Quisiera que mis comprovincianos respondieran a la siguiente pregunta: ¿Cuál sería en tal caso la actitud que los ciudadanos deben esperar de la oposición política?
Creo sinceramente que cualquiera de estos tres reproches -y más todavía los tres en conjunto- nos están diciendo con mucha claridad que la oposición, aunque tuviera «razones» (que se podría discutir), no tiene «ideas», y que no solo estas le faltan, sino que también le falta «moderación» y «altura de miras» para sostener sus razones.
Una oposición preparada para gobernar (es decir, lista para suceder a los que están en el ejercicio del poder) jamás se internaría en estos berenjenales, pues muchos de ellos no tienen salida. Quien ataca de este modo lo hace porque sabe que no va a poder gobernar. Nadie que tenga una vocación seria de ejercer el poder incendia los puentes y se regodea viendo a la sociedad al borde de un ataque de nervios.
Pienso que sin rebajar el tono de sus críticas, una oposición que no busca solamente abatir al gobierno a cualquier precio, haría prevalecer las «razones» sobre el «escándalo» y que no se empeñaría en martillar, un día tras otro, sobre las mismas cuestiones, sin aportar más que conjeturas y sospechas, imposibles de probar.
A mí me parece muy curioso que los que tachan a Sáenz de «totalitarista» y partidario de la dictadura del «pensamiento único» hayan aplaudido en su momento, o quizá a la vez, los gobiernos liberticidas y mediocres de Juan Carlos Romero y de Juan Manuel Urtubey, que, por mucha distancia, han sido más omnímodos y han estado sujetos a menos controles que el gobierno de Sáenz.
Con la poca simpatía que me merecen los dos gobernadores anteriores, tengo que reconocer que, a pesar de sus esfuerzos en esta dirección, ninguno ha conseguido implantar en Salta el totalitarismo. No creo que Sáenz -que a mí me parece mucho más moderado y humano- tenga ni la intención ni los medios a su alcance para convertirse en un tirano. No creo que pintar al Gobernador como un monstruo cruel y ambicioso sea lo mejor que se puede hacer, ni ahora ni en ningún momento.
Creo que en Salta tanto el totalitarismo como la dictadura del pensamiento único no son tan fácilmente posibles de implantar como algunos quieren vendernos. Ni los militares que nos gobernaron con saña entre 1955 y 1962, entre 1966 y 1973 y entre 1976 y 1983 consiguieron ahogar el pluralismo inmanente de nuestra sociedad. Por supuesto que hubo intentos, incluso en periodos nominalmente democráticos. Pero ¿me quieren hacer creer, a mí y al millón y medio de salteños, que Sáenz es el único que lo ha conseguido?
No tengo ninguna prueba, así como ninguna sospecha, de que el gobierno de Salta persiga la opinión libre. Puede que no le guste (lo cual puedo llegar a entender), pero creo que respeta la libertad de opinar, aunque desde ya digo que ningún deber tiene de respetar el contenido de aquellas opiniones que no contribuyen a mejorar la convivencia. Dentro de su responsabilidad como gobierno cae el deber de denunciar la opinión de baja calidad.
Lo que en Salta no es libre, y me parece bien que el gobierno no tolere, es que se intente disfrazar de opinión lo que son hechos delictivos, que en cualquier país del mundo serían objeto de persecución penal. Si para llamar la atención de los errores y hasta de las perversidades de un gobierno hay que cometer delitos, pues algo no está funcionando muy bien en nuestras instituciones.
Quisiera recordar que Donald Trump debió enfrentar cargos por cuatro delitos diferentes (entre ellos el de conspiración para obstruir un procedimiento oficial), después de alentar el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021. En aquel momento, también Trump fue procesado por «expresar sus ideas» sobre la legitimidad de un gobierno surgido de las elecciones. Con la palabra también se pueden cometer delitos graves contra el orden institucional.
Pondré un ejemplo extremo: los grupos terroristas que asolaron el país entre 1969 y 1986 secuestraban y asesinaban personas para combatir y deslegitimar al gobierno de turno. Muchos de ellos eran gobiernos militares, pero aquellos grupos también pusieron en su diana a gobiernos civiles elegidos por el voto popular. ¿Se puede considerar que el delito es la vía más idónea para combatir a los gobiernos con los que no simpatizamos?
A mí me gustaría que no nos fuésemos a los extremos; que el gobierno no sacara las cosas de quicio y que la oposición no lo atacara con argumentos catastrofistas y apocalípticos como si dentro de dos meses el mundo se fuera a acabar. No quiero imaginar el trabajo que tendría que hacer el opositor que mañana se convierta en gobierno para desarticular un narcoestado, un gobierno totalitario o una dictadura de pensamiento único.
Es preferible, a mi juicio, bajar dos cambios y hacer un llamamiento a la calma, no tanto para que unos y otros se entiendan (que parece bastante difícil), sino para que al menos acuerden que sus diferencias se puedan dirimir en las urnas de una forma leal y transparente; es decir, no en las redes sociales, con trucos repugnantes y perfiles falsos, ni en las fiscalías, con declaraciones ecandalosas y calificaciones jurídicas alocadas.
Y más que todo eso creo que los ciudadanos debemos señalar y condenar a aquellos que todos los días, y cada vez con más virulencia, echan mano de un lenguaje provocador, confuso, efectista y malintencionado que lo único que hace es envenenar nuestra convivencia, y que apuesta de un modo muy decidido por fomentar el desasosiego y la indignación como sentimientos capaces de revertir una situación política adversa.
