En la era del vacío y del «sálvese quien pueda», la obsesión «selfie» está absolutamente a la cabeza.
La cuestión es: «Mírame y no me toques, pero mírame». Las niñas y niños (y niñes) se desnudan irreverentes ante la gran-pequeña lente de los otros y se preguntan si son desead@s sin desearlo realmente.
Las poses más comunes para tomarse un «selfie», especialmente entre la manada más joven y novata son: boca de pescado, trompita de pato (duck face), sacando la lengua, mandando besote, alzando una ceja a lo Spock, mostrando la cola y la cara (contorsionistas amateur) entre otras.
Según la psicología freudo-lacaniana hiper milenaria, el «selfie» puede constituir o destruir, según el caso, un mecanismo de autoafirmación donde se manifiesta cierta compulsión de goce narcisista en el estúpido de turno. Esta exposición excesiva de la vida personal devela, según estas disciplinas, una baja autoestima y una permanente necesidad de aprobación y aceptación del Gran Hermano.
La cuestión es que la mayoría de los cachorros mortales de la actualidad están enamorados de su drama personal. Su mísera historia marca su identidad. El Ego dirige su devenir. Todo su sentido del «ser» está invertido en él. Incluso su propia supervivencia. Por esta razón la aprobación de los demás se convierte en un drama cotidiano donde el «me gusta» es el puntaje fundamental de la existencia.
Gilles Lipovetsky nos dice: “La autoconciencia ha substituido a la conciencia de clase, la conciencia narcisista substituye la conciencia política”. Ya que es justamente la clave del capitalismo moderno, el individualismo mata cualquier tipo de reacción social ante las injusticias que genera el sistema.
Notamos claramente que el egoísmo, el individualismo, el narcisismo y la opería consuetudinaria de los jóvenes de hoy, los adultos del peor mañana posible, son la absurda creación de un dios ciego a su propia imagen y semejanza.
El problema es que cuando se juntan tantas banalidades más una ignorancia enciclopédica de la historia tenemos consecuencias electorales de alto impacto. Impacto destructivo diría.
Como diría el filosofo chino TaiChuPao: «Photo Shop mata galán».
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