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  • Sabor a despedida
  • Tuve la suerte de conocerlo en persona el 2 de septiembre de 2010, en el Ateneo de Madrid.
Mario Vargas Llosa y Luis Caro Figueroa - Ateneo de Madrid, 2010
Mario Vargas Llosa y Luis Caro Figueroa - Ateneo de Madrid, 2010

Invitados por mi entrañable amigo Beltrán Gambier, mi esposa y yo acudimos como espectadores a la tercera edición de Letra, el encuentro internacional de creadores en el barrio de Las Letras de Madrid, que aquel año tenía como país invitado al Perú.



Y como figuras más destacadas de la noche al escritor y académico –Premio Nobel de Literatura de aquel año– Mario Vargas Llosa, y al pintor y escultor Fernando de Szyszlo.

Cuando terminó el coloquio nos acercamos a los ilustrísimos peruanos para felicitarlos por aquella charla tan amena.

Suele ocurrir que cuando estamos ante una gran figura admirada nos comportamos de una forma extraña, casi infantil, y aquella vez no fue la excepción.

Recuerdo que cuando me presenté al escritor solo atiné a decirle mi nombre y mi procedencia geográfica. Pero cuando quise decirle un par de palabras acerca de su idea de libertad y exaltar su trayectoria literaria y su constante combate contra las tiranías en nuestro continente, a Vargas Llosa no le interesó ni quién era yo ni ni qué pensaba de su obra, sino de dónde venía.

Fue así que me preguntó: «¿Dónde puedo conseguir empanadas salteñas?».

Creo haberle respondido: «Delo por hecho, Mario. Yo me ocupo de todo».

Lo que soñábamos iba a ser un mágico encuentro alrededor de la literatura, la fantasía y los vaivenes políticos, se convirtió entonces en un diálogo de sobre la forma de picar la carne y de simbar las empanadas (se produjo allí un pequeño debate acerca de si la simba debía cerrar la empanada por arriba o por uno de sus lados), que tampoco pudimos sostener mucho tiempo porque había otros fans esperando su turno para contarles sus cosas al magnífico escritor.

Nos fuimos de allí con la impresión de que con el autor de Conversación en la Catedral habíamos sintonizado en una cuestión muy poco frecuente (las empanadas), pero que por las prisas o la emoción del momento no llegamos a intercambiar nuestras direcciones y nuestros teléfonos para concretar el envío (o el encuentro) empanaderil.

Cuando mi hora llegue, voy a pedir a mis allegados que me despachen con un par de docenas de fritas, porque pienso cumplir el compromiso que contraje con Mario de «ocuparme de todo».

En una de esas, si no hay tanto tráfico en el paraíso, él y yo podremos quizá mantener una Conversación en la Catedral, un diálogo un poco más extenso y relajado. Definitivamente, la conversación que no nos pudimos permitir aquella noche del verano agonizante en el Ateneo de Madrid.



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