Cuando Kylian Mbappé empató el partido con aquel penal, me levanté de mi asiento y me dirigí silenciosamente al cuadro con la imagen del Señor del Milagro que tengo en el pasillo y, como suelo hacer cada vez que me porto mal, le pedí humildemente a nuestro Patrono Tutelar que, cualquiera fuese su decisión para conmigo y mi futuro, que aquellos valientes chicos de Scaloni terminaran alzando la copa. Se la merecían.
No cambió la historia nacional, porque los problemas aún perduran y nos afligen; pero por un tiempo —yo creo que bastante largo— el humor nacional es diferente. Cuando nuestro maravilloso Capitán acarició aquella bocha dorada y la besó ante los jeques, supimos que algo había cambiado —para mejor— dentro de cada uno de nosotros.
El 18 de diciembre es, aunque muchos se resistan y todavía haya que trabajar, una fecha patria. En un rincón de mi casa hay una pequeña placa que recuerda el acontecimiento.
Sinceramente, me gustaría que el androide que gobierne en Salta en el año 2222 designara a uno de mis choznos para celebrar la década bicentenaria de las tres estrellas y que mi descendiente —seguramente vago y mal entretenido— se asegurara empleo y sueldo por muchos años.
Yo, mientras tanto, me preparo para dormir una larga siesta albiceleste en Las Higuerillas.


