En diferentes décadas, muchos salteños y salteñas hemos debido salir de la comodidad de nuestras casas, nuestras ciudades y nuestros pueblos para ir al encuentro del conocimiento al máximo nivel en territorios muy alejados de nuestro centro de vida.
Por supuesto que los tiempos han cambiado. Ahora no solo se puede estudiar lejos de casa y mantener las relaciones por FaceTime o por WhatsApp, sino que volver cada tanto se ha hecho una costumbre para muchos que antes se dejaban los riñones en los viejos colectivos de La Veloz en viajes de 36 horas y hoy se montan y se desmontan con insultante naturalidad en un Flybondi (cuando no se cancelan los vuelos, claro está).
Pero antes no era tan fácil, se los aseguro. Lo demuestran unas cuantas anécdotas familiares que me he tomado la libertad de contar aquí, con permiso de las numerosas familias salteñas que atesoran anécdotas similares.
En 1919, mi abuela María Ana Santoro de Caro despachó a Buenos Aires a su primogénito (mi querido tío Alberto, nacido en 1900) para que estudiara medicina. Salir fuera de Salta y refugiarse en una universidad lejana no solo era entonces una forma de descubrir el mundo, sino también una forma de hacerse hombres. Y digo hombres, porque en aquella época —al menos en Salta— las señoritas —que generalmente eran mucho más inteligentes y capaces que los varones— debían quedarse en sus casas y resignar sus aspiraciones de ser ingenieras, médicas o abogadas para dedicarse al magisterio o a la enfermería.
Sé que aquello fue muy duro para muchas mujeres llenas de cualidades, pero de algún modo la decisión machista de las familias más tradicionales hizo que en Salta floreciera una generación de estupendas maestras que probablemente no se vuelva a repetir jamás. Los beneficiados fuimos nosotros, los nacidos en las décadas de los 40 y los 50 del siglo pasado, que fuimos educados por aquellas sabias damas.
El caso fue que, a pocas semanas de que mi tío Alberto emprendiera su aventura universitaria, mi abuela recibió un telegrama para informarla de la llegada y la instalación del viajero en una pensión porteña. Mi abuela abrió aquel telegrama (que por entonces se escribían a mano en la oficina receptora) e inmediatamente se le llenaron los ojos de lágrimas. Una vez que pudo recuperar el resuello, dijo con profunda tristeza: «¡Esta no es la letra de Alberto!».
Poco tiempo después fue mi padre el que emprendió viaje a la docta Córdoba. Si en aquel entonces hubiera tenido una «beca de residencia» instituida por el entonces interventor de facto de la Provincia de Salta, general Gregorio Vélez, probablemente no hubiera sido necesario que sus hermanas (todas ellas eximias maestras, excepto una) le confeccionaran a mano en Salta, con aguja y dedal, un colchón para que pudiera descansar en Córdoba.
Mi tía Sara Adela Caro —que también intervino en la artesanal hechura de aquel jergón— pronto desafió las convenciones y puso tierra de por medio para irse a estudiar Filosofía y Letras a la Universidad de Córdoba, la más antigua del país. Sarita fue una de las primeras mujeres universitarias de Salta y la primera odontóloga mujer que conoció nuestra ciudad, pues al final fue esa la carrera que escogió. Sarita, al igual que Alberto, Armando y el resto de mis tíos, no disfrutaron de ninguna «beca de residencia» por cuatro años con cargo a las arcas del Estado.
Ser estudiante universitario en aquellas épocas y hasta bien entrados los 90 del siglo pasado era sinónimo de austeridad, cuando no directamente de pobreza. Había algo de romántico en la condición de estudiante universitario, de modo que algunos se refugiaban en ella y se cronificaban.
Mantener a un hijo estudiando fuera era un sacrificio que muchas familias no se podían permitir.
Al parecer, la historia familiar de la emigración universitaria está atravesada por los colchones, ya que cuando mis padres debieron despachar a su hijo mayor a Tucumán, con solo 16 años, al poco tiempo tuvieron que enviarle un colchón, pero esta vez no uno hecho en casa sino uno comprado con gran esfuerzo en una tienda del centro. Después de la compra y del flete satisfecho en La Veloz del Norte, mi madre se quedó con unas pocas monedas para enviarle a su hijo un telegrama avisándole del envío del colchón. Así fue que para ahorrar palabras, a través de la entonces señorial sede del Distrito 18 de Correos y Telecomunicaciones, le envió a su hijo un escueto y enigmático mensaje de solo dos palabras: «Colchón Veloz».
El Correo de aquellas épocas no solo servía de nexo entre los estudiantes y sus familias para los mensajes breves (era el WhatsApp de la época) sino que era el modo más rápido y seguro de enviar el estipendio de la manutención. Los giros postales de entonces se ensobraban primorosamente y se enviaban junto a bellas cartas manuscritas de hondo contenido emocional, que algunos estudiantes desalmados hacían un bollo y tiraban a la papelera sin leerlas, antes de salir corriendo hacia la oficina para cobrar el giro. No tenía ese problema un joven estudiante salteño de gruesas gafas, que era muy conocido por sus comprovincianos porque su familia le enviaba los giros sin carta. Los desalmados, en este caso, eran otros.
Por aquellas épocas —primeros años 60— no había otra forma eficiente para comunicarse que no fuera el telegrama. Así como a principios del siglo mi abuela se había emocionado hasta las lágrimas con el primer telegrama de mi tío Alberto, lo propio haría mi madre cuarenta años después con el de su hijo primogénito, que nada más poner un pie en Tucumán le escribió un despacho telegráfico para decirle: «Llegué en cochero hasta la pensión».
No quisiera incluirme en ese grupo de personas audaces y decididas que afrontaron la vida universitaria sin «corralitos financieros» que los protegieran, pero debo decir que a mí también me tocaron épocas duras, y no solo en lo económico.
Recuerdo que la histórica (por su ineficiencia) Compañía Argentina de Teléfonos, que servía tanto en Salta como en Tucumán, tardaba unas seis horas promedio en darte una comunicación entre ambas ciudades. Todavía me acuerdo de mis larguísimas tardes de espera en la sede de la CAT de la calle Muñecas, en Tucumán, solo para decirle a mi madre: «Mamá, aprobé Obligaciones con 5».
Con 16 años, viví en primera persona la locura terrorista y la Operación Independencia en Tucumán 1975, y más tarde, cuando por razones de seguridad decidí estudiar en Salta y examinarme en Tucumán, las épicas jornadas de Indiana Jones eran una balsa de aceite al lado de mis viajes al Jardín de la República, muchas veces alterados por piquetes militares en los lugares más insólitos. Solo Dios sabe si en julio de 1976 el coche de La Veloz del Norte que me llevaba como pasajero no atravesó el paraje Palomitas en el mismo momento en que unos salvajes segaban la vida de once compatriotas.
Para mí es evidente que si el general Gregorio Vélez (o el Gobernador que fuese) me hubiera concedido entonces una generosa «beca de residencia» por cuatro años, habría viajado a Tucumán en una «limousine», y luego, una vez graduado, le habría pedido a un juez que regulase mis honorarios en un pleito contra la Provincia. Contra la misma Provincia que, con su ayuda, había evitado que mi periplo universitario se convirtiera en una aventura digna de Indiana Jones, o que viviera una vida, romántica pero miserable, como la del pintor Modigliani.