Sin embargo, he descubierto que algunos medios de comunicación utilizan la expresión «cortesanos» de una forma neutra -es decir, sin segundas intenciones-, en la convicción de que es una denominación adecuada y correcta para cierta clase de jueces.
En buen castellano, pues, «cortesano» es aquel que forma parte del acompañamiento, la comitiva, el séquito o el cortejo del monarca.
Pero es que también el Diccionario define la palabra «cortesano» del siguiente modo: «Dicho de una mujer: Que ejerce la prostitución, especialmente si lo hace de manera elegante o distinguida».
Esta palabra, que se ha utilizado generalmente para llamar a aquella mujer que es «mantenida» por clientes ricos, poderosos e influyentes, deriva del italiano «cortigiana» que en el Renacimiento se utilizó para llamar primero a una mujer que asiste en la corte y más tarde a «una artista o artesana entrenada en danza y canto, en particular una asociada con la sociedad rica, poderosa o de clase alta y a quien se le brindaban lujos y estatus a cambio de brindar entretenimiento y compañía».
Era una «cortesana», en el sentido más puro de la expresión, Odette de Crécy, el personaje de Marcel Proust que trastornó la vida de Swann en En busca del tiempo perdido.
¿Estarán de acuerdo las señoras magistradas de la Corte de Justicia de Salta -que son cuatro- con que se las llame «cortesanas»?
Por eso es que siempre entendí que a los jueces -especialmente a los salteños- se les llamaba «cortesanos» como una forma irónica de señalar su proximidad o su afinidad con el poder absoluto.
Pero de allí a extender esta denominación palaciega (o prostitucional) a cualquier asunto relacionado con las «cortes» (entendidas como tribunales de justicia) me parece inconveniente, cuando no lesivo de la independencia y el decoro de los que suelen presumir estos tribunales y a los que, por cierto, están obligados.
Por eso, para mí, los jueces de la Corte Suprema y de la Corte de Justicia de Salta son simplemente «jueces de la Corte» y no «cortesanos» (menos todavía «cortesanas»), pues estas expresiones rebajan notablemente su estatura institucional y pone en duda no solo su independencia sino también su probidad (y, en algún caso, también su decencia).