He querido aprovechar esta fecha para hacer un llamamiento a mis comprovincianos, inmersos en una dura campaña electoral, a fin de que rescaten el valor del pacto, del acuerdo con el diferente, como el único recurso político para sostener a nuestra precaria democracia.
Uno de los problemas más graves que enfrentamos los argentinos a la hora de sostener nuestro sistema democrático es que los adversarios políticos —cada vez más separados y discrepantes en asuntos fundamentales— se niegan recíprocamente su legitimidad. Cada uno describe al de la otra orilla como subversivo o contrario a la Constitución. El rival no es parte necesaria del sistema sino que, al contrario, es percibido y descrito como una amenaza para la vida política.
La mejor forma —casi la única— de reconocer al rival es pactar con él. Sin embargo, nuestros políticos consideran que pactar es una debilidad y por eso no llegan a acuerdos en cuestiones importantes. La posesión (siempre transitoria) de la mayoría electoral no exime a los políticos de su obligación de pactar con el contrario. En un sistema federal, como el nuestro, el pacto entre el gobierno central y los gobiernos periféricos no es aconsejable, ni necesario: es obligatorio.
El Presidente de la Nación parece atrincherado en sus posiciones centralistas, mientras que los gobernadores reclaman diálogo, pero no dan señales de querer construir un país equilibrado, sino de lograr para sus provincias el máximo de ayudas financieras por parte del gobierno central, con exclusión de las demás.
Pero para pactar hace falta algo más que la mera actitud de sentarse a acordar con el adversario: Hay que tener voluntad de cumplir los acuerdos, y en este aspecto sí me gustaría decir que los gobernadores parecen un poco más propensos a cumplir, pero el Presidente, claramente, menos.
Que unos y otros no consigan ponerse de acuerdo y obliguen a las instituciones a extremar el ejercicio de sus competencias (por ejemplo, el veto presidencial y el contraveto de las cámaras del Congreso) nos alerta de que, en vez de un conflicto político legítimo, de un enfrentamiento constructivo, estamos frente a un sonoro fracaso colectivo que rebaja la calidad de nuestra democracia en la misma medida que la actitud de las partes enfrentadas se aleja de la política.
El Presidente de la Nación debe dejar de cultivar su autoesculpida imagen de «líder providencial», porque si su deseo es el de entrar en la Historia, le convendrá mucho más dejar a un lado el ego megalomaniaco y las pretensiones de autosuficiencia, y ponerse a trabajar en una dirección aperturista y colaborativa, incluso con sus enemigos más enconados o más insignificantes, porque esto es precisamente lo que mandan las reglas de la democracia.
Solo si el Presidente se anima a explorar los caminos del acuerdo y —pactando— consigue sacar al país de su encierro y superar los grandes males de la economía y la sociedad (entre ellos la pobreza y la desigualdad), entrará por la puerta grande de la Historia.
De lo contrario, es muy posible que la perversión de sus opositores, su visión parcial de la realidad, unido al propio ensimismamiento, consiga hacerlo fracasar en su empeño y, con él, hacer retroceder aún más a un país que no se merece políticos tan egoístas.





