Debo admitir que este juicio tan seguro y contundente me ha producido una doble sensación de incomodidad.
Sobre este punto diré -o, mejor dicho, repetiré- lo mismo que en ocasiones anteriores he dicho: que vivo en un país que formalmente es una monarquía parlamentaria, y que, sin embargo, y a pesar de todo, me permite a mí y a mi familia disfrutar de mis libertades y derechos con mayor extensión y calidad que si viviéramos en muchas de las repúblicas que el Presidente argentino parece ensalzar.
Las monarquías -sean constitucionales, parlamentarias, o absolutas (como la del Estado vaticano)- tienen aspectos muy mejorables, sin dudas; pero lo que no se puede hacer es negar que su evolución a lo largo de los siglos ha hecho que muchas de ellas tengan hoy muy poco que envidiar a las repúblicas más «populares» o «inclusivas».
No sé qué pensará al respecto el presidente Fernández, pero el hecho de haber nombrado él a un superministro sin consultarlo con nadie y sin haber sometido su decisión a un pronunciamiento popular, me parece más monárquico que el más absolutista de los ejercicios del llamado «derecho de gracia». El señor Fernández, según parece, es republicano, pero solo para lo que conviene.
En este, como en muchos otros casos, no se puede prescindir de la historia ni desatender sus lecciones. Pero aunque las tengamos bien presentes, no se pueden admitir sin más los hechos como argumentos, ni inferir la inmanente injusticia de las monarquías del solo hecho de su antigüedad.
La segunda de estas sensaciones se relaciona con el empleo de la palabra «rémora», cuyo significado exacto es el de: «Persona o cosa que retrasa, dificulta o detiene algo».
En términos estrictamente literales, lo que ha dicho el presidente Alberto Fernández es que la institución del indulto es algo que retrasa, dificulta o detiene a las monarquías, lo cual sencillamente es un absurdo, como cualquiera puede advertir.
Si lo que quería el Presidente era decir que el indulto es un «anacronismo» (algo que no se compadece con los estándares actuales de justicia de la legislación penal), en vez de utilizar la incorrecta palabra «rémora», debió haberse referido al perdón presidencial como un «resabio» (vicio o mala costumbre que se toma o adquiere), como una «reminiscencia» (recuerdo vago e impreciso) o como un «residuo histórico» de un régimen de unidad de poder.
Lo cierto y verdad es que el derecho de gracia (o el indulto) ha venido sorteando dificultades y desconfianzas de las más variadas, pero ha conseguido permanecer y persistir en casi todas las legislaciones y textos constitucionales, desde tiempos remotos. Piénsese, por ejemplo, en el perdón de Poncio Pilatos, ejercido por aclamación popular en favor de Barrabás, que terminó con Jesucristo crucificado en el Gólgota.
Sea en regímenes de corte monárquico o de corte republicano, el derecho de gracia ejercido por el soberano siempre ha existido de alguna manera, y se ha ejercido con diferentes finalidades. Ha sucedido así incluso en la antigua República romana, a través de las instituciones de la «restitutio in integrum», y, más tarde, a través de la «restitutio damnatorum», que remitían la pena y extinguían los demás efectos de la condena, «ac si judicium non fuiset».
Desde aquellos remotos antecedentes, el indulto se ha mantenido invariable como atributo de la soberanía del Estado.
Por tanto, renunciar a ejercerlo, con carácter general, y solo por la razón de que «recuerda a los regímenes monárquicos», comporta rebajar la calidad y extensión de nuestra soberanía y mermar aun más -en este caso, de forma voluntaria- la efectividad de las decisiones presidenciales.
El Presidente argentino no debe olvidar que el cargo que ocupa, que ha sido casi calcado en cuanto a su diseño institucional al del Presidente de los Estados Unidos de América, es una adaptación más o menos afortunada de las monarquías británicas de los siglos XVII y XVIII. Así pues, no se puede defender la «pureza republicana» del presidencialismo argentino seleccionando del pasado los antecedentes que más nos gusten, olvidándonos al mismo tiempo de otros que no nos convienen tanto o, simplemente, que nos gustan menos.