Removió cielo y tierra para llevar a juicio a quien —para él— era el único culpable del crimen y no vaciló en descabezar, una y otra vez, a los fiscales encargados de investigar el asunto, hasta dar, por fin, con una dupla que —no se sabe bien si por convicción o por obediencia debida— sentó al viudo finalmente en el banquillo de los acusados.
Dieron miles de explicaciones: que si la pandemia, que si la fiebre, que si las acordadas. Nada pudo rescatarlos del ridículo.
La carrera de aquel prominente hombre de Estado —uno de los mejores que tuvimos en aquel cargo, hay que decirlo— entró en barrena, hasta que unas elecciones establecieron con claridad la medida en que el soberano aprecia su trabajo y valora sus desvelos.
Seis años después de aquella ceguera punitiva, no me caben dudas de que el hombre sigue convencido de que el viudo empuñó el arma asesina, o que orquestó el salvaje apuñalamiento de su mujer. Nada se pudo probar y el asunto —después de otro juicio medio fallido— concluyó con una semiimpunidad, no antes que el enemigo jurado del viudo echara sombras de todos los colores sobre las hipótesis criminales que sostuvieron los fiscales en el juicio reciente y elaborara toda suerte de teorías conspirativas que en nada ayudaron a la percepción social de la seriedad de la justicia.
Seis años después, estamos a las puertas de otra obsesión fiscal. Esta vez, los investigadores no son tan explícitos, pero buscan con idéntico ahínco dar por cerrado un asunto que lleva quince años dando vueltas, echándole todas las culpas a un hombre que ya no puede ser juzgado.
¡La situación ideal! Culpamos de las violaciones, torturas y asesinatos a quien ya fue juzgado, absuelto primero y condenado después, y más tarde sobreseído por «exceso del tiempo de juzgamiento razonable». De este modo, la justicia habrá cumplido con las sociedades (la salteña y la francesa) y con la Corte Suprema de Justicia al mismo tiempo.
Hay una sola hilacha que muestra en todo su esplendor la existencia de esta obsesión. Por activa y por pasiva, quienes investigan el asunto, cada vez que han tenido oportunidad, recuerdan que el «sobreseidito» no ha sido declarado inocente por la Corte Suprema. ¿Por qué tanta insistencia en recordarlo?
Pero el hombre tenía derecho a ser juzgado nuevamente. Si no ha habido un segundo juicio (en el que seguramente habría sido absuelto por segunda vez) no es culpa de él, sino de los tribunales de justicia que jugaron al gato y al ratón durante 11 años, a sabiendas de que estaban perjudicando a una persona y violando gravemente sus derechos.
Pero es que lo que hizo la Corte en diciembre de 2023 fue anular los pronunciamientos del Tribunal de Impugnación de la ciudad de Salta y de la Corte de Justicia local que condenaron primero y confirmaron después la prisión perpetua de aquel hombre, que había sido absuelto en marzo de 2013. Quiere esto decir que cuando el «otro» Tribunal de Impugnación declaró la «insubsistencia» de la acción penal respecto de él, su situación era la de un hombre «absuelto por el beneficio de la duda», que es casi lo mismo que decir de «hombre inocente»; o, al menos, «hombre al que no se ha conseguido destruir su presunción de inocencia». Y esto se debe respetar, aunque a muchos no les guste.
Lo que hoy, con cierto exceso de orgullo, se denomina «línea investigativa», no es otra cosa que la obsesión fiscal por declarar que el «sobreseidito» es el verdadero culpable, así como se declaró que el hombre que se suicidó en la Alcaidía el día de la Procesión del Milagro de 2025 es el culpable del crimen de Vaqueros en 2017. A este se le extinguió la acción penal por muerte, al otro por el transcurso del tiempo. Da tanto igual una cosa como la otra. Ni la imaginativa y creativa Agatha Christie podría haber imaginado una perversidad institucional tan refinada.
Con los fiscales penales sucede como con la mujer del César: no basta que investiguen bien; es necesario que generen en el gran público la apariencia de una investigación rigurosa e imparcial. Cuando esta apariencia tira para el lado contrario, ni el fiscal más honrado puede salvar su reputación.
Algo como esto ha echado a los perros la honra de un «obsesionado» en 2019. Quiera Dios que en 2026 no se repita la historia.