En estas mismas páginas, en las que escribo a diario, muchas veces he valorado críticamente la forma de aquella comunicación. Hoy me gustaría referirme, muy por encima, y en general, al contenido.
Sucede, sin embargo, que a la mayor parte de las tonterías que se publican en Salta se las suele revestir con un lenguaje calculadamente rebuscado, que es la solución ideal que han encontrado algunos comunicadores (y, por supuesto, algunos funcionarios) para hacer pasar por cruciales y sumamente importantes determinados sucesos o determinadas políticas que son realmente muy vulgares e intrascendentes.
Y no hablo solo de la información judicial, que muchas veces es compleja por su propia naturaleza, y que se intenta simplificar creyendo que con eso se hace un favor al lector. Hablo también —y quizá especialmente— de algunas actuaciones del gobierno (empresas y organizaciones) a las que yo llamaría tonterías de elevada complejidad.
Y quizá lo peor no es esto, sino que entre oficinas y ministerios se ha entablado una especie de sorda competencia por ver quién publica la opería más solemne, disfrazada con palabras rimbombantes, con tecnicismos confusos pero que evocan un cierto aire de modernidad, de modo que cualquier persona desprevenida pueda atribuir al emisor del mensaje la posesión de una alta ciencia.
Cada vez que me enfrento a esta clase de información, no puedo evitar pensar en esa frase de Peter Medawar —biólogo, Premio Nobel de Medicina— que dice: «El que escribe de forma oscura, o no sabe de lo que habla, o intenta alguna canallada».
Pienso que muchos —al menos, más de uno— ha interpretado a su gusto aquel pasaje de Maquiavelo en el que advierte: «Es necesario que quien dispone una república y ordena sus leyes presuponga que todos los hombres son malos y que pondrán en práctica sus ideas perversas siempre que se les presente la ocasión de hacerlo libremente».
Los que toman decisiones en Salta (sean gobernantes, empresarios o dirigentes) no solo presuponen que todos los hombres (y mujeres) son malos (y malas), sino que también —y fundamentalmente— que son tontos (y tontas). Es decir, personas a las que fácilmente se les puede hacer pasar una tontería de alta complejidad por un gran suceso, absolutamente decisivo para nuestras vidas, crucial para el futuro de la humanidad.
Por supuesto que hay personas que compran el cuento y se alimentan a diario de este tipo de tonterías, que en el fondo sirven para ocultar o disimular un frondoso bosque de contradicciones, que es el que normalmente habita en el corazón de las organizaciones más o menos grandes.
El problema con el que nos enfrentamos a la hora de erradicar este tipo de comunicación de nuestra vida social es que la manipulación se traduce en votos; es decir, nadie querría renunciar a este vil recurso mientras las urnas demuestren que hay más personas ingenuas y manipulables que ciudadanos atentos y exigentes.
Pero este fenómeno del que hablo no debe reducirse a un cálculo. Admitir que alguien, a sabiendas de la trivialidad del asunto, lo disfraza con palabras complicadas para hacerlo pasar por uno importante, es abrir un injusto crédito de inteligencia al autor de la manipulación. En una enorme mayoría de casos, el disfraz no es sino un recurso desesperado, motivado por la impotencia del que no sabe de lo que habla, pero que intenta hacer creer que su ignorancia ocupa la cúspide del conocimiento. La mediocridad no conoce otro recurso.
La comunicación política, la que parte desde el corazón del poder y se dirige al ciudadano, es como un cono por cuyo extremo más ensanchado entran desordenadamente la complejidad y por el otro salen en fila las explicaciones, relativamente simples, que el ciudadano necesita para tomar las decisiones que le competen.
Hay un punto en el que es decididamente malo renunciar a la simplicidad del lenguaje, o, al contrario, abusar de la complejidad. Y si esto es así en asuntos verdaderamente complejos, imaginemos el daño que hace a la democracia y a la transparencia la difusión incontrolada y masiva de tonterías de alta complejidad.