La explicación que ha dado el señor Raúl Romeo Medina —que de él estoy hablando— es, por largas distancias, la más completa, pero, al mismo tiempo, la más absurda de todas las que he escuchado para sostener esta discutible iniciativa.
Nos dice el secretario legislativo que, sin las PASO, «no hay un sistema para dirimir las internas de los partidos».
Pero, si no han sido los mismos diputados los que se han deshecho de las inútiles PASO, ¿quién las ha suprimido entonces?
La de Medina es realmente una afirmación muy grave, por cuanto supone que una autoridad —menor, pero autoridad al fin— da por hecho que las cartas orgánicas (algo que los partidos políticos deben poseer indefectiblemente para ser considerados como tales) son una auténtica basura y no sirven para nada. De hecho, no sirven para dirimir las internas partidarias.
Yo entiendo este enfoque, porque en el fondo lo que dice Medina es que nuestros partidos políticos están tan destruidos y son tan poco eficaces a la hora de cumplir con su misión fundamental de comunicación e intermediación política, que lo mejor que puede ocurrir es que se pase por encima a sus vergonzosas cartas orgánicas y que aquello que tienen que decidir los afiliados a los partidos concernidos lo decidan todos los ciudadanos, en unas elecciones cuya factura pagan alegremente todos los ciudadanos, como si la Constitución consagrase como una obligación cívica el sostenimiento de los partidos.
¿Qué tiene que hacer entonces el que no simpatiza con ningún partido o el que aborrece a todos? ¿Abstenerse de votar en unas elecciones generales?
Lo que no entiendo es esa obsesión por el «internismo». Mejor dicho, no entiendo que algunos se preocupen tanto por las internas hasta el punto de convertirlas en externas. Si un partido no puede dirimir sus cuestiones internas, pienso que es un problema suyo y no del sistema que lo contiene.
Sacar las internas «afuera» no es como sacar la mesa al patio para comer debajo de la parra. La externalización del internismo partidario tiene unos riesgos que el sistema no está en condiciones de asumir, y menos en Salta, donde los partidos son una mera fantasía y el internismo (o, para mejor decir, el apetito electoral de un enjambre de pequeños dirigentes) puede hacer que la oferta electoral sea tan extensa que el ciudadano se vea impedido de elegir.
Medina es una especie de Gianni Infantino con pelo. Si por Medina fuera, la fase final del Mundial de Fútbol debería disputarse con 192 equipos y no con 48. Con esa premisa por bandera, Medina pretende también que en vez de 250 candidatos a concejales haya 25.000, lo cual no solo sería más «democrático», sino que evitaría también que los partidos eligieran sus candidatos «a dedo».
Pero hete aquí que la elección de candidatos «a dedo» nunca ha supuesto entre nosotros una rebaja significativa del carácter democrático de la postulación electoral. La democracia sufre, en cambio, cuando los que son elegidos «a dedo» son los «cargos electivos», pero no cuando los candidatos de los partidos (los que aspiran a aquellos cargos) lo son. Los partidos deberían ser libres para elegir a sus candidatos de la forma que les plazca. Nadie debería poner el grito en el cielo si la carta orgánica o los estatutos de un partido prevé que la «fórmula» gubernamental debe surgir de un torneo de truco por parejas.
Para evitar la postulación «a dedo» están la cartas orgánicas precisamente; para eso sirven o deberían servir. Por eso, en vez de organizarles a los partidos fiestitas infantiles, el Estado (especialmente a través de la justicia electoral) debería controlar celosamente que los partidos cumplan a rajatabla con las normas internas que se han dado y que sus dirigentes no se declaren «suris», «irresponsables» o «menores de edad» a la hora de asegurar que sea la carta orgánica la que dirima las cuestiones internas.
El intervencionismo del Estado por vía legal en la vida de los partidos políticos es pernicioso per se. Los partidos son instituciones fundamentales del sistema democrático, lo que no quiere decir que lo sean del Estado, con el que tienen que mantener una cierta distancia, para poder hacer creíble, no solo el papel de los partidos, sino el del propio Estado.
Raúl Romeo Medina, y los diputados que parecen bailar al ritmo que el secretario legislativo les propone, son unos intervencionistas de tomo y lomo. Tendrán sus razones, por supuesto, pero bien harían en reconocer que lo que pretenden —en este como en otros asuntos— es clavar la afilada garra del Estado en cada recoveco de la vida ciudadana.
Por cierto, desde que tengo memoria, el Partido Justicialista de Salta ha decidido históricamente sus candidatos en congresos partidarios de pistola al cinto. Algo parecido hacían los radicales, que —según Perón— dirimían sus diferencias a sillazos en el Comité Nacional. De esto tiene que saber mucho el señor Uluncha Saravia, uno de los redactores del proyecto.
Las candidaturas siempre fueron un parto, una elaboración dolorosa y traumática. Medina quiere sacar a las internas de su ámbito natural para que los problemas de unos cuantos se conviertan en problemas de todos. Si lo consigue, en vez de formular una oferta única y coherente a los ciudadanos, los partidos se convertirán en mosaicos indescifrables, en modernas torres de Babel, carentes de unidad y de consistencia ideológica.
Y esto, si se me permite, no es más democracia sino menos.





