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  • La corrupción del lenguaje
  • Napoleón Bonaparte decía que «la historia es un compendio de mentiras acordadas»; yo más bien diría que es «una crónica de verdades y mentiras parciales y subjetivas», porque en definitiva, como rematara Friedrich Nietzsche, «no existen los hechos, existen las interpretaciones».
José Alfonso de Guardia de Ponté
José Alfonso de Guardia de Ponté

Quizás sin ser tan extremos podemos rearmar la frase en «Un hecho y varias interpretaciones…» o mejor «El hecho y sus interpretaciones…» La pregunta es entonces: «¿existe la verdad?»; o quizás deberíamos preguntarnos si la verdad es un bien subjetivo?



Pero sin querer entrar a discurrir sobre esta situación con Sócrates, Descartes, Kant o el mismo Hegel, que se han complejizado con la cuestión, al margen de Sartre o Foucault, que no es precisamente objeto del trabajo, podemos decir que la «verdad» para el «Poder» y los medios de comunicación de hoy, verdaderos sofistas de la modernidad, tiene un valor, no precisamente ético, tampoco monetario aunque está sujeta a la oferta y la demanda, y se vende al mejor postor; más bien se maneja y manipula según los intereses que sean necesarios mover, ni siquiera depende de los hechos. Pero para esto se necesita una herramienta fundamental: «El eufemismo».

El lenguaje, en su esencia, es una herramienta de comunicación, pero en el ámbito del «poder», trasciende su función meramente comunicativa para convertirse en un arma de batalla estratégica. Dentro de este complejo entramado, el eufemismo emerge como una figura retórica de particular relevancia. No se trata simplemente de una suavización del lenguaje para evitar la crudeza, sino de una técnica discursiva que moldea la percepción pública y, en ocasiones, distorsiona la realidad.

El eufemismo, etimológicamente del griego eu (bien) y pheme (hablar), se define tradicionalmente como la sustitución de una palabra o expresión considerada dura, desagradable, vulgar o tabú por otra más suave o decorosa. Sin embargo, en el contexto político, esta definición adquiere una dimensión más profunda. En la política, esta suavidad no es siempre sinónimo de cortesía, sino que a menudo es una estrategia deliberada para ocultar o disfrazar realidades incómodas o impopulares.

Cumple dos funciones básicas: la atenuación de las connotaciones negativas de los términos tabú y la sustitución de dichos términos.

Hannah Arendt consideraba que la verdad factual es esencial para la política, pero inherentemente frágil frente al poder, ya que la política se basa en opiniones y acciones plurales. Distinguía entre la verdad racional (filosófica) y la verdad factual (histórica), señalando que los regímenes totalitarios buscan destruir los datos fiables para sustituir la realidad por mentiras organizadas.

George Orwell sostenía que el lenguaje político está intrínsecamente ligado a la manipulación, buscando limitar el pensamiento crítico al reducir el vocabulario y las distinciones conceptuales. Concebía la verdad como un pilar fundamental amenazado por el totalitarismo, célebre por afirmar que «en tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario». Para él, la verdad es objetiva y, aunque sea negada o manipulada por el poder, sigue existiendo, advirtiendo que la pérdida de la verdad objetiva es la pérdida de la libertad. Él describió cómo el poder exige que el individuo ignore sus propios sentidos y memoria, aceptando la verdad oficial.

Actualmente en Argentina la política ya no es doctrina ni filosofía de gobierno sino una serie de preceptos que buscan seducir más que entender la realidad, mostrar imágenes más que transmitir conceptos, se trabaja en un relato que suplanta lo que se ve y se siente. En este caso el eufemismo libertario opera a través de diversos mecanismos cognitivos que influyen en la representación mental de la realidad. Nuria Barranco Flores, en su estudio sobre el eufemismo léxico en el discurso político, identifica tres fenómenos clave:

1- Encuadre léxico (Lexical Framing): Consiste en la selección de palabras que evocan marcos mentales específicos y favorables a los intereses del emisor. Por ejemplo, utilizar «flexibilización laboral» en lugar de «despido libre» o «modernización laboral» en lugar de «recortes de derechos laborales».

2- Obstrucción del acceso al referente: El eufemismo crea una representación borrosa, confusa o más benigna de la realidad. Al evitar el término directo, se dificulta la conexión clara entre la palabra y el concepto subyacente, lo que puede llevar a una comprensión superficial o distorsionada de los hechos. Ejemplo: «Ajustes presupuestarios necesarios» en vez de «Recortes en servicios públicos (salud, educación, asistencia social)» ocultando su impacto social.

3- Estigmatización de conceptos: En algunos casos, el eufemismo busca desplazar la carga negativa de un concepto hacia otro, o bien, despojar a un término de su connotación original para imponer una nueva. Esto permite redefinir situaciones o políticas de manera que resulten más aceptables para la opinión pública. Por ejemplo: «Movilidad exterior» que quiere decir «Emigración forzada por falta de empleo» o sea disfraza la falta de oportunidades laborales como una elección personal de aventura y/o experiencia.

Estos ejemplos demuestran cómo el eufemismo se utiliza para construir una narrativa que favorece a los emisores, atenuando la crítica y legitimando decisiones que, de otro modo, serían inaceptables para la ciudadanía.

El uso extendido del eufemismo en la política tiene consecuencias significativas para la salud de la democracia y la relación entre gobernantes y gobernados. Al disfrazar la realidad, el eufemismo contribuye a la erosión de la verdad y a la creación de una «realidad paralela» donde los problemas se minimizan y las responsabilidades se diluyen. Esto genera una brecha de confianza entre los ciudadanos y sus representantes, ya que el lenguaje se percibe como una herramienta de engaño en lugar de un medio para la comunicación honesta. Además, la constante exposición a un lenguaje eufemístico lleva a una degradación del discurso público.

Los ciudadanos, en el caso de Argentina y muchos países latinoamericanos, se volvieron insensibles a la gravedad de ciertas situaciones, o bien, desarrollan un notable cinismo hacia cualquier tipo de comunicación política.

La capacidad de discernir la verdad se ve comprometida, lo que dificulta la participación informada en los procesos democráticos y la rendición de cuentas de los líderes políticos.

Las verdades, cualquiera sean, se esconden entre montañas de eufemismos, obviedades y míseras cuestiones sin sentido. Están barnizadas de silencios, se retraen calladas detrás de las causas que originaron las falsedades más crueles.

Es menester entender que nunca nos enseñaron a distinguir la letra pequeña que se esconde entre los renglones de la historia.

Tratando de hacer un análisis de por qué gente con baja o dudosa moralidad pueda acceder al poder, o peor aún, personas que no podrían pasar un análisis psiquiátrico para entrar en una fábrica de escobas lleguen a ser presidente, llego a la conclusión que los votantes que dan lugar a estas falacias han sido quebrados en su capacidad mental.


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