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  • El lugar común dice que el aburrimiento de los ciudadanos en materia política puede empujarlos a buscar opiniones o ideologías más extremas, como forma de encontrar 'sentido y emoción'.
Leavy - Giménez - Romero
Leavy - Giménez - Romero

Si esto fuera realmente así, me pregunto por qué, en estos momentos en que algunos gobiernos de países que hasta hace poco eran indiscutiblemente democráticos y moderados están dirigidos por bárbaros extremistas, la política me aburre como nunca antes lo había hecho. ¿No tendría que ser todo más «divertido» ahora?



La única conclusión que puedo sacar de todo esto es que, al revés de la mayoría de las personas, solo encuentro «sentido y emoción» en la moderación política, que es precisamente lo que a otros les aburre.

Encuentro a la moderación no solamente excitante per se, sino que pienso que es revolucionaria, como lo es también la buena educación, aunque no lo parezca; aunque algunos crean que se ha perdido.

Podría decirse que echo de menos el vértigo del compromiso, aunque soy consciente de que muchos piensan todavía que los moderados son cobardes y timoratos. Sin embargo, yo creo que son mucho más valientes y osados que aquellos que se refugian en los extremos más impresentables para defenderse a sí mismos y buscan la protección de una manada que, como ellos, también cultiva el egoísmo disgregador.

El aburrimiento político es mucho, muchísimo más grave, que la fatiga democrática o la simple desconfianza en las instituciones. La falta de interés o de motivación para involucrarse en cuestiones políticas, no solo provoca una cierta apatía a la hora de seguir las noticias políticas sino que normalmente se traduce en un rechazo a la participación política; generalmente en forma de abstención electoral, pero también en forma de abandono de la escena pública. La democracia sufre, sin dudas, pero seguramente sufre más la convivencia, porque las sociedades que prescinden de la política o se desentienden de ella están condenadas a no resolver sus problemas sino por métodos violentos.

El ciudadano se aburre de la política cuando percibe su ineficacia; es decir, cuando llega a la convicción de que las acciones o la voz propias no van a marcar la diferencia en el panorama político; o cuando se da cuenta de que, por mucho que se esfuerce y se proponga que no suceda, los electos son siempre los mismos; que nada cambia.

Entonces pienso también que mi aburrimiento político es muy especial, porque no reduce ni un ápice mis deseos de participar (fundamentalmente con mi voto) y, desde luego, porque –por mucho que mi opinión sea irrelevante o intrascendente– no dejo de opinar. Por suerte lo sigo haciendo, con la esperanza de que alguien me escuche y, en un arrebato de responsabilidad cívica, no me haga el más mínimo caso.

La moderación política nos pone en contacto con cuestiones políticas complejas. Los extremos, en cambio, nos simplifican el panorama. Por eso es tan fácil escorarse hacia un lado o hacia el otro: porque nos releva de la obligación de pensar. La moderación no solo requiere una alta dosis de coraje cívico sino que requiere de una mínima capacidad de descifrar la complejidad. No todo el mundo, lógicamente, está dispuesto.

En estos tiempos es muy frecuente ver a personas –no necesariamente jóvenes, como a veces se piensa– volcarse hacia ideologías extremas como forma de encontrar un propósito en la vida y un sentido de pertenencia. Son personas frustradas que incuban el germen de la alienación que, tarde o temprano, puede conducir al malestar social o la inestabilidad. A un joven de 20 años se le puede perdonar quizá que abrace ideologías extremas. A una persona mayor no.

Que la política –la actual– me aburra no quiere decir que me frustre; apenas si me entristece. Pero, como he dicho, el aburrimiento no disminuye mi compromiso con el discurso público.

Que en las próximas elecciones que se van a celebrar en la Argentina en octubre los salteños se vean condenados a optar por políticos que llevan décadas enteras dando cátedra de ineficiencia y sacando a pasear su espíritu dañino, me entristece, sin dudas, pero, en vez de alejarme del activismo, lo refuerza.

Celebro mis contradicciones en esta materia, el mismo día en que –con bastante menos entusiasmo– celebro un año más de vida.

Nací un 14 de julio de 1958, cuando el país atravesaba circunstancias políticas graves y excepcionales. 67 años después, las circunstancias han cambiado, pero siguen siendo graves y excepcionales. Al desencuentro –sino fatal de nuestra precaria convivencia– se une ahora la polarización y el discurso de odio ejercido desde el mismo gobierno. En realidad, nada muy diferente a lo que ocurría cuando los militares libertadores dejaron gobernar a Frondizi en 1958 y el país –desorientado e inerme en la guerra fría– estaba partido en dos grandes bandos irreconciliables: los peronistas y los gorilas.

Por eso es que, a pesar de mi aburrimiento, seguiré saliendo al encuentro de la complejidad en búsqueda del compromiso y la moderación, que son objetivos –creo yo– más fáciles de alcanzar que el que se propuso Marcel PROUST cuando se empeñó en buscar el tiempo perdido. Solo espero que para encontrar el objeto de mis desvelos no sea necesario escribir una catedral de 2400 páginas y emplear trece años de mi vida encerrado en una habitación con las paredes tapizadas de corcho.

A través de la opinión y de la crítica –que ejerzo desde hace más de 30 años– intentaré seguir promoviendo la alfabetización política. Seguiré luchando por proporcionar educación e información sobre los procesos y cuestiones políticas, seguiré fomentando la participación ciudadana, alentándola especialmente en iniciativas locales y comunitarias, que es donde las personas pueden sentir que sus acciones marcan la diferencia.

Seguiré destacando el discurso político significativo y denunciado la superficialidad de los que aspiran a conquistar votos fáciles, seguiré persiguiendo el sueño de la justicia luchando contra las desigualdades sistémicas; no solo como forma de cohesionar a la sociedad y conquistar la paz, sino también como una forma de ayudar a reducir los sentimientos de alienación y privación de derechos.

Viejo y aburrido, pero no instalado ni en la contemplación de la vejez, ni en la comodidad del aburrimiento.



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