Cuando los derrotados renuncian a cualquiera de estas dos cosas, sucede lo que está sucediendo ahora en Salta: que la falta de ideas, pero sobre todo, la falta de responsabilidad, les empuja a destruir al que gobierna; y destruirlo a cualquier precio.
El problema es que se puede erosionar a un gobierno de una forma leal y sin transgredir normas morales y jurídicas, y se puede hacerlo a lo bestia, sin respetar la regla fundamental de la democracia que dice que el que más votos ha conquistado es el que toma las decisiones, y llevándose por delante no solo el Ordenamiento jurídico sino la honra ajena (sin saber que al hacerlo lo único que se pierde es la propia).
A mí no me parece mal que un grupo de opositores, todos ellos derrotados con amplitud por Gustavo Sáenz en las elecciones de mayo de 2023, se conjuren para picotearlo y zaherirlo. Lo veo más o menos bien porque esa actitud coral, mezquina y cavernaria de kirchneristas y libertarios, unidos por el espanto, sirve para retratarlos.
Al decir que quedan retratados, quiero decir que no queda tan al descubierto su baja densidad moral (que también), sino su escasa hondura política; algo que -por lo menos para mí- es mucho peor que tener una moral enclenque.
Y no se trata de defender a un gobierno o a un gobernante, sino de defender la política y protegerla de los ataques de los que no creen en ella y tal vez nunca han creído.
Entre manipular las redes sociales y hacer política hay una diferencia parecida a la que hay entre agarrar un bache en el barrio El Tribuno y posar una nave sobre la luna.
Puedo entender que alguno se deslumbre por los chisporroteos mediáticos y los juegos de poder de Elon Musk; pero intentar emularlo desde Salta, donde el diablo perdió el poncho, es algo que no está al alcance de las cacatúas que sueñan con la pinta de Carlos Gardel.
Alguien les ha dicho a los derrotados que con un poco de TikTok, otro poco de Instagram y un pellizco de X, con un insultito por aquí y dos mentiritas por allá, pueden revertir los magros resultados de mayo de 2023.
Pero el entretenimiento no es política y quienes han convertido la comunicación en un vertedero humano a cielo abierto no saben, no imaginan, que sus vómitos no son los suficientemente agrios ni potentes como para descomponer a la democracia.
Según ellos, Sáenz es el mismo demonio, un pecador impenitente, un dechado de defectos. Pero el peor pecado que ha cometido Sáenz, el que no le perdonan, es haberles ganado.
