Hoy, a cuarenta años de su partida, me gustaría recordar aquí dos momentos diferentes de aquel inolvidable año. Instantes que permanecen unidos por dos puntos en común: la geografía y la magia.
En cada uno de los terrenos aledaños a la casa, mi padre había mandado a plantar dos enormes mástiles, de unos 15 metros cada uno, pintados de rojo, que habían sido pensados para sostener unas fantasiosas antenas que nunca llegaron a funcionar del todo y que, junto a la antena principal (la que sí funcionaba), le daban a nuestra casa un extraño pero distintivo aspecto de estación espacial.
Aquella soleada tarde de septiembre, mientras el viento del Norte silbaba entre los enormes eucaliptus y una ceiba frondosa que embellecía la parte más expuesta de nuestra galería, el cielo azul penetrante, el aire diáfano de la primavera y una visibilidad inusualmente extendida nos invitaban a dirigir la vista hacia el horizonte. Pero mi padre, que de cerca y de lejos conocía las montañas de La Pedrera mejor que nadie, se detuvo a mirar la cima de uno de sus inútiles mástiles colorados, que, como viejo recuerdo de lo que alguna vez fue una antena, conservaba en la punta un par de roldanas oxidadas, ya inalcanzables.
Justo en ese momento, se posó serenamente sobre el extremo del mástil un cóndor enorme y señorial, que permaneció inmóvil durante varios minutos en la cima, mirando altivamente hacia el Oeste, como quien ajusta su GPS para volver por donde había venido. Fue un espectáculo único, majestuoso, inolvidable.
Al verlo, mi padre —que ya estaba enfermo— bajó instintivamente la cabeza y, sin tristeza ninguna, con una cariñosa sonrisa, nos dijo en voz baja a los que allí estábamos: «Hijos, esta es una señal de que también yo he de emprender el viaje».
Pocos segundos después, el gran pájaro andino, con su brillante plumaje negro, su cresta carnosa y su gran collar blanco, desplegó silenciosamente sus enormes alas, tomó un breve impulso, y emprendió sin vacilar el vuelo de regreso hacia las altas cumbres.
Tres meses exactos después, la noche en que murió mi padre, varios de sus hijos nos reunimos en el mismo lugar para llorar la pena de nuestro corazón herido por la ausencia definitiva. El cóndor no volvió a sobrevolar nuestras antenas, pero al mirar de forma casual en dirección al Noreste, hacia la cima del mismo mástil rojo en el que tres meses atrás el gran pájaro había hecho escala, vimos en aquel cielo tapizado de estrellas una señal extraña, indescriptible y misteriosa.
La vimos todos. Era una luz blanquecina que atravesaba graciosamente el firmamento de Oeste a Este, como un suspiro del cosmos, que con su efímero aliento dibujaba en el firmamento cerrillano un pequeño pero perfectamente trazable arco luminoso.
Hoy, a cuarenta años de aquellos sucesos insondables, ninguno de los que allí estuvimos tiene ni siquiera una explicación aproximada. Ni la tendrá, me temo.
De lo que estoy seguro es de que una vida excepcional, como la que vivió mi padre, con sus luchas y desvelos, con sus tristezas y sus alegrías, no podía apagarse sino de una forma excepcional, casi mágica. Pero con la excepcionalidad propia de los hombres que han vivido como tales una intensa vida humana; no como héroes o semidioses, sino como hombres insertos en su tiempo y en su espacio. Su valioso legado de inteligencia, honradez y civismo, de principios firmes y arraigados, pervive en su posteridad y acrece a diario en el recuerdo de quienes lo quisieron y lo admiraron.
Sea a lomos de una estrella viajera o sobre las alas de un cóndor majestuoso, símbolo de libertad y elevación espiritual, hace cuarenta años que mi padre llegó a donde probablemente ninguno de nosotros llegará, allí donde seguramente habrá descubierto, nada más llegar, las secretas leyes de una fuerza desconocida y hallado las explicaciones que nosotros, sus hijos, nunca hallaremos.




