Pero, para ser sinceros, muchos de los que hoy tienen más de cuarenta años echan de menos al «problemático y febril» siglo que dejamos atrás hace 24 años.
El siglo XXI se presenta, hasta aquí, mucho más complejo e indescifrable que el anterior. Muchos pensamos hoy en el desencanto antropológico discepoliano como en un juego de niños, una gran pataleta frente a un pequeño trauma de la infancia de nuestra civilización.
Durante el siglo XX, aquellas dos formas de ver la realidad, de entender al ser humano y de practicar la política, se enfrentaron en casi todos los rincones del planeta. Los frentes se multiplicaron por doquier: revoluciones, guerras, golpes de estado, imperios, genocidios, destrucción masiva... Hubo prácticamente de todo, como para no aburrirse en ningún momento.
Cada uno de los bandos en liza, a su turno, se esmeró por llevar sus ideas a los extremos, y a la acción de uno seguía la reacción del otro, generalmente de una forma brutal. Todo, hasta que, promediando el siglo, el miedo recíproco y el temor a una destrucción total (ambos razonables) empujaron a los contendientes a buscar una forma un poco menos peligrosa de confrontar, un poco menos suicida. Una vez hallada, muchos llamaron a esa forma transaccional con el extraño nombre de Estado del Bienestar.
Pero como la cabra al monte tira, al cabo de unas cuantas décadas (pocas, en realidad) el ala izquierda del pacto social liberal (como lo llamó Ralf Dahrendorf), creyendo que con sus artes igualitarias, con su estatismo sin límites y su keynesianismo moderador de las aristas más duras del marxismo, había hecho desaparecer a su antagonista, se dedicó (sin siquiera tener necesidad de proclamar el fin de la historia) a enriquecer su ideario de progreso con algunos temas que casi nada tenían que ver ya con la cuestión social y la lucha de clases, que hasta hace bien poco constituían el esqueleto moral del pacto social liberal.
Quizá la izquierda lo hizo así porque la postergación de la clase trabajadora en el sistema capitalista le parecía ya poca cosa, o incluso un problema superado; o quizá porque los obreros, apercibidos del elitismo de la clase gobernante, les votaban cada vez menos, tanto en países con pleno empleo, como en aquellos con desempleo galopante.
Y claro. Frente al enriquecimiento, los de la otra acera se sintieron defraudados y traicionados en su buena fe. Más que nada, porque la izquierda triunfante los menospreció y pensó que el antagonista jamás levantaría cabeza y que no reaccionaría frente a su renovado, arrollador y variado progresismo.
Este proceso de revisión doctrinaria incluyó, por ejemplo, la recepción del feminismo más agresivo y menos inteligente, la confusión de los derechos de la mujer con los de las minorías sexuales más diversas, el animalismo o el indigenismo radical; para no mencionar la afrenta más grave: la supuesta universalización de una izquierda despreocupada por las desigualdades y las injusticias del mundo de la producción y la postergación de la clase obrera, y enfocada (probablemente mal enfocada) en una miríada de particularidades muy difíciles de controlar y articular en un discurso uniforme y, al mismo tiempo, atractivo.
Probablemente el error más grave de este pensamiento ideológico fue el de dar por sentado que la gente común defendería con idéntico ardor los derechos de los obreros maltratados por el sistema capitalista que los derechos de los transexuales discriminados. Hubiera sido muy bueno que así sucediera, pero los hechos han demostrado que no toda la gente está por la labor. Se equivocó la izquierda al pensar que, «ya que estamos», se podía extender la ideología protectora del Estado del Bienestar, de los asalariados a un número indeterminado de «colectivos invisibilizados».
Quizá la nueva izquierda post-socialdemócrata esperaba la reacción de su antagonista, pero en forma de contrarrevolución, de grandes conflictos o de golpes de estado. No esperaba, no calculó nunca, una reacción popular, democrática, y mucho menos una protagonizada por jóvenes desencantados.
La derecha, sin embargo, ha reaccionado sorprendentemente dentro del sistema. Lo ha hecho de un modo brutal (en modo motosierra), pero respetando en general las reglas del juego; e incluso echando mano de una poética invocación de la libertad individual, que hoy es más un eslogan que una realidad concreta. La izquierda no pensó que -fuera de la cuestión social- todo lo demás debía ser materia de otro pacto y no de una imposición unilateral. A las sociedades modernas no se las puede llevar de las narices. En términos unamunianos, hay que convencer primero e intentar vencer despúes.
Pero el antagonista recogió el guante. No pateó el tablero sino que se presentó a las elecciones y las ganó. Las está ganando allí donde se presenta y, allí donde antes reinaba la sensación de una corrección política universal e inmodificable, le está dando la vuelta a los argumentos con una facilidad asombrosa. Probablemente la nueva derecha no podría haber conquistado estas victorias sin demostrar una envidiable habilidad para las nuevas comunicaciones electrónicas. Otro error de la izquierda, pues muchos pensaron que las redes sociales y la agresividad verbal eran artes que solo ellos poseían y controlaban. Otra vez, la izquierda calculó que todos los jóvenes estaban de su lado. Se equivocó: la derecha también juega el partido.
Como resultado de esta nueva tensión dialéctica, no solo el Estado del Bienestar ha saltado por los aires: también lo ha hecho la democracia. Hoy, apenas si podemos reconocer como tal a la que tenemos; sobre todo si la comparamos con los sistemas que supimos admirar en el último tercio del siglo XX.
Es una pena que nuestros intelectuales -que cada vez son menos influyentes- hayan demostrado una enorme capacidad para predecir el pasado y que al mismo tiempo se sientan perplejos y desorientados frente a un futuro que amenaza todos los equilibrios que conocimos.
Las faltas de respeto y los atropellos a la razón se han multiplicado por mil, de modo que lo mejor y lo más prudente, por ahora, es seguir el sabio consejo de Discepolín: No pienses más, sentate a un lao.