Parece que, en algún momento, que me resulta muy difícil de precisar, algunas personas han puesto por delante de la «calidad» a la «novedad». Según esta particular visión, no importa tanto obtener buenos resultados de aprendizaje como «tunear» el sistema educativo y las técnicas de enseñanza hasta volverlos irreconocibles.
Los «innovadores» vallistos piensan, además, que van a recoger el fruto de su siembra casi de inmediato. Muchos de ellos —afortunadamente, no todos— son falsos profetas que predican que en materia de educación de la infancia y la adolescencia nada es imposible. Y, mientras intentan convencer a los incautos de esta apertura ilimitada, se convierten en multimillonarios.
Creo que no somos conscientes del todo de que la mejora de la calidad de la educación requiere mucho esfuerzo y, fundamentalmente, tiempo. En este sentido, pienso que tendemos a pasar por alto (lo hacen los medios de comunicación) cuánto fracaso ha habido y seguirá habiendo en la creación de esas soluciones innovadoras.
Hay en Salta quien cree que llevando tablets a las aulas, enseñando robótica o dando cursitos de Inteligencia Artificial va a revolucionar la educación. Y no solo eso: piensan que pueden alumbrar a un nuevo ciudadano.
Me permito alertar de los peligros que entraña esta simplificación. Creo que primero debemos explotar al máximo el sistema que tenemos (presencial, analógico, cercano, curricular...) y solo después examinar, desde una perspectiva científica, si entre nosotros existen realmente esos factores que favorecen la innovación educativa, como la formación permanente de los docentes, el liderazgo de los directivos y, fundamentalmente, la motivación y predisposición de los esstudiantes para llegar a acuerdos favorables a la introducción en los métodos de enseñanza aprendizaje de soluciones tecnológicas.
Pero no olvidemos que estamos en Salta, una de las sociedades más desiguales y fragmentadas del mundo. La falta de acceso equitativo a la tecnología y a los recursos educativos puede frenar los esfuerzos de innovación. En un mundo cada vez más digital, aquellos que no tienen acceso a dispositivos o una conexión a Internet de calidad quedan excluidos de las oportunidades de aprendizaje innovadoras.
Si algo he aprendido por mi experiencia como docente a lo largo de los años eso es que la tecnología avanza a un ritmo mucho más intenso que el que pudiera marcar los tiempos de la educación. Tecnologizar el aprendizaje esclaviza y atrasa, porque convierte al docente y a las escuelas en centros de obsolescencia, y realmente esta no es la idea.
Por eso es que desconfío abiertamente de las soluciones superficiales que algunos funcionarios están proponiendo en Salta, pues la mayoría de ellas —si no todas— están basadas en modas pasajeras que no mejoran realmente la calidad educativa.
Creo que, para que la innovación tenga un mínimo éxito, se debe practicar en un un ciclo continuo de evaluación y adaptación. En muchas ocasiones, sin embargo, las instituciones educativas llevan a cabo cambios, pero no se toman el tiempo necesario para evaluar su eficacia o practicar los ajustes necesarios. Esto conduce al fracaso y al desencanto, sin contar con el daño que produce al estudiante.
No se trata de rechazar las nuevas ideas por el hecho de ser nuevas. Si alguien hay partidario de la difusión de ideas nuevas, ese alguien soy yo. Pero siento que es mi deber salir al paso de esos enfoques «modernizadores» que aspiran a difundir la cultura de la «economía del conocimiento» en una sociedad que apenas puede proporcionar a sus individuos lo mínimo necesario para vivir con dignidad. Seamos coherentes: mejoremos primero la vida de nuestros conciudadanos con decisiones firmes y sensatas, y solo después pensemos en la potencialidad de la información y el conocimiento para generar valor y ofrecer a la sociedad productos y servicios que mejoran su calidad de vida.
El sistema educativo —lo he dicho muchas veces— debe formar personas y ciudadanos, antes que productores, líderes o altos expertos. Mientras más nos esforcemos en la «excelencia», más desigualdad vamos a inyectar en una sociedad enferma de inequidad y de injusticia.
Reforcemos nuestra educación de base, con las mismas herramientas que empleamos desde hace más de un siglo, para llevar su calidad al máximo. Estoy seguro de que algo como esto es posible. Y, sin renunciar a lo nuevo, intentemos reducir los experimentos y centrarnos en el estudio de los factores que ahora mismo impiden que la innovación se traduzca en una verdadera mejora de la calidad.
Expulsemos del espacio público a los falsos profetas que tratan de vendernos (a buen precio, además) la idea de que con nuestros niños y adolescentes se puede hacer prácticamente lo que uno quiera.
