Por debajo de esta constatación esencial se puede discutir si las reformas que impulsa Javier Milei son las adecuadas para solucionar, con una cierta expectativa de estabilidad, los principales problemas del país; o si, por el contrario, van a conducir a los argentinos a un abismo del que será difícil emerger.
Aunque a Milei y a sus seguidores más enérgicos les cueste admitir, estamos inmersos en una revolución, como muy pocas veces ha sucedido en la Argentina.
Pero no tanto por el calado de los cambios que se proponen, sino porque las posturas políticas de la oposición cavernaria y visceral a Milei —encarnada por la expresidenta Kirchner— son claramente reaccionarias, en la medida en que defienden el regreso a un orden político y social anterior, superado y notoriamente fracasado.
Esa misma oposición dice que el reaccionario es Milei, porque enarbola banderas de la «derecha clásica» argentina, lo cual es un error, no tanto por el sesgo derechista de sus políticas (que es innegable) sino porque en nuestro país nunca hubo una derecha «clásica» (liberal o conservadora), sino más bien una derecha estatista, corporativizada y cercana ideológicamente a las posiciones del peronismo más fascistoide y de su monolítica pata sindical.
En mi opinión, quien debe retroceder es esa oposición salvaje hoy jaleada por consignas propaladas por Twitter desde una cárcel doméstica. No dudo de que estas personas tengan un «proyecto de país» bien definido; por supuesto que lo tienen. Pero aunque tal proyecto se hubiese ensayado con éxito —cosa que no ha sucedido jamás, a pesar de la opinión del señor Krugman— lo cierto es que hoy no tendría ningún encaje en el mundo en el que vivimos. La Argentina kirchnerista no solo es cosa del pasado sino que hoy, en el concierto internacional, estaría «más desubicada que chicharrón en pan de navidad», como dirían los salteños.
Por eso, en las próximas elecciones habría que pensar con cierto detenimiento con cuál de las dos opciones políticas en liza los argentinos sufrirían más: si con
Sé que no es hora ni siquiera de sugerir vías intermedias, pero se me ocurre que así como la oposición cavernaria debe rebajar su fuerza parlamentaria para que el país funcione, el Presidente —amante de los números— necesita precisamente «número» en la cámaras legislativas para que sus reformas no se vean atrapadas en las redes institucionales —incluidas las judiciales— de los nostálgicos del populismo.
Pienso, muy respetuosamente, que el Presidente de la Nación no necesita una «barra» de incondicionales fanáticos (que abundan en su partido), sino una mayoría vigilante, que esté pendiente de sus movimientos, para que el «gobierno Milei» no se convierta en un kirchnerismo inverso, sino en un instrumento de cambio y de progreso.
Personalmente, no firmaría casi ninguna reforma del presidente Milei —especialmente las que tienen que ver con la rebaja y recortes de los derechos y las prestaciones sociales— pero es indudable, para mí, que una parte importante del aparato protector estatal ha venido siendo utilizado con fines siniestros y que ha llegado la hora de poner a las instituciones al servicio de los ciudadanos y no a los pies de quienes luchan por el poder y el control de los presupuestos.
Si el Presidente apunta en esta dirección, merece ampliar su base parlamentaria. Pero, si al contrario, lo que busca es servirse de las instituciones comunes para su propio provecho, como han hecho sus antecesores, no merecería incrementar ni en uno solo sus diputados y sus senadores.
Cuando falta exactamente una semana para concurrir a las urnas, pienso que lo mejor que podría suceder no es el triunfo de uno sobre el otro (lo cual será casi inevitable, pues los empates son muy extraños en este tipo de elecciones), sino que los argentinos no tengan que elegir —como decía Machado— entre una Argentina que muere y otra Argentina que bosteza.
