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  • Patriotismo salteño
  • En un artículo que publiqué ayer en estas mismas páginas, decía que los salteños deberíamos explotar nuestra cualidad de coyas ladinos, más que emplear esa supuesta «fuerza» que nace de nuestro difuso e irregularmente distribuido espíritu guerrero.
La nueva bandera de Salta
La nueva bandera de Salta

A mis tan endebles y pueriles afirmaciones seudosociológicas, aportó posteriormente un muy destacado intelectual de nuestra tierra, que me sugirió que, además de ladinos, deberíamos sumar al proyecto nacional nuestra inveterada naturaleza de mutulos.


A la luz de esta genial aportación, se me ha ocurrido que, así como Marocco dice que hay que reformar la Constitución cada cuatro años, deberíamos pensar seriamente en modificar periódicamente la bandera de Salta, exactamente como hacen Adidas y Nike cada cierto tiempo con las camisetas de los distintos clubes y selecciones.

Dicho esto, diré que nunca me ha parecido que el poncho salteño, ni las estrellas que rodean al Escudo provincial sean representativos de nuestra más profunda y ladina idiosincrasia. Los salteños somos «escondedores» y, por tanto, hay que buscar algo «más cerrado» que simbolice adecuadamente este carácter.

Somos capaces de matarnos por el poncho hecho bandera. Los chicos de cuarto grado le juran fidelidad con una solemnidad que supera por largas distancias a las promesas de fidelidad en el matrimonio, lo cual me parece una auténtica barbaridad.

Quiero decir que somos extremadamente rígidos y fundamentalistas con el paño de color borra de vino con las dos «black stripes» y demasiado tolerantes con la sagrada incolumidad de nuestra empanada salteña.

Deberíamos ser mucho más exigentes con su ortodoxa preparación y condenar al infierno las herejías tucumanáceas y las porteñísimas y alpargatiformes «empanadas de humita», que nadie niega que estén muy buenas, pero que de «salteñas» pueden tener lo que Juana Azurduy de noruega.

Quiero proponer que, antes de luchar por el federalismo, las partidas presupuestarias, los ATN, la coparticipación federal y los fondos para reparar las rutas, nos convirtamos en talibanes de la empanada; es decir, en fanáticos intransigentes de este manjar, en miembros jurados de una secta casi secreta que se empeña en defender su virginidad hasta dejarse la vida (o el sueldo, que hoy es casi lo mismo).

Es por este motivo que, además de proponer (como vengo haciendo desde hace quién sabe cuánto) una ley para la denominación de origen protegida «empanada salteña», cambiemos la actual bandera de Salta por un paño rectangular de color naranja (que el enemigo siempre verá mejor a la distancia) con una discreta empanada en su centro, con la leyenda «Cebolla Verde o Muerte», también en forma de medialuna, justo en el punto en el que termina el último repulgue.

Además de sus efectos inevitablemente «patrióticos», este cambio dinamizará nuestra alicaída industria textil, por no hablar del «boost» productivo que significará para nuestras empanaderas y empanaderos, pues los funcionarios, en vez de llevar un pesado poncho de telar sobre el hombro izquierdo (sumamente incómodo en verano) en cada inaguración de grifos de agua, llevarán una docena de empanadas prolijamente emparedada en sus estómagos, y, si acaso, una solitaria empanada frita colgando como escapulario de su purpurado cuello. El ala es paño, la empanada es bandera.

Para mí, más salteño que esto no se consigue. No vamos a vencer al centralismo con senadores más o menos combativos: lo venceremos solo si cada uno acierta a convertirse en talibán de la empanada.

Una determinación semejante meterá mucho más miedo al adversario que las convocatorias huecas y poco viriles a «sembrar esperanza».

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