Se podría decir, simplificando mucho el asunto, que los «preparacionistas» son esos señores que van por la vida proclamando con sus acciones las bondades de aquel viejo dicho de «hombre precavido vale por dos».
Y puestos a simplificar aún más, podría decir que en la vida nos encontramos con dos clases de personas, y solamente con dos: los precavidos y los irresponsables.
Las críticas a Sáenz
Con esta distinción tan básica en la cabeza es que me he sumergido en la lectura de las críticas que, bajo una muy precaria máscara de objetividad, desde algunos medios de muy baja calidad editorial, se dirigen estos días al Gobernador de Salta, don Gustavo Sáenz.Creo no equivocarme si digo que en el escenario electoral en el que estamos inmersos en Salta vamos a encontrar a dos bandos, más o menos definidos: 1) los «survivalistas», liderados por Sáenz, y 2) los «suicidas», agrupados como gallinas de corral en varias formaciones políticas sin ton ni son, que son sus opositores.
Llamo con el nombre de «suicidas» a los segundos porque, para mí, son como esas abejas que se mueren inmediatamente después de picar. Lo han demostrado en las pasadas elecciones, en las que los himenópteros se juntaron en un bloque, aparentemente sin fisuras, que poco tiempo después de perder las elecciones, ha implosionado. Hoy, los añicos de aquella alianza contranatura se reparten entre «grupos antagónicos», como suele llamar la Policía a las patotas de los barrios.
En las críticas a Sáenz he descubierto (no es muy difícil darse cuenta) una singular paradoja: se intenta degradar al Gobernador resaltando como debilidades lo que en realidad son sus fortalezas.
Sáenz es el Gobernador que en los últimos treinta años ha enfrentado las dificultades -naturales y políticas- más serias que se recuerden en la historia.
Tanto Romero como Urtubey gobernaron sobre una balsa de aceite. En 24 años, los dos sultanes del swing (que todavía siguen dando pasos de baile sobre una pista cada vez más chica) se han enfrentado a problemas de gravedad bastante menor a los que han complicado y siguen complicando el gobierno de Sáenz.
No todos los problemas están resueltos, por supuesto; ni los más graves ni los menos. Pero Gustavo Sáenz demuestra todos los días que, aun con dudas y retrocesos, aun con algunos colaboradores de poco fiar, su empeño en sobrevivir es el que mantiene a flote la veleidosa nave del Estado.
Esto es justamente lo que sus antagonistas no hacen, ni saben hacer: sobrevivir.
Se le reprocha a Sáenz su excesivo pragmatismo y su propensión a adoptar posturas políticas diferentes (a veces, contradictorias) según el signo ideológico de quien gobierne en otros niveles. Pero esto, más que un defecto es una virtud encomiable. Negociar y pactar con quienes no se parecen en nada a nosotros es la expresión paradigmática del «survivalismo» político.
Salta no necesita un gobierno ideológico, como el que ha debilitado al país entre 2003 y 2023; precisamente porque la pervivencia y continuidad de nuestro sistema de convivencia depende de que seamos capaces de dejar de lado, en interés del conjunto, las disputas ideológicas que lastran la gobernabilidad.
Los «suicidas» levantan la bandera de la ideología frente al pragmatismo y la resiliencia de la política. Son partidarios de que se rompa pero que no se doble. No hay dudas de que, si ganan las elecciones, conducirán a Salta al abismo y prolongarán su atraso unos treinta años más.
En el mundo en el que vivimos es necesario alguna dosis de «preparacionismo» en la política. No se puede abrazar el futuro a tumba abierta. Los políticos tienen el deber de estimular a los salteños un reflejo elemental de supervivencia, porque sobrevivir es condición sine qua non para progresar.
La alternativa es rendirse a la ideología y renunciar a la política. Es decir, picar y después morir.

