No deja de llamarme la atención que muchas de estas lecciones provengan de Salta, que no tiene más relación con Rusia que la nacionalidad de Nikolai Gogol, autor de la novela Taras Bulba, que era ruso, pero que curiosamente había nacido en Ucrania y que, probablemente, descendía de cosacos ucranianos. Este único vínculo no es desmentido sino confirmado por la ambigua fama y fantástica existencia de doña María Grynsztein, la Rusa María, quien, como todo el mundo sabe, no era rusa sino que había nacido en Polonia.
Me gustaría hacer un llamamiento a la prudencia, y pedir, al mismo tiempo, que no se entienda esta convocatoria mía como que soy partidario de la neutralidad, pues en este asunto no tengo dudas de que se debe castigar al país agresor, cualesquiera sean sus títulos históricos, sus sentimientos ancestrales, sus intereses económicos o sus urgencias geopolíticas. Si algunas de estas cosas llegaran a existir efectivamente, deberían ponerse sobre una mesa diplomática y no utilizarse como fundamento moral de una guerra de agresión, que además de ser cruenta y desigual, es muy peligrosa por las posibilidades -ya no tan remotas- de una conflagración de escala mundial.
Prudencia pido para evaluar y aun para criticar el papel que juega Europa en este conflicto. Les pido muy amablemente que se moderen y que tengan mucho cuidado al hablar del gas, del petróleo, del euro o del Spartak de Moscú, porque he vivido la mitad de mi vida en este continente, aquí han nacido mis hijos, y soy yo el que paga el gas más caro, el que no puede llenar el tanque, el que cuenta hasta el último céntimo. Son ustedes los que tienen el agua subsidiada por Uluncha Saravia; yo no, pues la pago religiosamente cada dos meses a precio de scotch. Así que, por favor, lecciones las justas.
La guerra, como he dicho muchísimas veces es una desgracia para la humanidad. Un fracaso de la racionalidad del ser humano y la demostración de la gran fragilidad del entramado de normas que teóricamente han sido formuladas para asegurarnos la paz.
Pero déjenme que les diga que así como en 1989 vine a este continente para estudiar cómo Europa construyó su Estado del Bienestar como fórmula para el mantenimiento de la paz y la reconstrucción de las economías nacionales tras la gran guerra, y durante décadas he presenciado los highs and lows del sueño europeo, hoy me siento tímidamente satisfecho por ver a este continente unido como nunca antes en la historia, sin fisuras, detrás de una idea común: la defensa de la libertad y de la democracia.
Por eso es que les digo a esos chamberlains salteños (partidarios de regalarle Checoslovaquia a Hitler) que las guerras de agresión son intolerables, en cualquier lugar en donde estallen, cualesquiera que sean sus protagonistas, aunque estén fundadas en los principios morales más exquisitos e irreprochables, aunque desde lejos parezcan un saludable y hasta necesario baño de humildad para la arrogancia de los Estados Unidos, la OTAN o la Unión Europea.
Les pido que por un rato abandonen el complejo de inferioridad y escapen de la maldición periférica; que se fijen en los contundentes números de la votación de ayer en la Asamblea General de la ONU y la reciente declaración del Parlamento Europeo sobre la admisión de Ucrania en el seno de la UE. No son palabras que lleva el viento. Son actos muy consistentes del Derecho Internacional.
Todos los demócratas sabemos que el mayor número no asegura la posesión de la razón, pero, en este caso por lo menos, aquellas demostraciones colectivas de firmeza deberían servir como un llamado de atención para los más imprudentes.
No es momento de teorizar ni de ejercer de maestrillos de historia o de sachaexpertos en geopolítica. Es momento de apretar los dientes y rogar a Nuestro Señor Jesucristo con todas nuestras fuerzas.
La paz será posible, pero lo será un poco menos si permitimos alegremente que algunos, desde el rincón más remoto del planeta, se dediquen a alimentar irresponsablemente la espiral de la xenofobia y la serpiente de la desinformación.
Por eso es que, una vez más, pido prudencia a los salteños y respeto por el dolor ajeno.





