoridades que se tomaron muy en serio el feriado largo y no tuvieron tiempo material de armar las valijas y regresar a tiempo del Caribe.
Pero con el 17 de Junio no se juega. Son palabras mayores.
Aunque a la misma hora del llanto guitarrero bajo las estrellas ruede el balón en el Arrowhead Stadium de Kansas City (en la parte de Missouri) y los campeones del mundo salgan a librar otra guerra de Argelia (que reíte del general Salan), los salteños con el poncho bien puesto se han juramentado llorar in situ la muerte del héroe gaucho (como si fuese la de Jesucristo) y volver la espalda al pecaminoso televisor.
La cosa se ha puesto más espesa desde que Lionel Messi fue distinguido con el Premio Princesa de Asturias a los Deportes. ¿Cómo vamos a rendirle pleitesía al capitán de la Selección, por muy bueno que sea, después de que aceptara ser honrado por los mismos borbones que con fiereza nuestro barbudo general combatió?
Por eso es que algunos proponen distinguir al escurridizo delantero rosarino con el Premio Juana Azurduy de Padilla, porque, si lo acepta, quizá en el próximo mundial, cuando nuestra estrella tenga ya 43 años y haga dupla en la delantera con su hijo Thiago, y Güemes —que todavía sigue cumpliendo años— estrene prácticamente sus 245, podamos rendirle homenaje a ambos, en la misma noche, con la misma guitarra, los mismos troncos ardiendo y con el mismo televisor.