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  • El triunfo de los regímenes iliberales
  • La propensión de la democracia a degenerar es conocida desde los griegos.
Donald Trump y Javier Milei
Donald Trump y Javier Milei

Desde hace bastante tiempo se sabe que el sistema político occidental -una fusión bastante equilibrada entre liberalismo constitucional y democracia de masas- ha ido dejando paso a regímenes basados en una democracia puramente electoral, cada vez más alejados del liberalismo.


No hablamos de países en los que se celebran elecciones tramposas y amañadas, sino de países en los que apenas si hay dudas de que las elecciones son libres y justas. Los votantes «libres», en uso de su libertad, pueden elegir gobiernos racistas o fascistas, que se oponen públicamente a la paz y que practican activamente la intolerancia. Nada de esto impedirá que los regímenes emergentes se llamen a sí mismos «democracias».

Durante los últimos veinticinco años hemos visto que regímenes elegidos democráticamente ignoran por rutina los límites constitucionales a sus poderes y privan a sus ciudadanos de derechos básicos. Desde Perú hasta la Autoridad Palestina, desde Sierra Leona hasta Eslovaquia, desde Pakistán hasta las Filipinas, hemos visto surgir un fenómeno inquietante en la vida internacional: la democracia iliberal.

Hoy no es muy difícil advertir y reconocer este problema. Durante casi un siglo, la democracia ha significado en Occidente «democracia liberal»; es decir, un sistema político caracterizado no solamente por elecciones libres y justas, sino también por el imperio de la ley, la separación de poderes, la protección de las libertades básicas de expresión, reunión, religión y propiedad.

Pero lo que podríamos llamar «liberalismo constitucional» es ontológicamente diferente a la democracia. Esta distinción es fundamental para advertir que en los últimos veinticinco años la democracia se ha expandido y ha florecido en casi todo el mundo, pero el liberalismo constitucional ha retrocedido significativamente.

Como digo, este fenómeno no es nuevo, ni mucho menos. Lo que veo ahora, y me parece novedoso y me preocupa, es que la tensión entre la democracia imbuida de liberalismo constitucional y las democracias iliberales se ha relajado muy rápidamente en beneficio de estas últimas.

Quiero decir que el (aparente) éxito económico y social de algunos regímenes claramente iliberales no solo está inmunizando a estos países de las críticas de quienes (aún) sostienen los principios liberal-constitucionales, sino que está produciendo un vertiginoso efecto contagio en algunos países. De hecho, el crecimiento cuantitativo de las democracias iliberales en la tercera década del siglo XXI parece incluso más explosivo que el de la propia democracia, que se produjo a finales del siglo XX.

Pienso que la explicación más simple (y al mismo tiempo más superficial) de este particular fenómeno es que las clásicas democracias liberales occidentales se han estancado y no proporcionan a sus ciudadanos las respuestas rápidas y eficaces que ellos esperan a sus problemas.

Países como los Estados Unidos, que han liderado el mundo democrático occidental durante más de un siglo, parecen haber comprendido que el respeto a la libertad y a los procedimientos constitucionales, lejos de traer prosperidad, la aleja y la posterga. En el terreno internacional han elegido abandonar el multilateralismo y renunciado al liderazgo moral basado en los valores de la libertad y la democracia, en beneficio de una supremacía basada en la fuerza.

Bajo la segunda presidencia de Donald Trump, el país más poderoso de la Tierra parece empeñado en reconstruir su potencia hacia adentro, aunque para alcanzar este objetivo sea necesario achicar significativamente el espectro de libertades y gobernar a golpes de órdenes ejecutivas, sin someterse a los tiempos (exagerados e inútiles para el trumpismo) de la tramitación parlamentaria.

El problema, a mi modo de ver, es que el (mal) ejemplo de los Estados Unidos se está contagiando rápidamente a otros espacios democráticos occidentales. El peligro más inminente es que la ola de iliberalismo llegue a Europa y provoque auténticos desastres, porque en América Latina la preocupación por las libertades ha sido históricamente menor, si nos fijamos en los ejemplos de Perú, Brasil o la Argentina.

Aniquilando libertades y convirtiendo al país más liberal del mundo en una «tiranía de Derecho», el presidente Trump aspira a competir con la agresividad comercial y tecnológica de China y plantarle cara al expansionismo político e ideológico de Rusia. En este empeño sumará rápidamente a sus filas a los gobiernos de América Latina (excepto probablemente Venezuela, Cuba o Nicaragua), pero tendrá más dificultades con los países de Europa, a menos que acierte a debilitar y dividir a la Unión Europea y a volver a convertir al continente en un espacio preparado para la guerra, integrado por países que desconfían los unos de los otros.

Lo que intento decir es que el contagio de la tiranía democrática, que era prácticamente insignificante hasta solo un par de años atrás, con la reelección de Donald Trump y con sus primeras medidas ha recibido un impulso enorme en los últimos meses.

Todo esto se produce mientras la democracia sigue creciendo en popularidad y en prestigio y los argumentos liberal-constitucionales parecen cada vez menos convincentes y atractivos, sobre todo para aquellos países que anteponen su prosperidad al derecho de sus ciudadanos a ser libres y a disfrutar de derechos humanos.

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