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  • Celos entre 'minitas'
  • La pobreza franciscana del debate preelectoral en Salta ha llevado a algunas candidatas a utilizar argumentos bastante curiosos para intentar lesionar a sus oponentas curvy.
Imagen ilustrativa - Generada por AI
Imagen ilustrativa - Generada por AI

Digo esto de pobreza franciscana en un doble sentido, porque desde el pasado lunes tenemos a dos Franciscos en el cielo: Uno el poverello de Asís, y otro el de Flores (nada que ver con el fiscal homónimo).



Aunque últimamente muy venido a menos, el debate feminista siempre me ha parecido interesante y rico en matices filosóficos. Pero en Salta, algunas candidatas mujeres parecen haber renunciado a la filosofía y entrado de lleno –quizá por conveniencia o simplemente por falta de profundidad doctrinaria– en discusiones de verdulería o en chismes de peluquería.

Una diputada provincial en ejercicio ha dicho, por ejemplo, que una colega suya ha utilizado «dinero de los salteños» para pagar la factura de las operaciones de retoque estético que se hizo.

A mi modesto entender, esta afirmación es muy difícil de sostener, no tanto porque los resultados quirúrgicos no estén a la vista, sino más bien porque, antes de lanzar a los cuatro vientos semejante descalificación, creo que tendríamos que ponernos de acuerdo acerca de lo que es (y lo que no es) «dinero de los salteños».

Según la legisladora atacante, unas inyecciones de botox y unos implantes de silicona nos han privado de tener escuelas decentes, hospitales bien equipados y carreteras seguras. El calado político de esta afirmación me ha dejado anonadado.

Por supuesto, no hay ninguna evidencia de que aquellas operaciones –si existieron– hubieran sido pagadas con dinero público.

Lo que hay es una suposición bastante alambicada que más o menos se puede esquematizar del siguiente modo: «La operada cobraba uno (o varios) sueldos del Estado; por consiguiente, la platita que se embolsó el cirujano es, por carácter transitivo, dinero de todos los salteños».

Luego, en virtud del mismo principio, la cuota que paga el facultativo a la Sociedad Salteña de Cirugía es, lógicamente también, «dinero de todos los salteños».

Por la misma regla de tres, es «de todos los salteños» el dinero con que los niños compran «juguitos» y «mielcitas» en la puerta de las escuelas, o el que todos los meses cancela la factura del teléfono celular de los miles de adolescentes cuyos padres trabajan para la Municipalidad o en el Grand Bourg.

Las cosas no funcionan así, si se me permite terciar en esta absurda polémica.

Cuando un agente al servicio del Estado percibe un sueldo, en el momento en que tiene lugar el pago (ese modo extintivo de las obligaciones que es desconocido para una mayoría de salteños tramposos) el dinero deja de ser público, a todos los efectos.

En el momento en que se verifica el pago, el agente incorpora el dinero a su patrimonio personal (sea que se lo haya ganado en buena lid o no). Con él puede hacer ya lo que quiera, porque para algo es suyo. El patrimonio es un atributo de la persona, como lo es el nombre.

Eso de creer que el dinero que paga el empleador sigue siendo de su propiedad y debe ser aplicado a los fines de la empresa, o a otras causas nobles, es algo que ni siquiera en el mundo preindustrial se pensaba.

Imaginemos que un empleado a sueldo de la Iglesia decide llevar a una amiga a un hotel alojamiento y, como buen caballero que es, paga la cuenta de su bolsillo. ¿Alguien podría decir que está utilizando «el dinero de Dios» para el pecado?

Urtubey

En Salta se cometen (y, sobre todo se han cometido) significativas cantidades de tropelías con dinero público, pero con el de verdad.

Y –que se sepa– los señores diputados y las señoras diputadas no han puesto el grito en el cielo en ningún momento.

Solo recuerdo que el diputado Héctor Martín Chibán (que desafortunadamente ya no es diputado) denunció hace años el uso abusivo, personal y partidista de las aeronaves del Estado por el anterior Gobernador, pero un fiscal muy disciplinado le archivó la denuncia con unos argumentos que avergonzarían hasta a un estudiante de segundo de Derecho.

De estas tropelías con «el dinero de todos», daré un solo ejemplo: Sale el Ministro Coordinador, señor Sergio Camacho y nos advierte de que los 12 años de gobierno de Juan Manuel Urtubey fueron un fiasco en materia de obras públicas, a pesar de que el exgobernador endeudó al Estado provincial de una forma brutal, inyectando millones dólares a las arcas públicas que hoy no se sabe dónde están, para qué se utilizaron o quién los tiene.

Esto es bastante más grave que pasar por el quirófano para hacerse unos retoques menores de chapa y pintura.

Yo me imagino que la diputada que denuncia que los salteños hemos pagado unas siliconas turgentes (que no debíamos pagar de ningún modo) no tendrá ningún inconveniente en promover una comisión de investigación parlamentaria que pueda establecer el destino de aquel «dinero de los salteños» que nos fue birlado de una forma vergonzosa.

Porque si este asunto no aflora en la campaña electoral, tendremos que darle la razón a esa otra candidata que viene atribuyendo su segregación del hard core libertario a «celos entre minitas».

No hay mejor forma de matar la causa feminista que enredarse en este tipo de discusiones que, ya digo, son más adecuadas para una peluquería en la que hay gente con la cabeza caliente metida en un secador.



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