Hasta hace solo unos días, cuando el candidato a senador nacional por el kirchnerismo, Juan Manuel Urtubey, repetía con vivaz convicción su eslogan de campaña favorito («hay que acabar con Milei»), una mayoría se preguntaba cómo iba a hacer el exgobernador de Salta para alcanzar ese objetivo de formulación tan difusa y, a la vez, tan peligroso.
En un sistema presidencialista como el nuestro, en el que los mandatos tienen una duración fija y tasada de antemano, la aspiración de que el Presidente de la Nación abandone el cargo es ilegítima; es decir, no es compatible con lo que dispone la Constitución nacional.
Por tanto, Urtubey —y otros de su mismo pelaje— trabajan intensamente, en la luz, pero especialmente en las sombras, para que el caos se apodere del país, que es la única forma conocida para derrocar a un presidente argentino desde 1930 en adelante.
Esta estrategia cuenta con el involuntario apoyo del mismo Presidente de la Nación, que no ahorra ocasión para denostar a sus adversarios y cargar contra ellos, utilizando los peores argumentos y las descalificaciones más soeces. Pero la reacción de los otros, su estrategia para reconquistar el poder perdido, no ha variado desde que el peronismo existe: «Hundamos primero el país, que después nosotros lo salvaremos».
Tras los resultados electorales en la Provincia de Buenos Aires, Urtubey no ha demostrado ni contención ni recato, sino euforia y deseos vehementes de que el país arda y que sus principales variables económicas se desmadren, porque, desde siempre, las corridas bancarias y cambiarias han sido las precursoras del desastre. El peronismo es experto en producirlas.
Con una CGT venida a menos y con su capacidad de movilización bajo mínimos, una huelga general o una «pueblada» parecen herramientas no inmediatamente disponibles.
No importa quién sufra con el descalabro. Lo importante aquí es «acabar con Milei», a como dé lugar: sea arrojándole una piedra al parietal en Lomas de Zamora, provocando un súbito aumento en la cotización del dólar o —peor aún— con muertos en los puentes que conectan con los suburbios.
Es una pena que quien dice que «se preparó toda su vida para esto» no disponga de argumentos más constructivos para alcanzar sus objetivos, y que quien se atribuye el título de «constitucionalista» se plantee como objetivo político acabar con alguien que ha sido elegido regularmente por el pueblo argentino.
