En primer lugar, una minoría ilustrada compuesta por un grupo selecto de jóvenes porteños, que más tarde se vincularían con otras minorías provinciales, la Revolución anhelaba un nuevo sistema dentro del ya existente, con la intención de mantener el unitarismo.
En su conjunto, todo esto significaba soberanía popular, libertad de conciencia, igualdad ante la ley, supresión de privilegios y la dictadura revolucionaria, todo lo cual contrastaba radicalmente con el régimen colonial español.
En segundo término y en contrapartida se encontraban los sectores conservadores y oligárquicos, quienes no aspiraban a una secesión o disgregación de la metrópoli española. Mantenían sus preceptos rigurosos, su respeto hacia la Iglesia y su cogobierno, fieles a la legalidad de las formas y a la burocracia colonial.
Ambas tendencias tuvieron fieles representantes en las figuras de Mariano Moreno y Cornelio Saavedra.
Suponiendo que estas dos posturas no eran intrínsecamente buenas ni malas, podemos afirmar que, en términos generales y salvo excepciones, su resultante fue una mezcla perniciosa. En la historia americana, el concepto de emancipación fue convenientemente malentendido, funcionando como un mecanismo externo, un instrumento para facilitar el ejercicio del poder. Se convirtió en una careta cruel y cínica que barnizó el concepto de "democracia", desarrollándose de esta manera, con matices, en cada uno de los países americanos.
La Revolución propuesta por Mariano Moreno, que incluía tanto la Independencia frente a España como la transformación interna de la sociedad, se malogró en su segunda intención, lo que trajo aparejado el fracaso de la conformación de una gran Patria Grande Americana.
La postura de Cornelio Saavedra, que promovía el interés real de las oligarquías terratenientes criollas, buscaba reemplazar el poder que dejaba España manteniendo, en lo posible, las estructuras coloniales, lo que impulsaba una línea conservadora.
Estas dos corrientes dieron como resultado la forma más inescrupulosa de gobernar: la hipocresía y la mentira. La doble cara de una moneda que circulaba para disimular, manejando una retórica jurídica inspirada en las ideas de la Ilustración, el liberalismo político y el constitucionalismo europeo, mientras que, en la práctica, todo cambiaba para que nada cambiara.
La tercera cuestión es meramente económica y mercantil, puesto que existía también postura que englobaba y enturbiaba todo. En la Junta de Mayo había contrabandistas españoles, como Azcuénaga y Larrea, cuyo único interés era romper con la prohibición española de comerciar con Inglaterra y, de esta manera, establecer un comercio fructífero con el nuevo imperio que todo lo abarcaba.
La historia, la verdadera historia, no la fábula patria que enseñan en las escuelas, podría ayudarnos a entender un poco. Nos daría las herramientas para encontrar la punta del ovillo, el instrumento necesario para liberar nuestro cerebro y pensarnos desde adentro, y no desde el "eurocentrismo".
Basta consultar cualquier texto de esa historia mitrista, la desarrollada y creada en Buenos Aires, para intuir que la llamada Independencia estuvo matizada de intereses, componendas, conflictos y pugnas por el poder que se disputaban con intrigas y violencia. Ya la primera junta de mayo era un hervidero irreconciliable donde los "próceres" se enlodaban en discrepancias y conflictos por ansias de poder, por la repartición de la "torta burocrática". Tanto a los "defendidos" por la historia oficial como a los "condenados" por la misma, solo los animaba una motivación: el Poder.
El destino del pueblo que participó en las revueltas, en las batallas, en las guerras y en la lucha no importaba mucho para ellos. Sólo las honrosas excepciones de los grandes héroes como San Martín, Güemes, Dorrego, Artigas, Monteagudo, Belgrano y tantos otros, salvaron el honor y dieron pie a la leyenda. Lo que pocos dicen es que San Martín tuvo que irse por falta de apoyo, que Belgrano murió en la miseria y el olvido y a Güemes directamente lo asesinaron.
Ni hablar de Simón Bolivar, José Gervasio de Artigas, Bernardo de Monteagudo, José Moldes o Mariano Moreno, que sucumbieron ante la avalancha de la nueva colonización.
