Pienso que la afirmación de que el sistema propuesto por el Presidente de la Nación «elimina la representación de la minoría» no es del todo acertada y que habría que matizarla.
El sistema D'Hondt se viene aplicando con regularidad en Salta desde 1983 y, sin embargo, las minorías políticas provinciales sufren cada vez más el peso abrumador de las mayorías, a las que les alcanza y les sobra un modesto 35% de los votos para controlar el 90% de los asientos de la Legislatura.
Solo si nos fijamos en los actuales siete diputados nacionales por Salta obtendremos un panorama bastante aproximado de las nulas diferencias entre mayorías y minorías, y una instantánea muy ilustrativa de la confusión y de la mezcla irreverente y oportunista de ideologías y programas.
Puede que los siete hayan sido elegidos en las listas de partidos diferentes (no muy diferentes, por cierto), pero la verdad es que con tanto salto de bloque, con tanto «federalismo» impostado, con tanto borocotismo, la representación proporcional del sistema D'Hondt se ha convertido en una pantalla muy elegante para disimular la postergación y el arrinconamiento de las minorías.
Y así como sucede en Salta, también sucede en otras partes del país.
Estoy de acuerdo con que el sistema de circunscripciones uninominales hace más difícil la representación minoritaria, pero esto también habría que matizarlo puesto que, cuando pensamos en algo completamente diferente, partimos inevitablemente de la idea -bien conocida- de un sistema electoral territorial-poblacional que el proyecto de reforma precisamente tiende a dejar atrás. Por tanto, hay que pensarlo todo en otros términos, sin apriorismos.
En mi opinión, el temido bloqueo de la representación minoritaria solo se produciría Caeterīs pāribus, es decir, si todo lo demás permaneciera igual. Pero esto es prácticamente imposible.
Olvidan o no tienen en cuenta los que opinan de forma tajante en contra de la reforma propuesta que la configuración del sistema electoral determina la forma en que se van a organizar los partidos políticos. Para estos, no será nunca lo mismo elegir a tres o a cuatro diputados nacionales en una lista plural con el territorio provincial constituido en distrito único, que dividir la Provincia en varias circunscripciones en las que se elige un solo diputado. La organización partidaria-territorial, en uno y otro caso, ha de ser muy diferente. Son los partidos los que deben adaptarse al sistema electoral y no al revés.
Y si se me permite la digresión, diré que nuestros partidos políticos -destruidos, inorgánicos y escasamente representativos- se van a adaptar a cualquier cosa que se les ponga por delante.
Es verdad, como dice Gómez Diez, que las circunscripciones uninominales deben ser proporcionales a la población y que en Salta las asimetrías demográficas hacen que una parte muy importante de la población se concentre en la capital de la Provincia. «¿Van a dividir la ciudad?» se pregunta el experto; y él mismo se responde: «Esto es impracticable».
Muy respetuosamente pienso que no es impracticable. Que la ciudad capital de la Provincia tranquilamente puede dividirse con este propósito, y hacerlo sin necesidad de plantar bodoques amarillos para separar una circunscripción electoral de otra. Basta para ello con trazar una línea imaginaria. No es tan difícil.
Quizá lo interesante sería que los partidos que se saben minoritarios a nivel de todo el territorio pudiesen concentrar sus esfuerzos y sus recursos en una circunscripción en la que saben que tienen alguna oportunidad de ganar. Lo paradójico es que -al menos en teoría- las minorías territoriales pueden imponerse (con mucha suerte) en todas las circunscripciones, dejando sin escaños al partido mayoritario o a la «fuerza política predominante». Insisto en que el sistema electoral será el que decida de qué forma se van a organizar los partidos. No hay por qué pensar que los partidos seguirán exactamente igual que hasta ahora.
Por tanto, con todas las precauciones del caso, yo aconsejaría matizar (moderar) la afirmación de que el sistema de circunscripciones uninominales «elimina la representación de la minoría».
