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  • Una teoría inútil
  • Quienes nos dedicamos como simples aficionados a la teoría política felizmente no estamos obligados a emplear el método científico ni a someter nuestras elucubraciones a duras pruebas lógicas.
José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez
José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez

En una amplia mayoría de casos, nuestras «teorías» son inútiles —generalmente por indemostrables—, pero si de algún modo seguimos adelante con ellas, es porque, en ocasiones muy puntuales, los verdaderos científicos nos hacen el honor de investigarlas y a veces terminan por hallarle alguna utilidad explicativa o descriptiva.


Hoy, con todos estos asuntos que sacuden la vida política en España, se me ha ocurrido pensar que hay una relación directa entre la corrupción y el gobierno ideológico. La teoría —indemostrable, por el momento— se podría formular del siguiente modo:

«Cuanto más un gobierno se aleja de la política y se acerca a la ideología, cuanto más intenta aniquilar al contrario, cuanta más polarización exista y cuanto más alejada esté la oposición del compromiso político, los hechos graves de corrupción se producen con mucha mayor facilidad».

Algunos piensan que es la democracia la que predispone a la corrupción; otros piensan sin embargo que es la concentración del poder a la que inevitablemente tienden los regímenes democráticos. Yo pienso, en cambio, que es la ideología; o para mejor decir, los excesos del pensamiento ideológico.

Cuando la ideología sustituye a la política como herramienta para resolver los conflictos que se producen en el seno de la sociedad, unos y otros tienden a encerrarse en posiciones irreductibles y no piensan en otra cosa que fortalecerse a sí mismos. No piensan tanto en debilitar al contrario como en expulsarlo de la vida política y democrática, que es lo mismo que decir que aniquilarlos, no dejarles levantar cabeza.

En un mundo como el que vivimos, en el que la posesión del dinero tiene una enorme influencia y decide generalmente quién ejerce el poder y quién debe conformarse con mirarlo por TV, la «razón democrática», los votos, no son suficientes ya para hacer fuertes e invulnerables a nadie. Algunos piensan que si el poder no logra alcanzar la potencia económica que necesita para aplastar al contrario, su efectividad se reduce de una manera drástica y más valdría la pena no ejercerlo.

La democracia necesita, cómo no, de líderes fuertes y de partidos organizados e influyentes. El gobierno ideológico necesita, en cambio, de líderes ricos y de partidos dóciles sometidos al poder económico del líder, más que a su influencia intelectual o política.

Así, bajo la fachada de la supremacía de una raza o de una clase, el gobierno ideológico practica la supremacía de una «nomenklatura» que muy difícilmente en estos tiempos podría mantener el mando si fuese pobre y si se viese impedida de repartir prebendas entre los que integran el primer círculo de poder. Toda corrupción nace en este punto.

Pequeños ladrones y chorizos han existido siempre. La corrupción que carcome las entrañas de la democracia en la tercera década del siglo XXI es un fenómeno mucho más complejo y mucho más grave. Ya no se trata de quedarse con algún vuelto, como ocurría antaño, sino de convertir al aparato del Estado, mediante sofisticadas maniobras de ingeniería social, en una maquinaria de distribución de grandes fortunas para aquellos que las necesitan para llevar la «utopía» a buen fin.

Aunque muchas veces —por no decir casi en todos los casos— la corrupción ideológica a gran escala termina enriqueciendo a unos pocos, no siempre es el egoísmo personal o la avaricia lo que justifica el latrocinio. Se roba «para la causa», aunque la «causa» se resuma en la figura del líder o de la lideresa. Los que participan de esta corrupción sin recibir un centavo, sin embargo la aplauden, cuando comprueban que el líder (o la lideresa) están bien arropados y cubiertos por los millones. Eso les proporciona tranquilidad, porque saben que es quizá la forma más directa de acabar rápidamente con el contrario.

Sería muy fácil concluir diciendo que en la medida en que seamos capaces de acabar con el gobierno ideológico vamos a acabar con la corrupción. No soy tan ingenuo. La corrupción existirá siempre que un ser humano entre en contacto con dinero ajeno, y más aún cuando este dinero es cuantioso y parece no tener un dueño claro.

Por eso, aunque parezca un poco aventurado y futurista, diré que no creo que la solución sea achicar el Estado (para que haya menos dinero o menos agentes infieles), sino que quizá se deba mantenerlo en sus actuales dimensiones (o, aun, incrementarlo), a condición de que una masa crítica de recursos estatales sea gestionada y controlada por la Inteligencia Artificial, con una mínima o nula intervención humana.

Ahora que si nos dedicamos en el futuro a corromper a la Inteligencia Artificial y a contagiarle nuestra avaricia de humanos perversos, pues apaga y vámonos.

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