Una de las cosas que me sorprende de las elecciones en Salta es que quienes las ganan —aun antes de demostrar que podrán hacerlo bien en los cargos que han obtenido en las urnas— se adelantan a hablar de las elecciones que vienen y proyectan triunfos futuros y lejanos que convierten a los ganadores actuales en protagonistas estelares del porvenir.
Mucha gente cree esta misma mañana de octubre de 2025 que, a finales de 2027, seremos gobernados por un alto punto (o alta punta) de La Libertad Avanza; llámese Olmedo, Orozco, Zapata, o se llame como se llame.
Pero fijémonos en un detalle que a muchos se les ha pasado por alto:
Las legislativas nacionales de 2025 han supuesto el pase a retiro (para no hablar de «entierro», que es una palabra muy desagradable) de un estilo de liderazgo cuyo temprano precursor fue Roberto Romero, y que continuaron, con bastante menos brillo y seis veces más de tiempo su hijo, Juan Carlos y quien —hasta que le dio la puñalada por la espalda— fue su ahijado y protégé, Juan Manuel Urtubey.
Creo que es un error darlos por muertos ahora, porque esta buena gente es como aquellas serpientes que siguen reptando aún después de que les hayan cortado la cabeza. Tanto el que se retiró con elegancia, como el que fue humillado en las urnas, pueden todavía dar algún coletazo y hacer retroceder aún más a nuestra precaria democracia.
Lo bueno es que ninguno de los dos ha pasado a retiro porque ha querido. Esto hay que tenerlo muy presente. La sociedad (esa misma a la que creemos perennemente anestesiada y desatenta) se ha deshecho de ellos con ganas. A uno lo ha vencido por cansancio, al otro lo ha sepultado debajo de una tonelada de votos. Y los salteños lo han hecho así porque, en veinticuatro años de hegemonía, ninguno de los dos ha podido mover a Salta de su lugar marginal, tanto en el territorio como en la historia.
Como he dicho algunas veces ya, durante casi cinco lustros, «Salta» (entre comillas) ha progresado, pero no lo ha hecho en igual medida Salta (sin comillas).
Debo explicarme.
Los «juanes» han reducido calculadamente la realidad que designa el sustantivo Salta, de modo que el «progreso», que uno ha sembrado y el otro ha recogido con esplendidez, es solo aquel que se puede medir por la cuenta de resultados de sus empresas, por el número de cabezas de ganado estabulado, por las hectáreas de vid en los valles y por el millaje de sus aviones. Eso es «Salta» para ellos. Los demás salteños, los que patean la calle, los que sufren a diario el azote de la pobreza, no existen.
Lo que quiero decir es que Alfredo Horacio Olmedo —que en 2027 tendrá 62 años— está cortado por la misma tijera de millonario indolente y presumido que los dos «juanes». Desde hace décadas persigue la misma ambición, y tanto él como sus seguidores tienen la misma idea de esa «Salta» reducida, o mejor aun, identificada y confundida con la prosperidad familiar. Puede que la libertad avance, pero la soberbia no retrocede.
Hay otros dos datos más que me parecen muy interesantes y que quizá sean decisivos en un futuro no muy lejano. El primero de ellos es que, desde que a la señora Kirchner se le ocurrió intervenir el Partido Justicialista de Salta, ha emergido con fuerza un tercer sector político, que es el que orienta el gobernador Gustavo Sáenz, quien por origen familiar, cualidades personales y —espero yo— también por convicciones, no comulga con aquel liderazgo mayestático de los Romeros, los Urtubeyes y los Olmedos.
En las últimas elecciones, Sáenz no ha podido con La Libertad Avanza, pero por motivos que cualquiera puede comprender. Cuando en una elección provincial —a Gobernador, por ejemplo— esos mismos motivos carezcan de importancia, no se sabe muy bien cuál será la relación de fuerza entre los libertarios locales y el saencismo.
A mi modo de ver, desde hace algún tiempo Sáenz viene jugando su futuro a la obra pública, y esto me parece un error, muy parecido al que comete el inversor que no diversifica su cartera. Tiendo a pensar que la obra pública —aunque necesaria y en algunos territorios incluso imprescindible— no tiene un futuro luminoso en los próximos años y que el sello del «buen gobierno» de mañana se otorgará a quien consiga algunos objetivos muy sencillos de enunciar pero muy difíciles de alcanzar:
1) La expansión de las libertades y el mejoramiento de la eficacia de las instituciones;
2) La reducción de las injusticias más clamorosas en la distribución de la riqueza;
3) La inserción provechosa de Salta en los circuitos económicos mundiales.
Si todo esto viene acompañado de más puentes y de mejores carreteras, mucho mejor. Pero proyectar salidas al Pacífico y soñar con fantasiosos corredores bioceánicos, para que por él solo circulen los chanchos de Urtubey y las riquezas obscenas de gente de su mismo pelaje, es algo que —les aseguro— no hará a nadie ganar las elecciones. Ni en 2027, ni en 2043.