La idiosincrasia como factor de discriminación electoral
Quizá lo que más me ha llamado la atención de la entrevista al doctor Gómez Diez es aquella parte que dice que el sistema que propone el presidente Milei «funciona en los países anglosajones, que tienen otra mentalidad, otra cultura, otra forma de ser».El exvicegobernador de Salta dice también que «en el mundo nuestro, el latino, cuando viene la elección y hay una fuerza política predominante en esa elección, tiende a ganar en la inmensa mayoría del circuito».
Me van a permitir que comente estas dos afirmaciones por separado.
Es verdad que el sistema funciona -diría que aceptablemente- en los países anglosajones. Canadá, los Estados Unidos, el Reino Unido y Australia tienen sistemas electorales de mayoría o pluralidad. Pero también lo tiene Francia, que es un país latino, y la India que no es ni lo uno ni lo otro. Ninguno de estos grandes países son más o menos plurales ideológicamente y revueltos políticamente que el nuestro.
Sería bueno recordar entonces que, en todo el mundo, los sistemas electorales de representación proporcional son utilizados solo por 81 de los 217 países independientes, y que, por el contrario, son mayoría (88) los sistemas mayoritarios o de pluralidad. Solo 33 Estados emplean sistemas mixtos, según el International Institute for Democracy and Electoral Assistance (International IDEA). El resto de países emplean otros sistemas minoritarios o se encuentran en proceso de transición.
En África, Asia, el Medio Oriente y América, entre el 40% y cerca del 50% de los Estados emplean sistemas electorales de mayoría o pluralidad, que también son dominantes en Oceanía.
No creo, pues, que sea la mentalidad anglosajona (ni su cultura, ni su modo de ser) lo que hace funcionar más o menos adecuadamente los sistemas electorales basados en circunscripciones uninominales; como así tampoco creo que en Sudamérica o en la Europa occidental se presenten «especiales condiciones» o «rasgos idiosincrásicos exclusivos» para los sistemas de representación proporcional. Diferenciar las culturas en materia electoral es como predicar que el cambio climático tiene unas características diferenciales en los países anglosajones que los distinguen de los latinos.
Insinuar que los latinos tenemos un «modo diferente de votar» a los anglosajones suena, lamentablemente, algo racista, discriminador y, en cierto modo, acomplejado. Y siento tener que decirlo.
Conviene no olvidar que, aun en diferentes periodos históricos, nuestros partidos políticos (los latinos) se construyeron a imagen y semejanza de los que nacieron a finales del siglo XVIII en Inglaterra primero y en los Estados Unidos de América después. El modelo anglosajón ha sido, pues, la matriz sobre la que se han diseñado y construido nuestros partidos (porque anglosajón es precisamente el origen de nuestras asambleas parlamentarias), aunque de ello renieguen ahora los que también olvidan que nuestra Constitución de 1853 fue inspirada -directa e indirectamente- por los trabajos de la convención de Filadelfia reunida entre mayo y septiembre de 1787.
En política, y más a la hora de votar, no influye tanto el «modo de ser» de los pueblos como la estructura territorial, su extensión, la forma del Estado y la distribución de la población.
Sin entrar en consideraciones que excederían por largas distancias el modesto objetivo de este escrito, y ya para terminar, diré que los países federales más grandes del mundo, tanto en extensión como en población, (Canadá, los Estados Unidos, Australia y la India) tienen -al menos para la cámara baja- un sistema electoral como el que propone la reforma de Milei. Si fuera una verdad absoluta que este sistema «elimina la representación de la minoría», ¿cómo es posible que la minoría demócrata en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos tenga 213 de los 435 escaños de que se compone?
Lo que está fuera de discusión es que el sistema electoral de circunscripciones uninominales favorece muy claramente el bipartidismo, pero esto es harina de otro costal. No corresponde dar aquí este debate.
Por el momento me gustaría quedarme con la idea de que debatir la reforma de nuestro sistema electoral no le hace daño a nadie y que la peor forma de abordar un debate de esta importancia es comenzar negando toda posibilidad a la misma idea de reformar y entonando un sonoro «¡No pasarán!».