De todos son conocidas las dificultades que aquel movimiento enfrentó a causa de la cerrada negativa de los militares y de sectores políticos afines a permitir el retorno de Perón. Muchos se han olvidado, pero los peronistas de aquel entonces sufrieron persecución, exilio, encarcelamiento y hasta fusilamientos. Valga recordar, como ejemplo, los sucesos del 9 de junio de 1956 en el tristemente famoso basural de José León Suárez.
Hubo partidos de este tipo en la mayoría de las provincias argentinas. Incluso en Salta, donde el líder provincianista de entonces —que llegó a ser Gobernador de la Provincia en dos oportunidades— se hizo de algún modo famoso por la frase que pronunció durante una entrevista a un diario de Córdoba: «Yo no soy peronista ni lo quiero ser».
Han pasado 60 años desde aquello y otro Gobernador de Salta (que también lo ha sido dos veces) proclama, junto a otros líderes territoriales, una identidad provinciana filoperonista; para enfrentar al peronismo orgánico, no para complementarlo.
Pero ¿son iguales las circunstancias?
Para empezar, es muy diferente darle la espalda al peronismo con Perón vivo y su liderazgo intacto, que dársela cuando el peronismo —ya sin Perón— se ha convertido en una caricatura de sí mismo.
En segundo lugar, las necesidades de cohesión del peronismo no son las mismas en 1965 que en 2025. Hace seis décadas era necesario mantener la unidad y la consistencia porque el adversario se empeñaba en erosionarlas. Hoy, en cambio, es el propio peronismo el que tiende a la dispersión, porque en la «variedad» ha encontrado —paradójicamente— una excusa para sobrevivir.
En tercer lugar, porque la evolución económica y social ha hecho emerger en las provincias intereses y corrientes de opinión que hace 60 años no existían, o cuya existencia no hubiera estado justificada en absoluto.
Dicho en otros términos: Si en 1965 el «provincianismo» (estéril y disgregador) era contemplado como un arrebato de pequeños caciques aldeanos para jugar a ser Perón en sus propios territorios, sin someterse a una indispensable disciplina nacional, en 2025 la apuesta por la unidad de la República pasa por el meridiano de los cada vez más diversos y diversificados «intereses provinciales».
Hace 60 años, inscribirse en las filas del «provincianismo» equivalía firmar un manifiesto en contra de la solidaridad interterritorial. Hoy, sin embargo, la articulación de los intereses provinciales es —probablemente— la única que asegura la solidaridad interterritorial que es la que, en definitiva, cohesiona a la República.
En 1965 —paradójicamente— el «provincianismo» apuntalaba el centralismo. Hoy probablemente haga todo lo contrario y es por esta razón que debe valorarse a la alianza de gobernadores «niki-nimi» (ni kirchneristas, ni mileístas) como una oportunidad para relanzar un diálogo inteligente e igualitario entre el centro y la periferia.