Los partidos políticos (estables y organizados) serían como las empresas; las PASO se asemejarían a un concurso más o menos abierto de pymes que abastecen a las empresas y les proveen de insumos, y la ley de lemas una serie de kioscos con microemprendimientos informales con empanadas, tamales, humitas y repostería rancia, en los que nadie sabe para quién trabaja, pero termina haciéndole ganar dinero a otro.
En esta arbitraria escala organizativa, la ley de lemas sin dudas ocupa el escalón más bajo de transparencia y de calidad. Un sistema en el que cualquiera puede ser candidato se parece mucho a una pelea de boxeo en la que un espectador ignoto puede abandonar en cualquier momento su silla y subir al ring para empezar a darse mamporros con otros.
Se critica a la ley de lemas porque su efecto más notable consiste en que el voto que alguien ha puesto por un subkiosco termina engordando la cuenta de otro al que, conscientemente, se ha dejado de votar.
Pero, a mi juicio, lo peor que hace la ley de lemas no es esto, sino degradar hasta límites que son difíciles de medir la calidad de nuestro sistema político. Ya no solo es la dispersión de la oferta electoral y el amplísimo abanico de opciones: es la calidad de los políticos que se postulan lo que cae irremediablemente.
El microemprendimiento político no solo es de ínfima calidad, sino que también traduce fielmente la incapacidad de los titulares de los subkioscos para ponerse de acuerdo con el gazebo de al lado.
De algún modo, la política consiste en agregar y lo que hace el microemprendimiento político es disgregar. Para lo primero se necesita talento; a lo segundo lo puede hacer cualquiera. El problema es que hoy basta tener un smartphone y una cuenta en TikTok para aparentar estar en posesión del talento necesario.
El kiosquismo político suele venir precedido (y favorecido) por un empleo arbitrario de las etiquetas. Cuando la prensa ligera llama «dirigente», «analista», «pensador», «referente» o «intelectual», a cualquiera capaz de decir dos palabras seguidas sin que se le trabe la lengua, lo que estamos haciendo es colocar los palos para que sobre ellos el agraciado coloque apenas sin esfuerzo la lona del gazebo.
Sucede también que en un «exceso» de democracia, ya nadie quiere pertenecer a lo que antes se llamaban «las bases». En términos coloquiales, más propios del carnaval, se puede decir que la ley de lemas promueve que muchos indios quieran ser caciques, sin antes siquiera haber ejercido de brujos.
Se dice también que la ley de lemas ha sido diseñada, de forma oportunista, para «mantener el poder». Este objetivo no es malo de suyo, pero sin dudas lo es cuando el «poder» que se aspira a mantener se construye como algunos puentes en el barrio Santa Lucía; es decir, con bases endebles y con la vista puesta solo en ganar las elecciones.
Y ya para terminar diré que el microemprendimiento político degrada a la ciudadanía, no solo porque obliga a que el voto ciudadano se compute a favor de otro, sino porque, al hacerlo, la soberana capacidad de elección de un ciudadano se convierte en papel mojado. No es su voto el que decide cómo se asignan los escaños o el signo político del gobierno, como se supone que debe ser en una república sustentada en principios democráticos.
Cuando los partidos no funcionan o funcionan muy mal; es decir, cuando no cumplen con su misión esencial de encauzar la opinión política hacia opciones claramente diferenciadas, los «lemas» carecen de cualquier identidad doctrinaria. En tal caso, los «sublemas» —que por definición tienen una identidad aun menos definida— solo cumplen la función de generadores de ruido electoral, que en el mejor de los casos terminan anulando la capacidad definitoria del voto democrático en beneficio de un cálculo que el elector está impedido de hacer y que otros lo hacen en su nombre.
La pluralidad incontrolada de «sublemas» rebaja deliberadamente la calidad de la oferta electoral, como podría hacerlo una feria de emprendimientos en donde todos los gazebos son prácticamente iguales y ofrecen los mismos productos, a precio parecido, de modo que al consumidor le resulta prácticamente imposible distinguir entre unos y otros o decidirse por alguno.
El microemprendimiento político, en definitiva, eleva al rango de caciques a una serie inacabable de indios, haciendo que en el corso electoral el soberano ocupe un lugar incluso más intrascendente y marginal que el de una comparsa de caporales.