Quisiera hablar del valor que la actividad laboral aporta al bienestar colectivo, más allá de su función económica individual, que es la de generar ingresos para quien la realiza.
Desde este punto de vista, pienso que no todo lo que hacen el hombre y la mujer para ganarse la vida tiene el mismo valor y merece el mismo respeto y la misma tutela legal.
Hay actividades que, aunque sean legales, aunque reporten dinero a quien las realiza y sirvan para mantener a una familia, no aportan mucho —diría que casi nada— al progreso de las sociedades humanas en términos de bienestar colectivo.
No hablo de los «trapitos» o de los vendedores ambulantes que bordean la legalidad, o de otros oficios precarios y muy mal pagados a los que se protege bajo el romántico e intocable manto sagrado de la «fuente de trabajo», sino de los empleos super bien remunerados en el sector de la especulación financiera, la administración gubernamental y la alta burocracia corporativa, que no producen valor real para la sociedad y de los que el mundo podría prescindir tranquilamente sin que se vea resentido en lo más mínimo el funcionamiento de las sociedades.
Pienso que de alguna manera se nos ha enseñado a que nos quitemos el sombrero ante un trabajador o una trabajadora de cualquier clase que sea; y si este o esta es además pobre, no solo los respetamos más sino que los convertimos en héroes dignos de admiración. El peronismo ha hecho mucho para dignificar el trabajo, pero, llegados a un punto, creo que se ha pasado de rosca y ya no es capaz de distinguir entre el trabajo socialmente útil y el parasitario.
Para mí por lo menos, la utilidad social que reporta el trabajo de un «trapito», el de un «broker» o de un asesor legislativo (solo por poner tres ejemplos) es significativamente menor a la del trabajo de una maestra que enseña a los niños sus primeras letras, al de las personas que cuidan de ancianos o de discapacitados, al del enfermero, al del médico, al del científico, al del agricultor, al del bibliotecario o al del minero, que producen un ingente capital social. Demás está decir que muchos de estos trabajos están mal remunerados y algunos tienen una consideración social muy baja.
Hay que admitir entonces que existen trabajos (y trabajadores) que no merecen la más alta estima social. La homogeneidad de la clase trabajadora se perdió hace hoy un poco más de cincuenta años.
Pienso que la utilidad social del trabajo no tiene que ver con la informalidad, pues en el caso de algunos trabajadores de banca, asesores de inversión, ejecutivos de cuentas, especuladores titulados y especialmente los altos burócratas, casi todos ellos disfrutan de un empleo formal y de altísimos sueldos. Pero su trabajo es útil solo para una ínfima parte de la población.
Cuando faltan horas para entrar al segundo cuarto del siglo XXI, pienso que más de uno debería hacer una pausa y reflexionar sobre qué tipo de trabajo queremos para una sociedad más justa y sostenible. Deberíamos esforzarnos por encontrar la manera de dar un lugar más importante a aquellas tareas socialmente útiles (cuidado, creación, sostenibilidad) y pensar también cómo una revalorización de la utilidad social de los trabajos podría ayudarnos a moderar el egoísmo especulativo y a liberar potencial humano real.
