Los salteños han llegado a esta situación porque durante décadas, los diferentes gobernadores —especialmente los que nos gobernaron entre 1995 y 2019— hicieron depender el volumen y la salud de las finanzas provinciales, así como las decisiones en materia de infraestructuras, de los auxilios, permanentes o transitorios, del gobierno federal; y, lo que es todavía peor, del humor cambiante de los funcionarios porteños, a los que periódicamente hay que ir a rogarles en sus despachos para que suelten algún hueso.
Pero ¿cómo se lo cambia?
Probablemente hay mil formas de recuperar nuestra autonomía, pero unas cuantas que seguramente nos conducirán al desastre absoluto.
En el breve espacio que tengo, me referiré solo a una de estas formas catastróficas de entender la compleja relación centro/periferia.
Esta forma consiste en amenazar al Presidente de la Nación con «hacerle sentir el rigor salteño», mandando al Congreso Nacional, no a legisladores bien formados, sino a gladiadores capaces de batirse en fiera y desigual batalla con el «enemigo»; es decir, contra el pérfido y avaro Mr. Scrooge del puerto.
Este «salteñismo» es, a mi entender, disgregador y pernicioso, además de ingenuo y poco elaborado, porque lo que plantea no es tanto luchar contra el centralismo —que hasta cierto punto es necesario y, a veces, es inevitable—, sino darnos de codazos y prodigarnos zancadillas con las demás provincias —algunas muy pobres, como la nuestra— para hacer realidad un «federalismo» sui generis que solo consiste en que el centro «nos dé más y más», sin importar si ese plus se lo saca a los chaqueños, a los formoseños, a los sanjuaninos o a los entrerrianos. Porque Mr. Scrooge nunca pierde.
El salteñismo que debemos cultivar no es defensivo, ni nostálgico del pasado; no está envuelto en un poncho, ni está afirmado en la «fuerza de los salteños», sino en su inteligencia, en su ancestral sabiduría y en sus deseos de vivir razonablemente bien, sin ayudas del gobierno central, con nuestros propios recursos, y participando de las decisiones políticas y económicas de la federación, en la medida exacta de nuestra importancia como territorio autónomo, a la altura de la riqueza de nuestra cultura y de la dignidad y prestigio de nuestra historia.
Las obras públicas que debe acometer el gobierno federal en nuestra Provincia son aquellas que exclusivamente están relacionadas con la vertebración del territorio. Es decir, no puede hacerse cargo el gobierno central de construir casas, tender cordones cuneta, pavimentar calles, erigir escuelas, hospitales, o de financiar obras provinciales; es decir, todo lo que se le está exigiendo ahora.
El gobierno federal tiene, desde luego, la obligación de atender la infraestructura vial (en la medida en que conecte al menos a dos provincias), la infraestructura energética (centrales eléctricas y sistemas de transporte), la infraestructura de las telecomunicaciones y la seguridad en las fronteras, además, por supuesto, de ingresar periódicamente en nuestras cuentas, por lo menos la misma cantidad de impuestos que recauda en nuestro territorio, y de respetar el derecho soberano de cada provincia sobre sus recursos naturales. Lo contrario sería lo más parecido a un robo.
Poco más que esto. De lo demás, de nuestro desarrollo y de la distribución de nuestra riqueza, tenemos que ocuparnos nosotros; preferiblemente sin pedir la ayuda del gobierno central, que cada vez que nos la da, o que la rehúsa, rebaja un poco más nuestra autonomía, y nuestra dignidad, condenándonos a una perpetua infancia.
Así pues, con «parar a Milei» no alcanza. Neutralizar o incluso destituir al actual Presidente de la Nación no beneficiará especialmente a Salta, ni a su autonomía como entidad federada. Al contrario, nos alejará cada vez más del objetivo. La salida a nuestra encrucijada federal no es el choque sino la política.
¿Tiene sentido confrontar con Milei? ¿No será mejor correrlo p'al lao en que dispara?
Los salteños somos unos coyas muy ladinos y sabemos perfectamente que Milei tiene el apoyo de Donald Trump, y aunque el presidente norteamericano nos caiga muy gordo, aunque sea un mal bicho, siempre será preferible ponerle unas fichas a él, que apostar por Nicolás Maduro, que lleva más de una década gobernando Venezuela y, que sepamos, no ha ayudado a nuestro país con un mísero centavo desde que asumió el cargo.
Ser salteño es ser ladino y bien ladino. No perdamos esta oportunidad. Defender a Salta es exaltar la inteligencia de sus habitantes y no explotar una capacidad bélica que no tenemos y que probablemente no tuvimos nunca.


