Después de escuchar su enjundioso discurso, por curiosidad, me fijé en la ley provincial 8478, que regula el juicio por jurados, y comprobé que para que esta institución funcione, el Tribunal Electoral debe confeccionar todos los años, por sorteo, una lista de ciudadanos que cumplen con los requisitos exigidos por la ley para ser jurados. Las listas deben estar «discriminadas» por sexo y por departamento, a razón de tres o más jurados por cada mil electores masculinos y femeninos, con un mínimo de cien por cada departamento.
De acuerdo con la ley 8478, el reparto de suerte puede ser presenciado por «veedores». La condición jurídica e institucional de estos me ha parecido tan variada y desigual que tengo la impresión de que en la enumeración legal faltan algunos.
Por ejemplo se menciona al Colegio de Abogados y Procuradores de Salta, que es una persona de derecho público, y, a su lado, como si tuviera el mismo estatus, al Colegio de Magistrados y Funcionarios del Poder Judicial y del Ministerio Público de Salta, que es una mera asociación civil que no monopoliza -a mi juicio- la representación de la judicatura.
Y añade la norma que pueden sumarse como «veedoras» organizaciones no gubernamentales vinculadas a la materia. ¿A qué materia? Porque si no se expresa claramente la materia, las organizaciones informales de homicidas, por ejemplo, podrían perfectamente reclamar un lugar en el sorteo, ya que la «materia» no le es en absoluto ajena.
Pero a mí me parece que falta en la ley la posibilidad de que el sorteo sea presenciado por el Club Gimnasia y Tiro -no en vano organiza los bingos más importantes de Salta-; por los adjudicatarios de viviendas del IPV que se encuentran al corriente de pago de sus cuotas (especialistas en sorteos), y por el padre Loyola Pinto i Sancristóval, en su doble calidad de fedatario de la Archidiócesis y de ministro del exorcismo.
Con todos estos recaudos, más el screening process al que se refirió Vittar, dando a entender de que van a mirar a los candidatos a jurado hasta debajo de las uñas, creo que estamos ante un sistema democrático perfecto que tranquilamente se podría aplicar a otros usos.
Dice Vittar que a los futuros jurados se los va a poder recusar por sesgo ideológico, tanto si es explícito (verbalizado), como si es oculto. ¿Cómo harán los expertos judiciales para determinar si un jurado que aparenta ser un manso cordero es en realidad un misógino peligroso con claras tendencias a la justificación de los femicidios?
Yo creo que aquí justamente es donde se erige la imponente figura del padre Loyola Pinto, porque, más y mejor que las psicólogas del Poder Judicial, es él quien puede determinar qué candidato a jurado está poseído por Satanás.
Para combatir la corrupción, que viene de la mano de la profesionalización de la política, nuestros gobernantes (sobre todo los municipales) deberían ser elegidos por riguroso sorteo; por un sorteo que, en vez de la Lotería de Salta, debiera hacerse en la FIFA, en su sede de Zurich (en donde nunca se hizo trampas) y al que podrían asistir en calidad de «veedores» Infantino, Platini, Macron y Mbappé. Además del padrecito Pinto, claro, para que los franceses y los suizos no nos metan la mula.
En otras palabras, deberíamos «tercerizar» el sorteo, de la misma forma que tenemos prácticamente expropiado el derecho a votar por las diabólicas máquinas de voto electrónico que contrató Urtubey. Unas máquinas frente a las que los exorcistas diocesanos no pueden hacer prácticamente nada, según se comenta en círculos judiciales.
Sería muy interesante que los futuros intendentes y concejales (por ejemplo, los de Aguas Blancas) pudieran someterse, después de ser sorteados, a un examen ideológico/doctrinario/moral/higiénico ante un tribunal presidido por Vittar, y que sea este el que decida la suerte del pueblo entero mediante un Pollice verso, como hacían los emperadores romanos después de un combate entre gladiadores.
Siempre será mejor esto a que le metan al candidato un tubo por la nariz (o por cualquier otro orificio), como propone el diputado Romero.
Porque una cosa es lo que dicen las mucosas, y otra cosa bien distinta es lo que dice el alma.