Muchos factores, además de la tradición y la ubicación geográfica, contribuyeron a esta larga y sostenida supremacía.
1) El llamado «carnaval de ablande», que generalmente coincidía con el corso de flores;
2) El «carnaval grande», que coincidía con los días oficiales del calendario;
3) El «carnaval chico», más breve y menos explosivo que el anterior, que se celebraba el fin de semana siguiente; y
4) El «carnaval de micareme», que, como su nombre indica, era la fiesta nostálgica de la carne en mitad de la Cuaresma, que tenía lugar siete días después del «carnaval chico», casi en coincidencia con el comienzo de las clases en las escuelas.
Era este un carnaval de tono menor que protagonizaban aquellos que, engañados por los ambiguos versos de la zamba, albergaban todavía la ilusión de encontrar en el baile a una provocativa cerrillana, con la pollera yuta y las trenzas largas, para luego abandonar con ella el baile en ancas de un zaino con la intención de ir a «dar» al rancho del afortunado y salaz gaucho.
Pero junto a la división cronológica había también una clara distinción sociológica.
El corso de flores era la fiesta civilizada de las familias notables del pueblo. Sus integrantes e integrantas armaban artesanalmente coloridas carrozas, ayudados por los agricultores de la zona, que les facilitaban los tractores y los acoplados, y las hacían desfilar con sus bellas reinas y con sus luces multicolores alrededor de la plaza Serapio Gallegos, mientras arrojaban flores a los asistentes.
Sin llegar a ser un carnaval de etiqueta (pues no siempre gozó de la bendición del párroco), y sin que en ningún momento se convirtiera en una manifestación elitista o excluyente, el corso de flores cerrillano era una refinada expresión de lo que se podía llamar «alegría de clase»; amena, civilizada y educada, apta para niños y con horarios razonables. Era la versión vallista de otros desfiles de flores muy conocidos en el mundo, como el Chelsea Flower Show, en el Oeste de Londres; el Bloemencorso, en Bélgica y los Países Bajos; o el Pasadena Rose Parade, en California, sitios en los que casi nunca se producen excesos que no sean estrictamente florales.
La segunda dimensión —no menos colorida y alegre que la anterior— era la del carnaval campesino, en el que los protagonistas excluyentes eran humildes trabajadores rurales, tanto del Valle de Lerma como del Valle Calchaquí, que llegaban a Cerrillos desde remotos pueblos de montaña y encontraban un refugio tranquilo y acogedor en las fondas que se montaban a ambos lados de la ruta 9, en Villa Los Tarcos. Allí, además de comida y bebida (generalmente copiosa), los carnavaleros vallistos, muchos de ellos vestidos de gaucho y de paisanas, batiendo el parche de la caja y sujetándola con la misma mano, con la albahaca detrás de la oreja, un vaso de chicha mascada en la otra mano e iluminados con velas (o, si tenían suerte, por una nerviosa Petromac a kerosén), encontraban un ambiente propicio para desplegar su arte ancestral en interminables contrapuntos de coplas que podían durar varios días.
No había entonces en Cerrillos «facilidades de hospedaje», ni «pernoctaciones», ni «ocupación hotelera», por lo que copleros y copleras, cansados de cantar sus penas y vencidos por el sueño, solían dormir al raso en las cunetas, con el firmamento estrellado como único abrigo y las ranas de los charcos como única compañía, arrullados por el atronador sonido de la música tropical que se escapaba a borbotones de las carpas bailables mal insonorizadas, hasta que, por fin, llegaba el día en que debían volver a sus cerros.
La tercera dimensión era, finalmente, la del carnaval de la barbarie, que tenía por escenario principal las enormes carpas bailables que poderosos empresarios montaban con la intención de obtener el máximo lucro posible, a pesar del sufrimiento acústico y sanitario del vecindario, incluido el de las pobres fondas que se montaban a su alrededor. Porque, a diferencia de las otras dos dimensiones —que tenían una delimitación geográfica precisa— el carnaval de la barbarie se trasladaba de las carpas a la calle con asombrosa facilidad.
En las carpas del carnaval cerrillano no solo se atropellaba la ortografía (como se puede ver en la foto), sino también cualquier buena costumbre de la que se tuviera noticia. Los protagonistas de los atropellos no solo eran gente de clase baja, residente en la periferia de la ciudad, sino también, en buena medida, aristócratas y «niños bien» de las mejores zonas residenciales, que frecuentaban los bailes populares buscando emociones fuertes. Los bailes eran escenario y excusa para el despliegue de las conductas más inciviles y transgresoras, favorecidas por la música vulgar (había muy poca música nativa), las insinuaciones lascivas de los animadores y la amplia tolerancia policial a los excesos, entre los que figuraban —a la cabeza— las relaciones sexuales furtivas en los yuyarales aledaños.
Los agentes uniformados solo actuaban cuando el candidato al calabozo era fornido, pues el comisario sabía que en algún momento debía poner a sus presos a disposición de los empresarios de las carpas bailables, que los reclamaban para cortar los yuyos, descargar cajones de cerveza o servir mesas; gratis, por supuesto, a cambio solo de su «libertad». ¡Y todavía algunos hablan hoy en día de «paritarias»!
En algún momento de su evolución cultural carnavalera, Cerrillos llegó a importar —especial, aunque no exclusivamente de la ciudad de Salta— el juego bárbaro, que caracterizaba a los corsos capitalinos y los distinguía claramente de los cerrillanos, mucho más civilizados. Si en algún momento en Cerrillos se jugaba con talco, pintura al agua, harina, papel picado y aguas floridas, no tardó mucho para que las cabelleras de las mujeres empezaran a ser embadurnadas de alquitrán, cubiertas de bolitas de telgopor pegoteadas con Albalux, y sus cuerpos rociados con fluidos y excreciones humanas del más variado tenor bacteriano, en medio de una algarabía generalizada que tenía —ya entonces, como lo podría tener ahora— mucho de machista y de alcohólico.
Con el tiempo, las diferencias entre los carnavales de Cerrillos se han ido haciendo cada vez más difusas e imperceptibles. La barbarie le ha ido ganando terreno progresivamente a la civilización y las costumbres se han ido degradando al compás del crecimiento urbano de un pueblo que tenía 4.000 habitantes en los años 60 y que ahora, ya convertido en ciudad periférica, supera los 50.000.
La vieja «comisión de corsos», que antes reunía a un puñado de entusiastas representantes de lo que se llamaba entonces «las fuerzas vivas», hoy tiene más asientos (y más conflictos) que la Asamblea General de las Naciones Unidas. La cultura sigue ocupando un lugar marginal, a pesar de los esfuerzos por revalorizar el pasado. Parece que mientras más primitivos, vulgares y violentos sean nuestros bailes de carnaval, mejor para el pueblo.
Ojalá que el carnaval de Cerrillos pueda en algún momento recuperar su brillo de antaño, aunque sea a costa de seguir cometiendo imperdonables faltas de ortografía, que, al fin y al cabo, es lo menos bárbaro que podemos esperar en circunstancias como estas.




