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  • La encrucijada argentina
  • El mundo vive una situación inédita. Quienes la comparan con la de 1938 solo demuestran que saben algo de historia, y poco más. A mi modo de ver, los que vaticinan un regreso de los fascismos no tienen idea de cómo ha evolucionado el mundo en los últimos 87 años o se resisten a aceptarlo.
Emmanuel Macron, Presidente de la República Francesa
Emmanuel Macron, Presidente de la República Francesa

Solo dos datos son suficientes para ilustrar la profundidad y la importancia de estos cambios:


1) las clases trabajadoras, que hace un siglo pugnaban por convertirse en actores políticos y lanzaban así un duro desafío al Estado liberal, se han incorporado ya totalmente al sistema, y

2) la revolución de las comunicaciones digitales ha transformado de raíz la forma en que producimos y compartimos la información. Aunque con más sombras que luces, asistimos al despertar de una era de «democratización de la opinión».


No son los derrotados en 1945 los que amenazan con volver. Ahora han aparecido nuevos peligros (nuevos «agentes del mal»); pero enfrentarlos con las mismas herramientas de 1938 es un error clarísimo.

La palabra del momento es incertidumbre. Básicamente porque Estados Unidos ha pateado el tablero y amenaza con hacer saltar por los aires los consensos que apuntalaron la paz en el mundo en las últimas ocho décadas.

El nacionalpopulismo que se ha entronizado en el país más poderoso de la Tierra parece regodearse ahora por haber soltado el lastre de unos socios atlánticos enormemente cultos y creativos, convencidamente democráticos, económicamente poderosos; pero al mismo tiempo caros de mantener, incapaces de ponerse de acuerdo en asuntos fundamentales, débiles en la arena de la política internacional y vulnerables en defensa.

La Conferencia de Seguridad 2025 que se celebró en Munich entre el viernes y el domingo pasado, y la reunión de «emergencia» convocada el lunes por el presidente francés Emmanuel Macron, solo han servido para confirmar que el viejo continente, que ha servido de faro a la cultura occidental en los últimos ocho siglos, se encuentra en serias dificultades.

La posibilidad de que las potencias nucleares de Europa (Francia y el Reino Unido) y la Unión Europea en su conjunto sean excluidas calculadamente de las conversaciones de paz en el conflicto ruso-ucraniano pone en riesgo, sin dudas, la seguridad de todo el continente.

El cambio de escenario mundial ha sorprendido a Europa con el paso cambiado. Sus líderes no consiguen ponerse de acuerdo en una respuesta común y unitaria frente a la amenaza de la «pinza» que de un lado oprimen los Estados Unidos y Rusia y del otro lo hace la cada vez más poderosa China.

El impacto en la Argentina

Frente a este panorama, la Argentina -una vez más muy lejos de donde se toman las decisiones- parece tenerlo relativamente fácil, pues quienes gobiernan el país previsiblemente solucionarán la mayoría de los problemas de inserción internacional alineándose disciplinadamente detrás de los Estados Unidos, a cambio, probablemente, de algunas mínimas facilidades comerciales que aún no se ven en el horizonte.

Pero ahora que Donald Trump parece haberle soltado la mano a Europa y a las democracias occidentales y se la ha estrechado a Vladimir Putin -a quien ha ungido como su «nuevo» socio europeo- y con su actitud ha conferido carta de ciudadanía a las democracias iliberales, las cosas no pintan tan fáciles para la Argentina.

Por mucho que el presidente Javier Milei se esfuerce en pulir su amistad con Trump (o con su operador en las sombras -Elon Musk-) los vínculos de la Argentina con Europa son demasiado intensos como para romperlos de una forma abrupta y definitiva por una simpatía coyuntural entre líderes atípicos y extravagantes.

Si la Argentina se decide a seguir la estela de Trump, de Musk y de Putin, lo más probable es que sus vínculos con Europa se resientan de una manera sensible.

Hasta ahora, la solidez de la alianza occidental le permitía a la Argentina mantenerse expectante tanto de lo que sucede en la América del Norte como en Europa. Pero una vez que la alianza occidental se ha quebrado, la Argentina deberá optar entre la «obediencia» al presidente Trump y el peso sociológico de la cultura europea en nuestra identidad nacional. La Argentina no tiene por qué hacer suyos los intereses de Europa, pero tiene sobradas razones para considerar suyos los valores que cimentan la cultura europea y que hoy los Estados Unidos están poniendo en entredicho.

Aun débil y desorientada, Europa tiene mucho que aportar todavía al crecimiento y al desarrollo argentino, al fortalecimiento de su singularidad y al liderazgo en la región, tanto en materia política, como en materia económica y social y, especialmente, en materia medioambiental. Vale la pena recordar que, aunque replicado a los ponchazos, el modelo social argentino se parece mucho más al europeo (de donde ha sido copiado) que al norteamericano.

En asuntos sensibles como la protección del medio ambiente, la lucha contra el cambio climático o las regulaciones sobre la protección de datos personales (por poner solo tres ejemplos), la Argentina debe alinearse con Europa más que con los Estados Unidos, por razones que son fácilmente comprensibles.

La Europa de los problemas es también la Europa de las soluciones, y de las oportunidades.



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