Yo todavía no vivía aquí, pero siempre imaginé que la llegada de este buen hombre al viejo continente debió de haber coincidido con el conocido fenómeno de la «gota fría», que se produce generalmente a mediados del otoño, cuando los vapores que se elevan hacia el cielo, como producto del calentamiento estival del Mediterráneo, chocan con el aire frío en las capas altas de la atmósfera.
Ante tamaña calamidad, el recién llegado plegó sus pertenencias —las mismas que había desplegado hacía solo una semana atrás— y se volvió con su prole a la próspera y menos lluviosa Salta, dejando para sus amigos una nota de desprecio en la que explicaba que abandonaba Madrid por dos motivos: 1) porque llovía mucho, y 2) porque Europa «es un continente agotado».
Fue casualidad que al retornar a nuestros sinuosos valles, la naturaleza lo recibiera con unas precipitaciones bíblicas, con inundaciones de campos y ciudades, derrumbes de cerros y la red troncal de carreteras cortadas por la invasión de ríos y arroyos.
Lo más bonito de la decadencia de Europa es que quienes se asombran de ella y disfrutan con su contemplación no son los chinos, ni los japoneses, ni los coreanos del Sur (que deslumbran al mundo con su prosperidad y su creatividad sin límites y que, además, admiran a Europa y a su cultura desde hace siglos), sino quienes permanecen hundidos en una profunda crisis sin tiempo y sin fondo.
Tengo la impresión de que en este diagnóstico de «decadencia» hay mucho de fiesta, mucho de intelectual acomplejado y quizá un poco de envidia contenida. Hay gente que parece disfrutar alocadamente con la pérdida de protagonismo de Europa y se solazan diciendo a los demás con aires de triunfo: «¿Han visto, han visto? ¡Al fin!».
¿Necesito decir que no es mi caso?
Es verdad que a lo largo del tiempo muchas cosas han «decaído» en Europa desde que la importancia relativa de este continente —que fue máxima durante el siglo XIX— empezara a retroceder en el siglo XX.
No voy a hacer un repaso de todos estos sucesos, porque esto escapa a mi limitada capacidad, y me voy a centrar en dos, o en tres, si se me permite la extensión.
En este continente —y en el corazón de lo que hoy es la Europa comunitaria, occidental y capitalista— nació el comunismo.
La primera «gran decadencia» de Europa es, pues, la decadencia del comunismo, que cuando nació amenazó con ser aquel aterrador fantasma que iba a recorrer el continente, y con el paso de las décadas terminó caricaturizado aquí por muñecos parlantes al estilo de Vladimir Putin y, fuera de este continente, honrado por estadistas de la talla de Nicolás Maduro, Daniel Ortega, los hermanos Castro (mientras mantuvieron el control de la isla) y del rechoncho Kim Jong Un.
La segunda decadencia de Europa es, cómo no, la de la democracia liberal y la del Estado del Bienestar, que en este continente —como en otros— muestran signos de debilidad y, si acaso, de agotamiento. Pero fíjense lo que son las cosas: el retroceso democrático en Europa, y en buena parte del mundo civilizado, no ha resucitado al comunismo, sino más bien al contrario.
Digo más bien «al contrario» porque allí donde la democracia liberal ha ido dejando agujeros, estos se han ido rellenando, en general, con ideas fascistas, enemigas estructurales del comunismo. ¿Quién ha fracasado más? ¿La democracia liberal que, a pesar de las amenazas ultraderechistas intenta sobrevivir, o el comunismo al que nadie desea ver ni en pintura?
No tengo problemas en aceptar que vivo en un continente en plena decadencia. Lo que sí tengo que negar, y con énfasis, además, es que en Madrid llueva mucho. No es verdad.
Pero al mismo tiempo diré que me gustaría recibir lecciones de auge progresista, pero no de acomplejados nostálgicos de una ideología derrotada, sino de los chinos, de los coreanos, de los singapurenses o incluso de los japoneses, aunque en algunos casos sus democracias no sean modélicas.
Sé perfectamente —y no necesito que me lo digan desde Salta— que Europa atraviesa momentos sumamente difíciles, con su economía estancada, una creciente fragilidad política en Francia y Alemania y el abandono programado de la protección militar de los Estados Unidos. Pero sé también que en el mundo hay modelos muy claros de dinamismo económico y de ingenio político y que ninguno de estos modelos proviene de latitudes por debajo del Trópico de Capricornio. Es doloroso decirlo, pero es así.
Soy de aquellos de los que no se alegran en lo más mínimo por la decadencia de Europa ni por las crisis recurrentes de los países de la América hispana y que buscan todos los días una forma de revertirlas y superarlas, tanto por ser Europa el lugar en el que vivo, como por ser la cuna de la cultura que porto, y que no adquirí aquí sino en el sitio en donde nací, el mismo desde el que hoy injustamente se maldice a Europa y se pretende darnos lecciones.
Negar a Europa no solo es negar al comunismo, sino también negar al Renacimiento, la Ilustración, el cristianismo, la filosofía, la democracia y —si se me permite— el fútbol, que se inventó aquí y que aquí se practica al más alto nivel.
No soy de los que buscan obsesivamente echarle la culpa a Europa de todos los males del universo y de haber exportado «lo peor» a otros continentes, porque si algo como esto ha sucedido, tanta culpa tienen los exportadores como los importadores.