Un cúmulo de circunstancias se han combinado para hacer de las próximas elecciones del 26 de octubre una de las más significativas e importantes de nuestra —afortunadamente prolongada pero decididamente aburrida— democracia electoral.
Unos apuestan al «gran nivel» de rechazo que genera la figura presidencial, mientras que otros, con argumentos parecidos, apuestan al «gran nivel» de popularidad del mismo Presidente y al «amplio apoyo» de que gozan sus políticas.
Sin embargo, los ciudadanos argentinos no vamos a decidir en estos comicios la suerte del Presidente de la Nación (cuyo mandato no está en juego), sino la composición de las cámaras del Congreso Nacional, en un momento en el que la ciudadanía está profundamente polarizada, con el riesgo de que los resultados terminen configurando un Congreso binario.
Espoleados por el enfrentamiento ideológico, los políticos parecen empeñados en profundizar aún más la polarización, lo cual provoca como efecto inmediato la reducción del pluralismo inmanente de la sociedad argentina. Convertir las elecciones mid-term en un plebiscito sobre el Presidente, en un voto que defina su suerte futura (continuidad o caída), elimina toda posibilidad de reflexión sobre los problemas del país. Entre cero y uno (entre true y false) no hay matices posibles.
Sin matices y sin reflexión, a los ciudadanos solo nos queda como salida optar por los candidatos menos dañinos, para lo cual no tenemos que examinar plataformas o programas (que en su mayoría no existen) sino descender al plano personal y analizar, con las pocas herramientas de que disponemos, la personalidad de cada candidato, si es que de verdad queremos hacer una elección provechosa y racional que escape a la irracionalidad de la polarización.
El caso de Salta
En el caso de Salta —que elige a tres senadores nacionales e igual número de diputados nacionales—, ninguno de los candidatos que se presentan a las próximas elecciones tiene una personalidad política bien definida; aunque, desde luego, los hay que son, claramente, mucho más dañinos que otros. No vale la pena mencionar sus nombres, porque todo mundo los conoce.Pero da igual el bando en el que estén embanderados: habrá que votar a aquellos que demuestren, de algún modo, que su capacidad de envilecer las instituciones y de ensombrecer el futuro del país es mínima; lo cual, por cierto, es muy difícil, aunque no del todo imposible.
Hay candidatos que solo pueden mostrar una larga vida de desaciertos (personales, institucionales y políticos), que compiten con otros cuya trayectoria política es casi imposible de evaluar, por distintos motivos (generalmente por su juventud, por su inexperiencia o por su mayor y más definido perfil técnico). No faltan, por supuesto, candidatos que sin cargar sobre sus espaldas el peso de un pasado ominoso, lleno de errores, de incoherencias y de perjuicios institucionales, deben lidiar, al contrario, con su propia liviandad (su inutilidad o instrascendencia). Es sabido que, desde hace bastante tiempo, el «ascenso político» en Salta no está vinculado con las mejores cualidades personales o con el más excelso mérito democrático, sino con un fino talento para convertirse en «olfa» de los poderosos de turno.
Algún encuestador local debería diseñar un «damage index» para que los ciudadanos pudieran saber, antes de votar, cuál es la capacidad dañina de cada candidato y decidir en consecuencia.
Y si, por lo que sea, los cerebros locales no son capaces de acometer una tarea como esta, o no se muestran interesados en llevarla acabo, habría que intentar, en el tiempo que nos queda, entrenar a una máquina para que nos diga puntualmente, en base a información estrictamente objetiva y algoritmos cuidadosamente diseñados, cuál es el potencial dañino de cada uno.