Luego vino la reacción de las provincias del interior ante el centralismo agobiante y resurgió la historia de los caudillos, algunos serían "próceres", siempre y cuando sean servidores sumisos de la oligarquía anglo-porteña, y para los defensores de los intereses populares serían calificados de "demagogos", "agitadores" y "tiranos".
En el escenario de la "libertad", el pueblo no hizo otra cosa que desempeñar el papel de mudo espectador de la comedia de los notables. triste papel de rebaño manso y sumiso, manejado por unos pastores audaces e inescrupulosos que, salvo las excepciones que todos conocemos, son los políticos de ayer, de hoy y de siempre. de uno y otro lado, que hacen de los ideales meras palabras vanas.
Los pueblos latinoamericanos tienen casi la misma historia, se atienen más a las apariencias que a la realidad de las cosas. Fundaron sus bases republicanas en el Derecho, principio fundamental de legalidad por un lado y legitimidad moral por otro. La constitución es la piedra angular que ejerce este principio para cimentar las bases de un estado moderno. Pero el problema radica en que este principio de legitimidad política no condice con la realidad histórica, no refleja la realidad política y no es creíble ni para gobernantes ni para gobernados, ya que en la práctica se dice lo que no se hace para hacer lo que no se dice.
Esta actitud esquizofrénica y premeditada ha constituido la clave del origen y ejercicio político de grupos de poder que no siempre, o mejor dicho, nunca buscan el deseado "bien común" sino su propio beneficio.
Esta bipolaridad, fractura y/o separación de dos universos: el universo de la práctica y el universo del discurso se llama o se define como el "doble discurso moral".
Tenemos aquí una especie de regla implícita, una suerte de “inmoralidad” política tácita en la que el discurso no sirve para expresar, sino para encubrir.
El poder económico tanto interno como externo, para hacerse del poder político supone crear un camino de una retórica vacía y de un derecho sin contenido real. Una demagogia fundada en los discursos de los líderes políticos, verdaderos profesionales del engaño que buscan siempre dejar incólumes las estructuras económicas y sociales de la colonia, estado anacrónico y decadente donde siempre reina la injusticia y la odiosa plutocracia.
Pero a todo esto se le contrapone la reacción popular que en la américa hispano-afro-indígena que se ha manifestado casi siempre en "movimientos" de tipo revolucionario y siguiendo una tradición histórica bajo la tutela de un caudillo como sustentador aglutinante del poder.
Siempre de un extremo a otro deviene la historia americana, sin poder lograr una armonía política que transite sanamente entre las alteridades, una alternancia necesaria que promueva la oxigenación de las ideas y de las causas.
Pero no todo se resume entre los polos del "blanco y negro", existen muchos poderes que ejercen presión sobre el poder real que debería ejercer un Estado democrático. Grandes empresas monopólicas y corporativas al margen de grupos narcotraficantes que funcionan muchas veces en complejas redes internacionales, muchas veces imperiales, imponen presiones insostenibles disputándose las riquezas productivas, corrompiendo sin escrúpulos, movilizando opinión pública y publicada, y hasta promoviendo golpes de estado si es necesario.
Estos son casi, en un resumen atrevido, los ires y venires de un pueblo americano que busca su destino, siempre cercado por sus contradicciones, como el mismo hombre, siempre amenazado por los imperialismos y colonialismos de turno. Un caótico devenir donde la diversidad es lo común y la homogeneidad es la pretensión irrealizable de los oportunistas de siempre, de los profetas del odio, de los carniceros de la moral y la xenofobia.
Pero en el fondo del barrial ensangrentado, del arrabal promiscuo y rechazado, del conventillo donde se mezclaron las voces y los miedos, está la "verdad histórica", esa que no la escriben los que ganan sino que tiene su propia razón de ser. Aquella que supervive en la memoria del pueblo, en su cultura, su identidad y que por más formas o reformas, textos o pretextos con que se la quieran recubrir y enterrar siempre volverá, pidiendo libertad...