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  • Sociedad débil, gobierno fuerte
  • La tarea de un gobierno cualquiera es cada vez más compleja y variada. Aun los más acérrimos partidarios del «Estado mínimo» aceptan que son los desafíos sociales (cada vez más numerosos) y la realidad (cada vez más intrincada) los que marcan la agenda de los gobiernos y determinan el contenido de sus actividades.
Imagen ilustrativa
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Pero cualquiera sea la medida de la intervención del Estado en la vida social, hay un cometido esencial e irrenunciable para cualquier gobierno: la comunicación.



Si la comunicación de las actuaciones del gobierno no es buena (si no es oportuna, si no es veraz y si no es precisa) los mejores esfuerzos de los gobernantes, sus aciertos más notables, se diluyen sin remedio; y —lo que es peor— los ciudadanos reciben una imagen distorsionada de los procesos públicos que les impide percibir lo que está pasando y, por tanto, dificulta especialmente el ejercicio de los derechos políticos reconocidos en una democracia.

Desde hace tiempo, el aparato de comunicación del gobierno de Salta no refleja adecuadamente la realidad de los asuntos públicos. No acierta a compartir con los ciudadanos las actuaciones más relevantes de los responsables políticos, básicamente porque es incapaz de explicar a los ciudadanos, ni por aproximación, los problemas que el gobierno enfrenta y porque la comunicación cotidiana está construida sobre una débil narrativa autolaudatoria que apunta a convertir a los gobernantes en héroes sobrehumanos.

Desde hace bastante tiempo, a quienes se encargan de la comunicación oficial del gobierno de Salta, a través de su página web, se les ha dado por utilizar el verbo fortalecer (en sus diferentes tiempos), al menos en uno de cada tres titulares de noticias que se publican.

Aparte de ser chocante y repetitivo, este uso es completamente inadecuado para alcanzar el objetivo de una comunicación veraz y transparente.

Cada vez que leo que el gobierno fortalece tal o cual cosa (a veces diez cosas el mismo día) no pienso tanto en la incapacidad de los comunicadores (que sería lo más fácil) sino que pienso en la falta de inteligencia de los gobernantes. Es para mí inevitable.

No solamente porque no todo se puede fortalecer (y menos con tanta frecuencia) sino porque la característica esencial y definitoria de nuestras instituciones es la debilidad, que parece que nos negamos a aceptar.

Y no parece malo que lo sea, porque la fortaleza del gobierno y de los aparatos que controla es más propia de los regímenes autoritarios que de las democracias.

No necesitamos fortalecer la atención sanitaria en el hospital público, la enseñanza secundaria, la pavimentación en el acceso a Urundel, los vínculos con los municipios, los servicios periféricos de la minería o la vigilancia policial en villa Chartas (solo por poner algunos ejemplos), tanto como mejorar su eficacia, procurando que los ciudadanos puedan acceder en condiciones de igualdad a los beneficios que procuran tales mejoras.

Entender la responsabilidad de gobernar como un desafío de fortalecimiento permanente no solo es un error estratégico sino que es un objetivo que choca frontalmente con la realidad, pues, cada día que pasa, cualquiera puede darse cuenta de que nuestras instituciones no solo son más débiles sino que también son menos eficientes. Y es de esto último de lo que deberíamos preocuparnos.

El gobierno debería también sincerarse y admitir que hace esfuerzos por «mejorar algunas cosas» y no transmitir esa idea absurda de que está obsesionado con colocar hormigón armado en casi todo lo que toca. Si esto fuese realmente así, ocurrirían dos cosas: o viviríamos en la sociedad más fuerte del mundo o viviríamos en la sociedad más rígida del mundo. Ninguna de estas dos cosas sucede.

Muchos procesos sociales en la actualidad son muy delicados y no hay gobierno en el mundo que se haya fijado como objetivo el fortalecimiento, pues muchos de los problemas que afrontamos necesitan más de la eficiencia —y a veces de la astucia— que de la fuerza. Y aquí es donde, a mi juicio, se puede advertir la poca inteligencia de algunos de los que gobiernan (y de muchos de los que comunican).

Si la tarea de gobernar muchas veces requiere «más maña que fuerza», la comunicación gubernamental debería buscar un perfil de comunicadores más parecido a Isidoro Cañones que al Indio Patoruzú; más a Danny DeVito que a Arnold Schwarzenegger; más a Lou Costello que a Bud Abbot; más a Robin que a Batman; más a Frodo que a Sam.



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