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  • El progreso como prosperidad compartida
  • Soy extremadamente crítico con mis escritos. Procuro no «enamorarme» de lo que pienso y de lo que escribo y jamás reclamo la razón para mis opiniones y puntos de vista. Reviso una y otra vez lo que escribo y debo admitir que, en una mayoría de casos, me siento inquieto y disconforme. ¿Podría hacerlo mejor? Sin dudas, pero muchas veces me encuentro con mi límite.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

Sin embargo, hace poco menos de un mes publiqué en estas mismas páginas un breve artículo titulado «Progreso, tecnología y desigualdad en Salta» del que, por diferentes motivos, me siento muy satisfecho.



Es por esta razón que vuelvo a publicarlo hoy, con la intención de que tanto los «modernizadores», los «innovadores» y los «progres» de Salta, que todos los días nos dibujan paraísos veniales fácilmente alcanzables, tomen buena nota de mi idea de progreso como prosperidad compartida.

No importa que no me hagan caso. Me conformo con decirlo en voz alta.

A continuación, el artículo:

«Al promediar la tercera década del nuevo milenio, la tierra en la que nací enfrenta la amenaza de un futuro sombrío, en medio de renovadas promesas de prosperidad compartida, que en más de dos siglos de historia jamás se han cumplido, pero que en la próxima campaña electoral se han de renovar puntualmente.

Salta progresa ¡qué duda cabe!

Pero lo hace, únicamente si por «progreso» entendemos la proximidad y el acceso a las últimas tecnologías o a los autos más nuevos.

Salteños y salteñas utilizan los teléfonos celulares más modernos y más caros, se mueven en vehículos que pagan un 75% más de lo que valen en sus países de origen, se suscriben a sofisticados servicios online, siguen a los influencers más famosos y están al tanto de lo último que sucede en el agitado mundo de las redes sociales globales.

Pero nuestros modernos teléfonos se conectan a redes tercermundistas, inestables y fragmentarias y nuestros fantásticos coches circulan por calles y carreteras que parecen bombardeadas, sin contar con que los servicios públicos (especialmente la salud, la educación y la seguridad) tienen una calidad incluso inferior a la de algunos países de la parte más pobre del África.

Pero si por «progreso» entendemos precisamente la prosperidad compartida (o la justicia social, según se prefiera), nos vamos a dar cuenta casi inmediatamente de que en los últimos ochenta años, no solo no hemos hecho el más mínimo avance en estas materias, sino que hemos retrocedido significativamente.

Uno de los principales problemas que enfrenta nuestra sociedad es que no somos capaces de ponernos de acuerdo en el significado de la palabra «progreso». Siempre ha sido así y muy pocas veces hemos hecho el intento de discutir el tema.

Los neoconservadores salteños –y también los llamados libertarios (que no son sino reaccionarios de poca monta disfrazados de liberales)– comparten una idea del progreso muy parecida. Ninguno de ellos cree en el progreso entendido como «prosperidad compartida». Para ellos, si hay suerte, la «mano invisible» hará posible que el avance de los más afortunados se derrame sobre los más desfavorecidos.

Quienes malviven en el otro extremo del espectro ideológico creen, por el contrario, que el «progreso» consiste en conquistar el poder para instaurar una suerte de dictadura del proletariado, sin libertad, sin innovación, sin transparencia y sin más ilusión que la de cortar las cabezas de los más prominentes. Para ello, se proponen –como hace más de un siglo– seducir a los postergados con la promesa de que serán ellos los que en el futuro gobernarán una sociedad sin clases.

Ninguno de ellos parece querer darse cuenta de que la falta de una idea compartida de progreso nos ha condenado a una profunda desigualdad que la política ya es incapaz de controlar y menos todavía reducir. Ninguno de ellos admite que la brecha económica entre ricos y pobres se ha ampliado notablemente (y se seguirá ampliando, previsiblemente) a causa del desarrollo de las tecnologías digitales y de la innovación, pero también por culpa de esa visión elitista y sectaria del progreso como favor de unos pocos.

Lejos de hacer posible la prosperidad compartida que prometían, las innovaciones tecnológicas en Salta (las digitales, las mineras, las agrícolas o las turísticas) han servido para ampliar la riqueza y el poder de una clase privilegiada, e incluso –al interior de esta– solo los de algunos elegidos. Todo esto sucede mientras las clases medias y trabajadoras, los excluidos y los desplazados, ven cómo sus ingresos se estancan o se reducen y –peor aún– cómo sus empleos desaparecen engullidos por la automatización y ahora también por la Inteligencia Artificial.

Para el Premio Nobel Simon Johnson, la digitalización, la Inteligencia Artificial y otras tecnologías avanzadas son el «cementerio de la prosperidad compartida».

Arrastrados por el irracional debate nacional, en Salta asistimos a un oscurecimiento de la razón que está propiciando el auge de fanatismos de distinto signo y la difusión cada vez más amplia del fundamentalismo descarnado. En Salta hay tecnología, pero no la producimos ni la ideamos. Solo la consumimos, y gran parte de este consumo es exclusivamente hedonista.

Los salteños y las salteñas nos hemos despedido de la posibilidad de protagonizar una gran revolución del pensamiento. Confundimos a menudo la tecnología con la ciencia, nos refugiamos en el localismo más cerril (véase Aguas Blancas) y, por supuesto, no estamos lo suficientemente seguros de ser capaces de alumbrar nuevos impulsos humanos que nos permitan explorar otros caminos, otras alternativas a nuestra ancestral visión de los asuntos del mundo.

Para la narrativa libertaria y neoconservadora de Salta, «la riqueza representa talento y genio», pero esa riqueza, que se desliga del destino común y excluye calculadamente a los más vulnerables, contribuye a un desequilibrio cada vez mayor entre las clases sociales. Es decir, nuestra riqueza mal repartida no es especialmente expresiva de un caudal de talento o de genio, sino más bien de todo lo contrario.

Ahora mismo, y gracias a ochenta años de errores muy gruesos, los salteños y las salteñas perciben que no son capaces de cambiar la dirección de los acontecimientos.

A pesar de algunas islas de autosuficiencia y de los tediosos debates sobre «lo que se viene» que llenan páginas y páginas de egoísmo disfrazado de buenos deseos, casi todos sabemos que, entre la precariedad política y la debilidad de la sociedad civil (más inclinada al paternalismo que a la autonomía), no podremos alcanzar –salvo milagro– ese estado de madurez que se requiere para comprender que a partir de ahora no habrá progreso si no es de todos y para todos»
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